Editorial de La Tizza
El medio Axios difundió recientemente una historia «alarmante»: Cuba habría adquirido trescientos drones de ataque. El mensaje implícito era el de siempre, Cuba es una amenaza, Cuba es el enemigo. Pero la fabricación del miedo tropezó, una vez más, con su propia inconsistencia interna. Trescientos drones son, en rigor, muy pocos para un país que necesitara defenderse en serio de la potencia que tiene enfrente, y si Cuba estuviera efectivamente armándose para atacar, no haría falta mirar muy lejos, Miami y Key West quedan a un tiro de piedra, mucho más cerca que cualquier objetivo militar estadounidense.
La escalada retórica no se detiene ahí. El secretario de Seguridad Pública de la colonia de Puerto Rico, Arthur Garffer, llegó a afirmar que República Dominicana y otros siete países del Caribe estarían dispuestos a colaborar con las autoridades boricuas, es decir, con Estados Unidos, en una guerra contra Cuba. Y recientemente, firmó de manera anticipada nuestro certificado de defunción, nada mas y nada menos que para el 26 de julio. Lo notable es el silencio que sigue con afirmaciones de esta magnitud, nadie se indigna, nadie sale a desmentir o a desmarcarse. En el análisis de la política exterior, ese tipo de silencio suele leerse no como neutralidad, sino como aquiescencia -por no llamarle quietud cobarde-, como el espacio que una potencia hegemónica deja deliberadamente abierto para que sus aliados subordinados testeen el límite de lo decible, y los que se le someten practiquen ayunos de mutismo.
Frente a ese silencio, conviene decirlo con claridad, si tamaña amenaza llegara a materializarse, Cuba asumiría la responsabilidad histórica de impulsar una verdadera ola de movilización y resistencia en el Caribe, capaz de interpelar a los pueblos frente a gobiernos que actúan como delegaciones del poder imperial, y comenzaría también para ellos la verdadera independencia. La deuda histórica de Estados Unidos con América Latina y el Caribe es enorme, y en esa misma proporción se sostiene la legitimidad de la Revolución cubana para defenderse de quienes la agreden, y esa misma legitimidad nos da el derecho de desatar las revoluciones pendientes en nuestros pueblos. Esa defensa remite a una larga cadena de intervenciones que la memoria regional no ha cerrado, la revolución de Juan Bosch y el pueblo dominicano interrumpida por la ocupación de 1965, la invasión a Granada en 1983, la invasión a Panamá en 1989, y, más recientemente, el intento fallido de intervención en Venezuela del 3 de enero, que dejó como saldo treinta y dos cubanos caídos en combate junto al proceso bolivariano.
¿Con qué se defendería Cuba? Con lo que tenga y con lo que le ofrezcan, y si no fuera suficiente, queda la lección que atraviesa la propia historia revolucionaria cubana: las armas se le arrebatan al enemigo.
Los pretextos para una eventual invasión ya están montados, y se siguen fortaleciendo día a día, mientras buena parte de la opinión pública discute si la ofensiva llegará antes o después de tal o cual partido de fútbol, en lo que podríamos llamar, siguiendo cierta tradición crítica, el reino de la estupidez administrada. Pero quienes asumen un compromiso revolucionario no tienen derecho a esa distracción. No habría justificación posible si, llegado el caso, no se hiciera lo necesario para desestabilizar al imperialismo en cualquier rincón del mundo. Tantos años de lucha no han sido en vano, hay un listado amargo de cuentas pendientes, y como enseñaba el Che, el odio de los pueblos al imperialismo y a sus títeres es también un instrumento político, no solo un afecto: usémoslo.
Todo esto ocurre, además, bajo el silencio reiterado de los organismos internacionales ante cada llamado de Cuba, salvo declaraciones aisladas que no alteran ni el curso de los acontecimientos ni el plan de presión e invasión en marcha. Si el multipolarismo no es más que la convivencia administrada de distintos polos de poder, donde los más débiles deben resignarse al sacrificio, ese multipolarismo no constituye una alternativa real al orden unipolar, es su variante descentralizada.
Un multipolarismo efectivo habría producido, hace tiempo, una respuesta internacional con capacidad de incidencia real frente al cerco sobre Gaza. Un multipolarismo auténtico habría desmontado el bloqueo petrolero y económico contra Cuba, habría garantizado el suministro energético necesario y no la excepción ocasional que tolera Washington, los barcos saldrían y llegarían sin zigzaguear, sin esperar el visto bueno de Estados Unidos.
Irán y el llamado eje de la resistencia han constituido, en cambio, un actor geopolítico nuevo, que opera como punto de referencia de un orden alternativo posible. Y conviene no olvidar que no fue apelando a las normas de un derecho internacional con escasa capacidad de aplicación efectiva que lograron modificar la correlación de fuerzas en su región, sino construyendo capacidades propias de resistencia. Ese es, quizás, el dato más relevante descentralizado. Un verdadero y genuino multipolarismo solo nacerá a punta de fusil. Nuevamente respiramos e intuimos que la sociedad nueva solo acontecerá al descorrer la cortina del humo y la metralla.
Marco Rubio repite, día tras día, que tiene «algo bueno» preparado para Cuba, sin advertir que Cuba también tiene algo reservado para él y para quienes lo acompañan, algo que en el fondo inquieta más que cualquier arsenal, si osaran atacarnos recibirán un continente hervido por revoluciones, el ejemplo de resistencia cubano se convertiría en el aldabonazo indispensable para la gran contienda de pueblos contra el imperialismo. Solo en ese escenario esta región podría aproximarse a lo que formalmente se denomina una zona de paz.
Este clima de escalada retórica no permaneció en el plano de las declaraciones generales. Tuvo, en días recientes, una expresión puntual, casi paradigmática, en la visita del Secretario de Defensa de los Estados Unidos, Pete Hegseth, a la Base Naval de Guantánamo.
Mojar la oreja
Cuando éramos niños había un juego, medio en broma medio en serio, que los adultos usaban para enfrentar a los niños entre sí, pedirle a uno que le «mojara la oreja» al otro. Si el desafiado peleaba, había pasado la prueba; pero si se dejaba mojar la oreja y no respondía, quedaba expuesto de inmediato a burlas terribles, a un escarnio permanente. No era un juego inocente. Era, en miniatura, la transmisión de una arquitectura del poder, una lectura machista de la valentía y la cobardía donde la dignidad de uno se mide por su disposición a la violencia, y donde la risa colectiva opera como el verdadero tribunal, que dictamina quién queda del lado de los fuertes y quién del lado de los humillados.
Esa misma configuración simbólica fue puesta en escena por Hegseth en Guantánamo. A pocos metros de la línea que separa a Cuba de un territorio que le fue arrebatado y que permanece ocupado desde hace más de un siglo en virtud de un arrendamiento impuesto bajo presión militar y nunca aceptado por la parte cubana, Hegseth no se limitó a reafirmar, como si hiciera falta, que ese territorio «seguirá siendo de ellos». Fue más allá. Lanzó advertencias directas a Cuba, anunciando que cualquier desafío a los Estados Unidos terminaría como terminó, según su relato, Maduro y Venezuela. Y luego, frente a un auditorio de jóvenes soldados, soltó la pregunta que cierra el cuadro, «¿Y los guardias cubanos?». La tropa rió.
Conviene detenerse en esa risa, porque no es un exceso retórico ni un desliz, es el mecanismo mismo. Hegseth no improvisa esa configuración de sentido, la cita, la pone en escena, la convierte en pedagogía militar. La pregunta funciona como un acto de habla que hace dos cosas a la vez. Primero, niega performativamente una muerte real, la de los escoltas cubanos caídos en Venezuela defendiendo al presidente Nicolás Maduro y a Cilia Flores, transformado en un remate de chiste ante la tropa. Segundo, y quizás más importante, convoca a esos soldados a un pacto, reírse de la muerte del otro es también, y sobre todo, un modo de exorcizar la posibilidad de que esa muerte sea la propia. La risa, aquí, no celebra una victoria, blinda a esos soldados frente al duelo, el del enemigo primero, el de uno mismo, en potencia, después.
Detengámonos otra vez en esa escena, pero cambiando el ángulo. Esos jóvenes que ríen, ¿no tienen familias en Estados Unidos? Cabría preguntarle directamente al pueblo norteamericano, a las madres y los padres de esos soldados y de tantos otros, si no advierten que Hegseth también se ríe, en el fondo, de la muerte probable de sus propios hijos e hijas. Esa risa no es inocua ni queda contenida en el perímetro de la base, incluye, lo quieran o no, a quienes hoy aplauden y a sus familias, mientras quien la provoca observará después esa guerra desde una oficina confortable y segura, lejos de cualquier frente. No habría que olvidar Vietnam. Hay, en ciertos sectores del actual gobierno norteamericano, una manera de hablar y de actuar que parece presuponer que ese episodio de la historia de Estados Unidos fue directamente borrado, como si no hubiera dejado ninguna marca, ninguna lección, ningún costo que el propio pueblo norteamericano haya tenido que pagar.
Y todo esto ocurre, no por casualidad, en Guantánamo. La base no es un detalle pintoresco ni un simple enclave militar, es la prueba viviente, palpable, de que aquella República que nació en 1902 lo hizo con una hipoteca territorial y jurídica que nunca fue saldada. Cada vez que un funcionario norteamericano pisa esa tierra y reafirma su pertenencia, no está solo defendiendo una base naval, está actualizando, en presente, el carácter inconcluso de la soberanía cubana en ese punto específico del territorio.
Habría que conocer mejor a Pete. El Secretario de Defensa que llegó a Guantánamo en bermudas hizo de esa imagen, sin proponérselo del todo, la representación palpable de algo que el ensayo político viene señalando hace tiempo, el machismo más rancio y atávico no necesita uniforme de gala ni gesto adusto para desplegarse, puede venir en pantalones cortos, sonriente, casi desenfadado. Le faltó apenas la risa desbocada y la motosierra de Christian Bale, en American Psycho, la música a todo volumen, y la víctima corriendo por el pasillo. La escena de Guantánamo tiene esa misma estructura, la del depredador que disfruta, que no necesita ocultar el goce de la amenaza porque sabe que el escenario, el uniforme de la institución, el aplauso de la tropa, lo vuelven inmune a cualquier lectura que no sea la celebratoria.
Habría que conocer mejor a Pete, decíamos, y la ironía es que él mismo entregó la llave para esa lectura. Contó, ante la misma tropa, que veinte años atrás había estado en esa base como segundo teniente. Un dato biográfico menor, casi anecdótico, que sin embargo abre una pregunta incómoda, ¿qué aprendió en esos veinte años sobre el país que tiene del otro lado de la alambrada?
Porque del otro lado está la historia del único ejército regular de América Latina y el Caribe que, en el siglo XX, sostuvo durante más de diez años campañas militares fuera de su propia geografía y de su propia cultura, no como fuerza de ocupación sino bajo el mandato de un internacionalismo que asumía como deber sagrado. Esa es la genealogía que carga, sobre todo, el peso simbólico de haber contribuido decisivamente a la derrota del apartheid en el África austral. No es un dato menor para una potencia que hoy se presenta, frente a Cuba, en bermudas y con aire de campamento de verano.
Dicho esto, conviene que los apagones, las carencias y el descontento ciudadano, inevitables bajo el peso de un bloqueo que dura más de sesenta años, más la asfixia inhumana de excepción que hoy se impone, no se conviertan en motivo de jactancia para nadie. La soberbia, recordemos, es un pecado capital, y no distingue de bandos. Pero tampoco debería confundirse el agotamiento material de un pueblo con su disposición a defenderse.
Esa misma soberbia encontró, poco después, su formulación más explícita. En declaraciones a la prensa, Hegseth dejó trascender, con sus propias palabras, que la muerte o el secuestro del presidente cubano estarían «sobre la mesa». Conviene detenerse en la gravedad de esa frase, no como exabrupto sino como dato político. En pleno siglo XXI, el representante de un Estado puede afirmar públicamente algo semejante sobre el jefe de Estado de otro país soberano, y la respuesta del sistema internacional es, otra vez, el silencio.
No el silencio de las declaraciones, que abundan y no cuestan nada, sino el silencio de los límites, el silencio de las respuestas decididas frente a una potencia que actúa por fuera de cualquier marco normativo vigente, empezando por la propia Carta de las Naciones Unidas. No en balde, en Cuba cuando alguien va a liberarse de ciertos desechos fisiológicos inevitables al dirigirse al inodoro siempre dice: «voy al baño a enviar una Carta». El descrédito en este instante, de la ONU y el Consejo de Inseguridad, acaban de ofrecernos el destinatario inesperado de aquella ingeniosa coprofilia. Ese silencio no es neutral, es constitutivo de esta época de ausencia de orden, que permite que ese tipo de enunciados sean posibles sin costo alguno para quien los pronuncia.
Y ahí surge la pregunta que debería inquietar a cualquier jefe de Estado o dirigente político del mundo, no solo a los gobiernos identificados como adversarios de Washington, ¿quién puede sentirse a salvo de ese estado de excepción permanente? ¿Qué garantía existe de que, llegado el momento en que se convierta en un actor incómodo, no se le aplique exactamente la misma lógica?
Y sin embargo, algo se torció en el guion previsto. Varios sitios que han hecho de la propaganda anexionista su oficio corrieron rápido a difundir los videos de Pete, suponiendo, como tantas veces, que el miedo ahogaría cualquier expresión de resistencia en la isla y fuera de ella. Era la apuesta de siempre, mostrar al amo en su esplendor para que el miedo hiciera el resto del trabajo.
Pero la matriz no respondió como se esperaba. No tardaron en aparecer en las redes comentarios que se volvían contra las palabras de Hegseth. La burla hacia los compañeros caídos tocó algo profundo, algo raigal, algo que el pueblo cubano ha aprendido en cada una de sus luchas, dentro y fuera de la isla. Ahí, en ese gesto de desprecio convertido en chiste de cuartel, mucha gente reconoció el verdadero rostro del imperialismo, su desprecio infinito por la vida humana cuando esa vida no es la propia. Y, paradójicamente, algunos de los más entusiastas de la invasión bajaron el tono.
Hay una lección política en ese pequeño desplazamiento. El cálculo del miedo como arma suele fallar justo donde más se confía en él, porque la humillación pública no siempre produce sumisión, a veces produce el efecto contrario, reaviva una memoria compartida que estaba latente y que la propia provocación termina convocando.
El bloqueo energético, en este sentido, no fue más que el primer adoquín de un camino que hoy parece entrar en su fase final. Conviene decirlo sin ambigüedad, Cuba no constituye una amenaza, ni militar ni de ningún otro tipo, para Estados Unidos. En un escenario real de negociación, basado en el reconocimiento mutuo y no en el ultimátum, existen cuestiones concretas en las que ambos pueblos podrían avanzar de manera beneficiosa, desde la migración hasta la cooperación económica y energética. Pero en un escenario de confrontación abierta, como el que estas últimas semanas parecen anunciar, la rendición no figura entre las opciones disponibles.
No por una cuestión de orgullo ni de cálculo táctico, sino por algo más profundo, el día después de una rendición, quien quedara en pie no tendría la autoridad moral necesaria para seguir representando a esta nación. Habría perdido, en ese mismo acto, el vínculo que lo legitima frente a su propio pueblo y frente a su propia historia.
Por eso vale la pena recordar, en esta hora, aquella formulación de Fidel en 1964: Cuba puede ser invadida, puede incluso llegar a ser ocupada, pero jamás será vencida. No como consigna vacía, sino como descripción de una relación entre un pueblo y su proyecto histórico que ninguna superioridad tecnológica, por sí sola, puede disolver.
No vamos a ceder, en esta hora, a ninguna provocación infantil. Pero tampoco nos gusta que nos mojen la oreja.





