Por Iramís Rosique
La Tizza comparte este texto de Iramís Rosique, integrante de nuestro equipo editorial, el cual fue publicado originalmente el 28 de abril en Communis.
En la sala de urgencias de un hospital cubano de provincias un cirujano evalúa a un paciente, mientras ruega en silencio por que el respaldo eléctrico del hospital no ceda ante el enésimo apagón de la jornada. A muchos kilómetros del lugar, una maestra jubilada y vuelta a contratar atraviesa a pie la ciudad para llegar a la escuela donde trabaja, porque el transporte urbano ya no es otra cosa que un recuerdo. En una cocina a oscuras, una madre se apresura a cocinar los alimentos que comienzan a descomponerse por la falta de refrigeración: invirtió largas horas para poder conseguir algo de comer a un precio que solo a duras penas pudo costear y no se puede permitir perderlo. En un pueblo del centro del país, un pequeño comerciante cierra su negocio privado ahora que le es imposible reabastecerse de mercancías porque se han cortado las cadenas de suministro entre los puertos y su localidad. En una noche de sábado, la Rampa habanera permanece vacía, como si estuviéramos en plena pandemia de la Covid-19, mientras en una abrumadora mayoría de hogares radios y televisores permanecen apagados, incapaces de consolar con alguna esperanzadora noticia o las fantasías de algún mundo lejano (y «normal») en una telenovela.
Son estampas aparentemente inconexas, pero que están entrelazadas por un mismo hilo conductor: el perverso experimento que supone el castigo colectivo que recae sobre toda la población cubana y que ha convertido el simple acto de existir y tratar de sostener la vida diaria en la mayor isla del Caribe en una proeza agotadora y de una inventividad quizás no antes vista en ningún otro lugar. Así se está viviendo — y muriendo— hoy en Cuba.
Se suele comparar este escenario con el del llamado «Período especial en tiempos de paz» que se vivió en Cuba en los años inmediatos a la caída de la Unión Soviética y del socialismo este-europeo. Si bien cabe la comparación en términos estrictamente económicos y materiales, hay cuatro diferencias notables entre los años noventa del siglo pasado y estos finales de la segunda década del presente siglo:
En primer lugar, el mundo de hoy no es ni multipolar — ese espejismo con que el que hasta hace muy poco algunos intentaban festejar el fin de la Guerra Fría— ni vive en tiempos de paz: el imperialismo estadounidense reina incontestable en todas las esferas y todos los planos: económica, comercial, financiera, militar, cultural e ideológicamente, y con una agresividad sin parangón en toda su historia anterior.
En segundo, hay un gobierno en Washington que ha renunciado a toda posibilidad de un entendimiento y modus vivendi mutuamente aceptable con Cuba y que, por primera vez desde que JFK ocupara la Casa Blanca, parecería estar dispuesto a todo, y por las malas, con tal de derrocar al Estado heredero de la Revolución cubana y dar al traste con todo el legado del proyecto revolucionario.
En tercer lugar, los destinos gobernables de Cuba están cada vez más plenamente en manos de una generación nacida y formada después de 1959 y que carece de la inagotable autoridad histórica de que en su momento gozó la «generación histórica» encabezada por Fidel Castro. Esa autoridad fue, sin ningún tipo de dudas, el capital político y la reserva moral fundamentales que hizo posible que Cuba transitara por los dramáticos y hasta hacía poco inimaginables efectos de quedarse sin ningún apoyo estratégico exterior en su enfrentamiento con los Estados Unidos, y sobrevivir como país independiente.
Por último, geopolíticamente hablando, Cuba es hoy más vulnerable que nunca y está más sola que nunca, sin un solo aliado estratégico capaz de inclinar a su favor la balanza frente a la amenaza mortal que representa Estados Unidos y sin ningún cambio que se pueda vislumbrar en el horizonte hacia el surgimiento de un polo de poder alternativo a Washington no solo en términos de poderío económico — como ya lo es China— sino también militar y, sobre todo, ideológico.
Las bombas que caen sobre escuelas primarias en Irán, y que asesinan a niños, mujeres y ancianos, encuentran en Occidente como excusa la democracia. «Sucede que el régimen iraní es una tiranía teocrática.» Para justificar lo que durante tres años nos ha llegado desde Gaza en fotos de cuerpos desmembrados y un paisaje urbano reducido a escombros y cenizas se ha recurrido al mismo argumento. «Sucede que Hamas…». El exterminio de los pueblos posee muchas caras, pero también lo hace la complicidad con el exterminio.
Durante más de seis décadas, Cuba ha sido objeto de un plan de exterminio que ha comprendido desde intentos de invasión y la amenaza de un ataque nuclear por parte de los Estados Unidos hasta actos de sabotaje y de terrorismo, aislamiento diplomático, introducción de plagas y enfermedades, asedio mediático y «el conjunto de sanciones [económicas] más exhaustivo que Estados Unidos le haya impuesto a ningún otro país».[1] Cuba sufre hoy una nueva vuelta de tuerca en ese plan de exterminio: a principios de febrero de 2026, el gobierno de Trump impuso un bloqueo de combustible que no solo agrava la crisis energética que ya venían padeciendo los cubanos, sino que además repercute directamente en esferas tan sensibles y vitales como el respaldo eléctrico de hospitales o la cadena de suministros de alimentos desde el campo o desde los puertos hacia centros urbanos. No son bombas — o no lo son aún—, pero
cualquiera que haya visitado Cuba antes de enero de 2026 y la visite ahora podrá experimentar en primera persona cómo languidece la vida cotidiana bajo el peso de esta nueva agresión.
La propaganda de los muchos enemigos de Cuba — que no son solo los fascistas del lobby cubanoamericano ni el electorado MAGA— ha logrado convencer a muchos en todas partes; a algunos por falta de información, y a otros porque, para empezar, estaban interesados en dejarse convencer de que la aguda crisis material y los múltiples padecimientos que aquejan hoy a Cuba nada tienen que ver con ningún plan de exterminio. Así emergen una vez más los mismos argumentos que vimos esgrimirse para tratar de paliar o justificar el genocidio en Gaza, los mismos que vemos esgrimirse hoy en relación con Irán: «Sucede que en Cuba hay una dictatura». Esto se dice con absoluta ligereza — incluso por personas que se dicen de izquierda— como si la presunta falta de democracia fuera, por sí sola, la causa de los graves problemas materiales del país, o, peor aún, como si el estatus «antidemocrático» de Cuba le sirviera de patente de corso, y de autorización moral, a la mayor potencia imperialista de la historia para imponer un castigo colectivo a toda una nación. «Un sacrificio necesario para alcanzar la libertad», dicen desde Miami. También Netanyahu asegura que los ataques contra Irán — y los miles de víctimas inocentes que ya han ocasionado entre la población civil— son un pequeño sacrifico en el camino de la «liberación» del pueblo iraní del yugo de la teocracia islámica.
A pesar de haberse respondido ya varias veces por la historia, la pregunta es y sigue siendo si las bombas del imperialismo o la asfixia a que pretende condenar a pueblos enteros pueden ser parteras de democracia.
Los revolucionarios cubanos conocemos bien los déficits democráticos del Estado que se nos ha permitido construir en todos estos años de Revolución. En orden de prioridades, primero fue necesario asegurarnos de poseer un Estado propio, realmente nuestro. En segundo lugar, de lograr toda la justicia social que estuviera a nuestro alcance: democracia es también el suelo de dignificación y acceso universal a la salud, la educación, la vivienda, la alimentación, la seguridad social, el empleo, el deporte, la cultura y todas las prestaciones que hasta hace pocos años la Revolución cubana había garantizado a la mayoría de la población de la Isla.
No en balde el intento de asfixia económica por parte de los Estados Unidos apuntó siempre a destruir esos pilares del pacto social cubano. Quizás hoy debamos admitir que la guerra económica contra Cuba — en aciaga conjugación con errores estratégicos cometidos en diversas etapas por la propia dirección del país— ha logrado destruir la mayoría de esos logros y garantías sociales.
Entretanto, durante mucho tiempo, era lógico que solo en última instancia nos hayamos preocupado en Cuba por diseñar mejores mecanismos de participación de las masas en la vida política del país. Por un lado, confiábamos en que el apoyo aplastantemente mayoritario del pueblo a la Revolución sería una de las invariantes de la sociología política del país. Por el otro, en más de medio siglo no ha habido un solo minuto en que los cubanos no hayamos tenido que protegernos contra los intentos de los enemigos externos de «hackear» nuestras instituciones, haciendo labor de zapa, a la búsqueda siempre de quien pudiera favorecer desde dentro los intereses y designios imperiales del vecino del Norte y la consumación de su agenda contra la existencia de una Cuba libre, justa y soberana.
Si bien sabemos que la opacidad y la discrecionalidad del Estado cubano han sido necesarias para conducir los asuntos del país en medio de tanto y tan mortal asedio, también estamos conscientes de que esa opacidad y esa discrecionalidad han devenido coartadas burocráticas para la arbitrariedad, la injusticia o la corrupción.
A esa luz, la dirigencia actual del Estado — que no goza de la legitimidad y la confianza depositada por el pueblo en la «generación histórica» que encabezó una victoriosa guerra de liberación— debería ser más sensible a la necesidad de deliberación pública y debería someterse más estrictamente a mecanismos de organización, participación y control de abajo hacia arriba. Todas esas cosas las sabemos. Pero
no por ello quienes le exigen a Cuba credenciales de «buena conducta democrática» para poder defender su derecho a vivir y a existir en paz, dejarán de recordarnos a quienes preguntan por la conducta moral de la mujer violada. ¡Hipócritas, cobardes o cínicos! Una de tres, o las tres.
En 2024 el Tribunal Constitucional de Rumanía anuló los resultados de las elecciones presidenciales alegando «interferencia rusa». En 2022, el gobierno de Volodimir Zelensky proscribió a once partidos políticos esgrimiendo la misma alegación de simpatías prorrusas. Ambas decisiones se adoptaron con el silencio y hasta el beneplácito de las democracias occidentales. Bajo el supuesto de que Rusia es «enemiga de Europa», toda acción o medida para mitigar la influencia rusa se considera adecuada. Sin embargo, a la hora de evaluar el caso cubano se activa inmediatamente un doble rasero. En ello han caído incluso amigos de la Revolución o de Cuba totalmente convencidos de que no se podrá hablar de ningún tipo de democracia en Cuba mientras no se le otorguen plenas garantías jurídicas y políticas, es decir, facilidades de participación en la disputa por el poder, a los enemigos de la Revolución, también llamados «opositores» o «disidentes» por la prensa empresarial. Ante ese hecho, debería tenerse en cuenta que, en más de seis décadas, jamás ninguno de esos grupúsculos, organizaciones o medios ha podido demostrar independencia alguna respecto de la agenda de la política de los Estados Unidos hacia Cuba. Todos, desde terroristas y criminales de guerra hasta pastores evangélicos o influencers, han corrido a cobijarse bajo el ala del imperialismo y de la mafia cubanoamericana como reses que buscan árboles de sombra.
Es más, si hubiese quedado margen alguno para la duda, en este segundo gobierno de Trump hemos podido asistir a dos episodios muy esclarecedores. Primero, en 2025, cuando Elon Musk emprendió su ofensiva contra la Usaid, fuimos testigos del penoso espectáculo de cómo medios y organizaciones «independientes» en Cuba, Florida y otros lugares, protestaron contra los recortes del financiamiento proveniente de la Usaid y sus agencias y confesaron lo importante que era ese esquema para su supervivencia. Lo segundo ha sido la manera en que, a partir de enero de 2026, esos medios y esas organizaciones se han alineado totalmente con la política de asfixia que llevan a cabo Trump y Rubio como «último sacrifico antes de la libertad». Por no hablar de que una parte de esos medios y organizaciones no ha dejado de hacer llamados a una agresión militar de los Estados Unidos contra Cuba.
¿Deben la sociedad y el Estado cubanos dar cabida a todas esas formas de traición para que se nos conceda el certificado de país democrático?
En febrero pasado, se reunieron en Madrid un centenar de «opositores» cubanos con el embajador de los Estados Unidos en La Habana, Mike Hammer, precisamente a dos semanas de que Donald Trump decretara el bloqueo de combustible que está asfixiando a la Isla. ¿Acaso es democracia poder conspirar abierta y legalmente del mismo lado que los poderosos enemigos externos de Cuba? Cuba no tiene por qué permitirlo, ni darle oportunidad alguna a gente que considera al pueblo cubano mero «daño colateral» en su camino hacia el virreino.
Además, la política estadounidense de hostilidad permanente es de por sí un atentado a cualquier democratización posible y deseable. En primer lugar, la agresividad y el asedio fortalecen — como es natural— las posiciones más intransigentes en el seno del aparato de poder en Cuba y hacen que el Estado se atrinchere. Es harto notable el retroceso que, a partir de 2021, ha experimentado el discurso de la democratización y la participación ciudadana en la vida política del país. Durante los dos gobiernos de Raúl Castro un correlato político de la actualización del modelo económico era la democratización. Ello puede constatarse en documentos como los emanados de la Primera Conferencia del Partido Comunista (PCC) de Cuba, en los que es clara la voluntad de ampliar y consolidar las garantías de la igualdad y la no discriminación, así como de profundizar la participación ciudadana. De hecho, tanto la Primera Conferencia como el VI Congreso del PCC que la antecedió estuvieron acompañados de sendos procesos de amplia consulta popular. El punto más alto en ese rumbo se alcanzó con la Constitución de 2019, en la que se refrenda un más amplio abanico de derechos y se avanza en la apertura democrática de la mano de conceptos como «Estado socialista de derecho y justicia social». Por otra parte, una vez aprobada esa nueva Constitución, se proyectó un calendario legislativo que incluía normas de desarrollo democrático como las relativas a la protesta y el uso del espacio público, el derecho de asociación y reunión y el amparo jurídico de los derechos constitucionales. No obstante, tras las crisis políticas registradas durante la pandemia, al calor del aumento de la hostilidad de los Estados Unidos — por ejemplo, la sentada de artistas y escritores el 27 de noviembre de 2020 frente al Ministerio de Cultura o las protestas del 11 de julio de 2021—, se produjo un evidente retroceso en esos ámbitos. El Estado cubano apostó entonces una vez más por el aumento de la seguridad, convencido de que ante sus ojos se abría un escenario de golpe blando o de revolución de colores.
En segundo lugar, la política de guerra económica y de castigo colectivo nos hace llegar un mensaje muy concreto sobre la democracia: «si los pueblos desean lo que no deben desear, hay que obligarlos por las malas a cambiar de opinión». La presión económica contra Cuba tiene como objetivo hambrear a un pueblo entero para que se arrepienta de haber amado a su Revolución, de haber defendido su soberanía y de haberse confiado al liderazgo de Fidel Castro. Lo dice por lo claro un memorándum del subsecretario de Estado Lester Mallory de 1960:
La mayoría de los cubanos apoyan a Castro (…) el único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales (…) hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba (…) una línea de acción que, siendo lo más hábil y discreta posible, logre los mayores avances en la consecución del objetivo de privar a Cuba de dinero y suministros, para reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno.[2]
Todo el asedio al que se nos somete persigue el objetivo de devolvernos a la subjetividad colonial para que renunciemos a «ser» y sintamos vergüenza incluso de haberlo intentado.
¿Qué tendrá que ver con la democracia el acto de tratar de doblegar o quebrar la voluntad de los pueblos mediante el sabotaje económico? ¿Qué democracia puede nacer de semejante violencia? Ninguna.
Como tampoco puede nacer de las bombas que asesinan a personas inocentes, ayer y todavía en Gaza, como hoy en Irán, ni de la mano de gente como Trump o Netanyahu.
El problema de la democratización de la política cubana es un asunto que debemos resolver los cubanos. Del mismo modo que nos incumbe solo a los cubanos ocuparnos de articular un modelo económico que nos permita garantizar derechos y justicia social a todos. Pero para ocuparnos de esas cosas, necesitamos, en primer lugar, seguir teniendo país, un país nuestro sobre el que podamos decidir qué hacer o dejar de hacer sin interferencias de nadie. Necesitamos seguir teniendo patria. Los cubanos ya tuvimos, entre 1902 y 1959, una república presuntamente democrática, con todas sus flamantes instituciones liberales, pero cuyo cuello estaba encadenado a la bota de los Estados Unidos. Esa pseudorrepública cubana no fue capaz de garantizarle a la mayoría de los cubanos dignidad y justicia. ¡Tampoco democracia! Pues demasiados fueron los combatientes por la justicia y la libertad asesinados bajo gobiernos presuntamente democráticos. Aprendimos entonces que ninguna institución liberal era garantía de respeto de ningún derecho cuando aquella república corrupta y hueca debía elegir entre el pueblo y el imperialismo. No en balde el pueblo cubano se identificó tanto con Fidel y olvidó tan pronto y con tanto entusiasmo a los politiqueros anteriores a 1959.
Defender la posibilidad de una auténtica democracia socialista en Cuba pasa, hoy más que nunca, por la defensa del derecho de Cuba sencillamente a respirar. No se le puede exigir ninguna democracia prístina e inmaculada — ni socialista ni de ninguna otra designación— a quien se le apriete el cuello hasta la asfixia, ni se puede aceptar como «libertadores» y «abanderados de la democracia» a quienes administran hambre como si fuese una herramienta política.
La verdadera democratización de Cuba no vendrá de la mano de quienes celebren cada apagón o cada hospital que se quede sin respaldo eléctrico, sino del esfuerzo soberano de un pueblo que, a pesar de sus deudas internas y sus errores, no volverá a ser patio trasero de nadie. Antes de discutir los mecanismos del voto, hay que garantizar el derecho a la vida, que no es solo el derecho a respirar, sino sobre todo el derecho a «ser», que es también el derecho a la diferencia. Cuba y los Estados Unidos jamás serán de la misma cepa. Nos separan diferencias constitutivas de sensibilidad, imaginación y temperamento que trascienden lo político.
Los mambises cubanos del siglo XIX lucharon durante treinta años por establecer en la Isla una república independiente con democracia política y justicia social, no por anexar a Cuba a los Estados Unidos. Democracia sin patria no es democracia, sino sucursal colonial.
Y los cubanos hace mucho tiempo que decidimos que la soberanía que supimos arrancarles a los dueños del mundo es la única premisa y es la única garantía de nuestras libertades futuras.
Notas:
[1] United States Government Accountability Office, Economic Sanctions, Agencies Face Competing Priorities in Enforcing the U.S. Embargo on Cuba (2007), https://www.gao.gov/assets/a269862.html. La traducción es mía.
[2] «Historical Documents — Office of the Historian», accedido 11 de marzo de 2026, https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1958-60v06/d499. La traducción es mía.





