Por: Lapatún

En un escenario que se repite cada vez más en los procesos electorales de las pretendidas democracias liberales, serán los escándalos y las emociones en la previa de los comicios lo que decidirá el rumbo de Brasil para los próximos cuatro años.
Un megaescándalo de corrupción originado en un banco menor y que salpica a buena parte de la clase política brasileña e incluye detalles picantes; una briga sin final en el Tribunal Supremo con ribetes de telenovela de la Globo; canetadas de (pen)última hora por parte del presidente Lula y hasta la “intervención” de una santa en los estertores son parte de las emociones que, en última instancia, resultarán decisivas en la lotería electoral del próximo 4 de octubre cuando tenga lugar el primer turno de la carrera por el Palacio de Planalto en el gigante sudamericano.
No se trata, todo hay que decirlo, de que no vayan a las urnas (electrónicas, por cierto) dos proyectos de país diametralmente opuestos, de hecho así es: se trata de que el éxito de las campañas electorales de ambos proyectos de país se están decidiendo no en las propuestas mismas (casi nadie conoce, a ciencia cierta, la esencia de los programas electorales, más allá de algunas chistosas caricaturas como los drones de Augusto Cury); ni siquiera en el grado de rechazo a la propuesta del adversario (por ejemplo, sobre la discusión alrededor de la reducción de la jornada laboral); sino del grado de capitalización de la indignación presente en la sociedad brasileña por razones diversas.
Y no es que falten razones para indignarse en un país donde el sentimiento popular apunta como principales problemas a la inseguridad ciudadana (la real, la percibida y la artificialmente construida); la corrupción de la clase política (muy democráticamente repartida en todo el espectro, de derecha a izquierda) y el elevado costo de la vida, jalonado por la inflación, el endeudamiento de las familias y los problemas para encontrar y mantener un empleo digno.
Las escándalos de la indignación
Hace poco más de un año inició una investigación policial, aparentemente intrascendente, sobre un banco menor que, sin embargo, con rapidez se salió de aquel ámbito de las regulaciones bancarias y se tornó un escándalo político de proporciones no vistas desde la época del LavaJato, hace más de una década.
El dueño del banco de marras, el Máster, era un empresario venido a más en menos de cinco años, Daniel Vorcaro, quien no solo se dedicó a construir un gigantesco rombo de un esquema de estafa piramidal, sino que rellenó su libreta de contactos de guassap y su agenda social con personeros de la élite política brasileña: es una lista que iba de magistrados del Supremo Tribunal a diputados, senadores, gobernadores y prefeitos de toda la geografía territorial y política del país. Y no solo era la lista: los mensajes —primero filtrados y, luego de un capítulo de esta novela, puestos a disposición de todo el público— citaban vocativos muy gráficos entre algunos personeros de la política y Vorcaro —“irmaozinho”, “Dani”, “lindao” y hasta un “meu amor”— vuelos en jatinhos ejecutivos, degustación de güisquis y tabacos en Londres, viajes a Disneylandia y agendamentos de fiestas extravagantes en clubes más extravagantes todavía como uno llamado “Madame Sata”.
Uno de los enlistados es nada más y nada menos que el senador ultraderechista y candidato del PL, Flávio Bolsonaro, quien no solo intercambió afectuosos saludos —“irmao”— con el banquero corrupto, sino que le pidió el equivalente a más de 25 millones de dólares para concluir el rodaje de un filme sobre su padre —el expresidente Jair Bolsonaro, hoy preso por la intentona golpista de 2023— de dudosa calidad artística y, no bastando aquello, le visitó en su casa cuando ya el banquero estaba en prisión domiciliaria luego de pasar por las celdas de la Policía en los inicios del escándalo.
La subtrama del filme “Dark House” se le coló —y aún no sale de ella— a Flávio y cada vez que intenta aclarar, termina oscureciendo su explicación más que el color del caballo del filme (no tenemos noticia de que vaya a aparecer ningún caballo de verdad): al menos 47 veces habría mentido el hijo mayor de Bolsonaro sobre el asunto: desde decir que no conocía a Vorcaro, que no le pidió dinero hasta que nunca voló en alguno de sus aviones. Pero lo cierto es que Flávio conoció bien a Vorcaro, le pidió montón de dinero y utilizó sus jatinhos en vuelos.
Sin dudas, ese escándalo del Banco Máster y la indignación que ello ha creado es de lo que más ha erosionado la campaña de Flávio, a la vez que es la punta de lanza desde el bolsonarismo contra el Partido de los Trabajadores y, en particular, contra Lula. Flávio ha intentado, desde el primer momento, desviar la atención hacia el entorno del gobierno o sobre todo que así sea percibido. Para ello, ha movilizado sus huestes contra un magistrado del Supremo Tribunal (STF), ponente de la acusación que llevó a la cárcel al expresidente Jair Bolsonaro, Alexandre de Moraes. La jugada —que no tiene nada de maestra y sí de aprendiz— es asociar al magistrado de marras a Lula, lo cual no es más que una exageración atroz de los posibles vínculos entre ambos, sino un ejercicio de amnesia selectiva que desconoce que Moraes fue indicado al STF por el gobernante golpista Michel Temer en 2017 y es un sujeto del entorno conservador.
Y es este uno de los asuntos que pone más evidencia en cuanto a cómo la racionalidad cede ante la emotividad. El campo bolsonarista se “indigna” ante los vínculos de Moraes y Vorcaro (la esposa de aquel, abogada también, firmó un contrato millonario con el banquero corrupto), pero dispensa las llamadas pidiendo dinero de Flávio. En última instancia, reconoce que “Flávio, sí; pero Moraes, más”. Así mueve las emociones de la gente hacia una identificación entre Lula y Moraes y simplifica (y miente) con mensajes del tipo “El pix es de Bolsonaro. El Máster es de Lula”.[1]
El asunto del escándalo del Banco Máster ha escalado tanto que ambos campos políticos se han lanzado a hacer “minería” en el contenido del celular incautado a Vorcaro a ver quién encuentra la mayor cantidad de ropa sucia del contrario y moviliza la indignación contra el adversario. Así, por ejemplo, el bolsonarismo intentó encontrar vínculos jugosos entre un senador exjefe de la bancada del PT; mientras que el campo progresista revelaba los más sólidos y sórdidos lazos entre el banquero corrupto y la élite política, judicial y económica de la derecha brasileña.
En la misma cuerda, el STF devino campo de batalla política y de movilización de la indignación inducida. La corte suprema no solo se encuentra profundamente dividida en aquel parteaguas más habitual entre “conservadores” y “progresistas”, sino que también lo está entre quienes tácitamente se han hecho operadores políticos de uno y otro bando de la contienda.
Con un sistema de designación de magistrados por parte de los presidentes en ejercicio, el STF deviene una baza que todo el mundo quiere controlar. Una derivación de la crisis del Banco Máster fue la aparición de los nombres de algunos de los magistrados en las listas, fiestas y pagamentos de Vorcaro, incluyendo detalles sórdidos. En lo que parecía el pináculo de la crisis interna; en un inicio los magistrados develaron, filtración mediante, detalles de aquellas dudosas relaciones y, desatada en abierto la confrontación, pasaron a acusarse directamente entre sí, primero mediante oficios y luego en vivo y en directo en una trasmisión televisada de una sesión de la corte que fue seguida por los brasileños como si se tratase de la final del Mundial de fútbol (y, todo hay que decirlo, fue más emocionante que la insípida participación de la selección nacional en el más reciente Mundial de la FIFA).
El resultado, lejos de aclarar las implicaciones entre los magistrados y el banquero corrupto, terminó en un impass hasta hoy no resuelto y el aumento de la sensación de indignación y polarización entre uno y otro campo. Por una parte, los bolsonaristas acusan a la improbada “ala” de Alexandre de Moraes de estar en sintonía con el gobierno y “ser Lula” en el STF y movilizan el odio contra el magistrado. Por otra parte, el campo progresista devuelve la acusación hablando de cómo varios de los magistrados no solo están envueltos en la saga de corrupción, sino que al haber sido nominados directamente por Jair Bolsonaro y personeros en su gobierno, son sus operadores políticos en el máximo órgano judicial.
En ambos casos, el intercambio de acusaciones no se abonan en el terreno de los hechos y las evidencias y se va al mundo de las emociones y la indignación: así, cada cual busca en el contrario el mayor nivel de inmoralidad en sus presuntos o reales hechos, le recuerdan sus compromisos políticos y económicos con grupos de poder, denuncian fiestas con putas suizas, tabacos y güisquis y sin llegar a reconocerlo, se recuerdan sus respectivos “tejados de vidrio”.
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En el medio de tal confrontación, cada campo político resiente los impactos y moviliza las bases populares contra la “inmoralidad” del contrario y, en última instancia, todo deviene munición electoral. Así, el campo bolsonarista acusa de parcialidad al STF y de, eventualmente, perjudicarlos en la próxima contienda y, desde el campo progresista, le recuerdan que, sin embargo, la presidencia del tribunal electoral está en manos de dos ministros bolsonaristas, uno de ellos “terriblemente evangélico”, en sus propias palabras.
Toda la novela en el STF se reduce, por tanto, no a establecer quién actuó conforme a derecho, sino quien es menos tramposo y quién tiene más que esconder si se revelase toda la verdad. Es así que el grado de indignación con el STF —asociado en el imaginario popular al gobierno y al desgaste que aquel esté sufriendo— determinará también el humor y, en definitiva, la escolha del elector.
Siendo como es Brasil un país profundamente religioso, la fe es también un campo de disputa política. Y es en esta dimensión en la cual, más que ninguna otra, se manifiestan las emociones e indignaciones como determinante de lo que puede ser el resultado de la lotería electoral.
No es secreto, ni novedad alguna que el mundo evangélico ha ganado un protagonismo extraordinario en la política brasileña. De hecho, el propio expresidente Jair Bolsonaro utilizó la fe —se rebautizó de Messías como segundo nombre— como forma de alcanzar el voto de la creciente e influyente comunidad evangélica. Esta contienda electoral no ha sido una excepción y, más bien, ha confirmado la tendencia cada vez más acentuada de la promiscuidad entre religión y política.
Siguiendo los pasos de su padre, Flávio también se “bautizó” en la fe evangélica —baño en el río mediante, para que nada falte— y con ello buscó consolidar la comprobada alianza entre el bolsonarismo y los evangélicos ultraconservadores. En la previa electoral hace algunas semanas, Flavio fue a las cámaras para declarar que, de ser electo en octubre, uno de sus primeros actos como presidente —luego de indultar a todos los golpistas de 2023, comenzando por su padre— sería “declarar Brasil un país para nuestro Señor Jesucristo”, en un gesto que es algo más que un guiño al electorado religioso.
Por ello no resultó en sorpresa de nadie que menos de diez días antes de los comicios, explotara un escándalo —basado en una torticera manipulación de algunos hechos, pero es el resultado del propio ambiente creado por la derecha en el cual “todo vale contra el adversario”— cuya esencia sería la presunta propuesta de Flávio de retirar el título de “patrona de Brasil” a Nuestra Señora de Aparecida. El asunto fue rápidamente aprovechado desde una parte de la izquierda para resaltar las intenciones confesionales del candidato ultraconservador y, dada una desastrosa defensa de Flávio —quien llegó a acusar a la Conferencia de Obispos Católicos de estar detrás de la paparrucha—, puso en evidencia que si bien era una información falsa, la pulsación anticatólica está presente en su entorno y de poco le ha servido sostener con manos temblorosa una imagen de la santa ofrecida por el derechista gobernador de Sao Paulo, Tarcisio Gomes.
Por más que Flávio ha intentado descolarse de la idea, no lo ha conseguido. Los antecedentes de las bancadas evangélicas que lo apoyan —el proyecto de ley sí que existió, aunque fue archivado, y vino de un ambiente que hoy está en las cercanías del senador— y la manipulación que ha hecho su entorno de la fe religiosa no ha ayudado en la mejoría de la percepción al respecto por parte del electorado. Para aumentar el tono emocional e indignado del asunto, Flávio ha llegado a comparar toda la novela sobre la santa a una facada emocional contra él, en referencia a la célebre puñalada que su padre recibió en plena campaña de 2018 y que algunos apuntan como detonante decisivo en términos emocionales para el triunfo de Bolsonaro padre en aquella contienda.
En respuesta, desde la izquierda han reforzado la campaña con un apelo al carácter intocable de la santa patrona brasileña y ¡claro que sí! los más recientes actos de campaña de Lula han incluido nada más y nada menos que melodías sobre Nossa Senhora.
Llegado el momento de la elección, la percepción de quién será el candidato que garantice los réditos religiosos más jugosos será esencial en sectores decisivos del electorado como las mujeres y las personas mayores de 60 años.
Otro motivo de la movilización de la indignación son los asuntos económicos que alcanzan la cartera individual de los electores.
Uno de ellos es el costo de la vida, bajo los efectos de la inflación, la pobreza y el endeudamiento familiar. En esta ecuación, las casas on line de apuestas deportivas, conocidas como bets, se metieron en el debate y las emociones. Hay una evidencia empírica abundante de cómo el juego fuera de control no solo ha provocado un endeudamiento récord entre las personas, en particular en las familias más pobres; sino que también ha influenciado en el crecimiento de los problemas de salud mental. Esa realidad ha unido, increíblemente, a practicantes religiosos por un asunto moral —la cuestión del juego como “vicio e inmoral”— y grupos progresistas —en este caso por las implicaciones de salud pública y lo estrictamente económico de una práctica que ni siquiera es sobre economía real—.
En el medio de todo, aparecieron los clubes profesionales de fútbol —dependientes en alto grado del financiamiento de las casas de apuestas y, por tanto, del sufrimiento de la gente más jodida del país— quienes hicieron un dramático llamado a “salvar” el fútbol brasileño de su “fin”, en un comunicado donde en realidad donde dijeron “el fin del fútbol brasileño”, lo que quisieron decir fue “el fin las bets y sus sucios negocios”.
En tan delicado momento, el presidente Lula firmó una medida provisoria que, de manera fulminante, puso fin a las bets y con carácter inmediato las obligó a devolver el dinero que aún estuviera en las casas de apuestas on line. Y ahí se desató una nueva guerra emocional: por una parte, todo el mundo de los influencers cuyas fortunas se hicieron sobre la base de promocionar apuestas se lanzó a berrear contra la prohibición y, por otra, todo el mundo religioso moralista y el campo progresista que salió en defensa de la medida.
Una vez más, la cuestión emocional primó sobre cualquier debate racional y cada bando moviliza la indignación creada por la medida, de manera que consiga capitalizar sus resultados. De tal forma, el campo lulista reclama por el daño emocional y económico causado por las bets y; por otra, el campo bolsonarista prepara a las torcidas organizadas futbolísticas para movilizarse contra el presidente, apelando, más que todo al tono emocional del fútbol en un país como Brasil.
En respuesta, Lula le recuerda a los defensores de las bets que los mejores momentos del fútbol brasileño se vivieron antes de la presencia y el patrocinio de las bets a los clubes locales, los cuales —todo hay que decirlo— viven su peor momento, deportivamente hablando.
La indignación como gran elector
Hay, por supuesto, otros temas en campaña: la seguridad ciudadana; la acción de las pandillas organizadas; las relaciones con EE. UU. y el resto del mundo en general; el desempleo; la inflación; entre otros. Todos han pasado y pasan por momentos de protagonismo en esta campaña y, también, han estado signados por la movilización de la indignación y de las emociones.
Así; en cuanto a la seguridad ciudadana, ambos campos se intercambian acusaciones de provocar la crisis y no hacer nada por resolverla; Flávio dice que declarar —como quiere EE. UU. y Donald Trump— a las organizaciones criminales como “narcoterroristas” es lo correcto y Lula responde que solo apunta al resquebrajamiento de la soberanía nacional; los bolsonaristas tienen la patriótica costumbre de manifestarse con la bandera norteamericana y el campo progresista utiliza al cachorro viralata —un perro sato— como símbolo; Flávio se inventa precios en una compra de supermercado al cual nunca va y así siguen las apelaciones a las emociones.
Todo ello, sin contar el papel de los medios de comunicación —los tradicionales y los más nuevos— cuya función es, indisimuladamente, en favor de la emotividad. Por ello no sorprende la manera en que la mídia impone los temas de conversación en los términos que más conviene: así, la insistencia en la “polarización”; en “cómo el escándalo del Banco Máster afecta más a Lula que a Flávio”; en los “abusos” de Lula con el uso de los instrumentos de gobierno.
Cada nueva emisión, cada cobertura del Estadão, la cadena Globo, la Folha, CNN Brasil y la larga lista de medios de comunicación, insiste, una y otra vez en los términos emocionales del debate y menos —o casi nada— en sus implicaciones racionales.
Llegados a este punto, las encuestas reaccionan no a propuestas de los candidatos —de quienes hemos dicho, (casi) nadie conoce de (casi) nada— sino a cada nuevo escándalo, a cada capítulo de los escándalos en curso —devenidos verdaderos culebrones telenovelescos y que han hecho decir a más de uno que, definitivamente, “Brasil no es que ya no sea solo para amateurs, es que parece que ni es para profesionales—, a cada error en el control de daños y en la gestión de crisis y, por tanto, premia o castiga no la coherencia de una idea sino la movilización de la indignación de un electorado que, cada vez más, es rehén de las emociones.
Así que el día 4 de octubre, al momento de votar, probablemente serán los impactos de los escándalos y brigas del momento, de cuánto cada elector siente la indignación ante el candidato contrario y del tending topic del día lo que decida la suerte del próximo presidente de Brasil. Lo mismo que una lotería.
NOTAS
[1] El pix es un sistema brasileño de pagos instantáneos, el cual está en medio de una controversia desde EE. UU., porque su utilización afecta el uso tarjetas Visa y Mastercard).





