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Sem luta não há vitória

Tercera entrega de la serie «Silencios urbanos: la invisibilidad del repartidor»

Por Lapatún

Este texto se publicó en portugués en el medio Brasil de Fato.

Motociclistas fazem protesto em SP contra PLP que regulamenta o setor

Cerca de 100 veículos de aplicativo protestam por avenidas da capital contra mudanças no projeto de lei que retira direitos e altera as taxas de corrida

São Paulo (CNN), 14/04/26

Motociclistas e entregadores de aplicativos realizam, nesta terça-feira (14), uma manifestação na Grande São Paulo contra o PLP (Projeto de Lei Complementar) 152, que busca regulamentar a categoria.

Segundo a Polícia Militar, o ato reúne cerca de 100 veículos, que saíram da Praça Charles Miller, no Estádio do Pacaembu, zona Oeste da capital, e seguem por algumas das principais avenidas. Até o momento, foi registrado apenas congestionamento, mas não há registros de intervenção policial.


Había terminado de trabajar poco después de las medianoche. Los lunes, excepto que haya algún evento extraordinario, no suelen ser especialmente productivos y hay que sudar mucho antes de bater la meta del día. Fue marcada la protesta para alrededor de las diez de la mañana en la Praça Charles Miller, en Pacaembu, un lugar que marca cierta frontera entre el centro, el este y el norte de la ciudad, además de tener el célebre estadio municipal de fútbol de São Paulo.

El detonante fue la pauta de una PLP por parte del Congreso (la 152/2025) que pretendiendo regularizar el trabajo de los motoristas y entregadores de aplicativos terminó siendo un proyecto que, al parecer, salía de los bufetes de las empresas propietarias de los aplicativos.


Cuando llegué, la praça estaba ya bastante lotada. Algunas centenas de motos se acumulaban cerca de la entrada principal del estadio. Un pequeño grupo parecía tener su propio acto, pero se escuchaba mal. Los motocas que estaban espalhados por el parqueo iban repartiendo máscaras de cartulina con los principales vilões de la PLP 152: Hugo Motta, el presidente de la Cámara de Diputados; Augusto Coutinho, el relator de la PLP y Davi Alcolumbre, el presidente del Senado. El ambiente era de protesta y estaba aderezado por las características propias de un montón de motoqueiros que se reúnen en cualquier lado: carácter recio en las palabras, motos que son exhibidas como tesoros especiales, testosterona en alza ayudada por la aceleración en el sitio de las motos y el ruido de los claxones.

Me sentía un poco fuera de lugar. El ambiente, así descrito, aunque era de protesta y me sentía con plena identificación con lo que se reclamaba, tenía una especie omertá en la cual no me asumía incluido: siempre he dicho que los entregadores de moto tienen una identidad anterior, la cual es, justamente, la de ser motoqueros con todo lo que ello significa. A esto habría que adicionar que el número de entregadores en bicicleta presentes — contándome a mí— no superaba los cinco. Traté, por tanto, de acercarme a alguno para establecer vínculos.

Apareció un camión de sonido y el acto comenzó a tomar forma. Iniciaron los discursos improvisados con más o menos nivel de combatividad.

Reconocí entre la gente caras que he visto en todos estos meses haciendo fila para esperar algún pedido: rostros cansados, estropeados por el esfuerzo excesivo, una mezcla de indignación por el atropello que supone la PLP 152 y la vida miserable que, en definitiva, llevan… Me emocionó reconocerlos, pues confirma que no hay tal despolitización como pareciera. En general, muchos hombres, lo cual coincide con el perfil de los entregadores motoqueiros.

Allá arriba estaba Junior, el líder mulato y tatuado que habla con una energía que contagia. Pareciera que está siempre molesto y razones no le faltan. Tiene la estampa de un guapo de barrio, bajo de estatura, mucha gesticulación con las manos y andar rápido. Habla con una fluidez que ametralla las palabras, pero completa bien las ideas. Más temprano estuvo en una acción de calle, quemando neumáticos.

Luego habla Gringo. Lo conocí hace unas semanas. Es un hombre también de baja estatura. Aquella vez dijo que «vino a saber lo que era “política” hace tres o cuatro años». No le creí: hablaba de lo que era dignidad del trabajo en modos tan sencillos y, por tanto, profundos que no hay tratado de política o economía que pueda superarlo. Ahora habla exaltado.


De momento, alguien interrumpe los discursos. Los policías militares no dejan entrar a un grupo grande de motocas que van llegando; alegan que no hay «espacio».

La gente se enardece y empieza a gritar «¡Liberen los motocas, ya!». También gritan, en portugués por supuesto, «¡El pueblo unido jamás será vencido!», «O povo unido, jamais será vencido!». A esa altura, la emoción me ha sobrepasado y siento un par de hilillos lacrimógenos correr por mis mejillas, debajo de los espejuelos. Trato de recomponerme porque no quiero dar un espectáculo de sensiblería. Definitivamente desde hacía mucho tiempo no sentía una emoción así.

Nos movemos hacia la entrada y el punto de bloqueo en medio de un escándalo infernal de silbatos de motos y carros que están en la plaza y fuera de ella, de pequeños petardos futboleros y gritería en general. Voy con un poco de adrenalina y secándome los ojos de un incipiente llanto que, por suerte, no llega. Algunos van muy exaltados: «¡Vamos pa la calle!», gritan. Sigue el forcejeo por los motocas que no pueden entrar. Gringo habla con los policías en medio de toda la confusión y el caos en el tránsito que se ha armado.

Alguien habla de bloquear la calle definitivamente — a esta hora en días comunes, Pacaembu es un agujero negro del tráfico: no sabes si vas a poder salir de ahí en algún momento— y algunos llegamos a saltar a la calle en disposición combativa que arma un pequeño cordón. No va a durar mucho tiempo: la demostración de fuerza y organización más el diálogo que Gringo y otros dos han tenido con la Policía Militar termina en la autorización para la entrada de los motocas. Ahora, la gente arma un pasillo por donde, en medio de la algarabía general, silbidos y silbatos, consignas y algún petardo van entrando en sus motos, uno a uno, como si fueran jugadores de fútbol, los motocas retenidos. La algarabía arrecia y hay quienes se abrazan y ¡besan! como si hubieran alcanzado el fin de una lucha larga cuando apenas ha sido una pequeña escaramuza: yo no juzgo pues estaba a punto de llorar de la emoción. Regresamos al palco improvisado.


Siguen las falas. Hablan varias mujeres: una, de cómo la 99Carro la bloqueó por no querer hacer turnos nocturnos; la siguiente, de la discriminación por ser mujer; una tercera, de la vez que la asaltaron a punta de pistola; otra más, del recuerdo de quienes no llegaron un día a su casa porque «por entregar más rápido un pedido, murieron en un accidente de tránsito o fueron asesinados por la Policía Militar».

Quienes quieren hablar hacen fila: indican a una compañera que organiza la palabra y van subiendo al camión y ahí echan su pequeño discurso. Se reiteran los temas y las denuncias en voces distintas.

No echo en falta nada de lo que dicen, pues en todos los casos me reconozco, en menor o mayor medida:

— «¿Quiénes son los que están allá afuera con la capa de lluvia mientras diluvia?»— preguntan retóricamente varios.

— «¿Dónde están los que tienen que hacer 14 ó 16 horas diarias para sacar el dinero para pagar las cuentas de la casa, las gomas, la gasolina?»— se cuestiona otro.

— «¿Dónde están los que su escala de trabalho no es 6×1, sino 7×0? ¿Quién habla por nosotros?»— inquiere otro más.

— «¿Quiénes son los que no tienen feiras, ni días de folga?»— repite más de uno.

— «¿Dónde están los que sufren bloqueos injustos y no pueden trabajar?»— clama una mujer y luego se pregunta otro compañero.

— «¿Quiénes sufren de la extorsión del crimen organizado y también de la Policía?»— grita uno mientras señala a los policías militares que, de lejos, miran.

Cada pregunta es respondida desde la multitud con un «Nós» o un «A gente». Algunos redondean los mensajes desde aquí abajo gritando algo. Otro más insiste «Bora rúa!».

Aquí en el gentío hay de todo lo que compone el universo de los entregadores, al menos en moto: hombres con rostros cansados y una fisionomía típica de motoqueiros, es decir, gordos; muchachos más jóvenes, como recién llegados al oficio y, por tanto, aun con la esbeltez de la primera juventud; algunos fumando maconha; pasa uno con una prótesis de pierna; otro más con un brazo en cabestrillo.

Hay consignas: «Sem luta não há vitória». «O povo unido jamais será vencido». Elevamos los puños cerrados.


n un momento dado, uno de los que se sube al camión es un pastor evangélico que va ataviado con la bandera brasileña — gesto raro en un país donde la bandera y su uso ha sido cooptado por la derecha bolsonarista—. Dice ser motoboy también. Habla de la precariedad de su trabajo, de nuestro trabajo, de las tribulaciones de su familia, de la protección que dice sentir del Señor. Pide orar por todos nosotros. Dice que es un deber y que Jesús está con nosotros en esta lucha. Invita a todos los que «sientan la protección del Señor» a orar junto con él: media tribuna y media plenaria levantan sus dos brazos y bajan la cabeza mientras repiten la oración que va diciendo. Desde el micrófono repite:

Cuida desse motoboy, meu Deus, que tá na rua tomando sol e chuva pra trazer o conforto pra dentro de casa. Esse cara é um herói, ele merece uma atenção especial. Ajude ele as metas serem batidas, meu pai. Que ele volte pra casa dele em segurança e em paz, sem frustrações. Em nome de Cristo. E que jamais, em nenhuma hipótese, à pressa de um pedido seja maior que a vida dele.

«Cuida de ese motoboy, mi Dios». Quedo chocado: no sé si por la cantidad de gente que se identificó como creyente en la oración, no sé si por el cambio de ritmo que impuso a la manifestación, no sé si por sentirme yo mismo identificado, no sé si porque se sentía hablar de Dios de la misma manera que antes oí gritar del pueblo unido. Volví a sentir que mis ojos se rasaban mientras escuchaba «y que jamás, bajo ningún concepto, la prisa por entregar un pedido sea mayor que su vida» y traté de contener cualquier lagrimilla.


Han pasado casi tres horas desde el inicio y ya es hora de salir a la marcha organizada… Los motoqueiros se han ido acumulando en una de las calles y encendido las motos: aumenta la algarabía.

Me muevo hacia delante. Conmigo llegan los únicos otros dos ciclistas que quedan a esta hora. Uno de ellos, un muchacho joven mulato, se acerca a mí y me sonríe con complicidad: se debe sentir feliz de no ser el único en bicicleta. Me habla. Es tartamudo y estoy tratando de entender lo que me dice. Me siento mal de no poder entenderlo direito, así que comprendía la mitad e imaginaba la otra mitad. Logré comprender que quería estudiar pero que ni chance tenía, así que mejor seguir entregando hasta comprarse una moto y ahorrar dinero antes de montar algún pequeño negocio.

Después de otro tira-y-encoge con la Policía, porque la manifestación no estaba autorizada, nos organizamos para salir. Pasan la voz de tapar la matrícula de las motos, porque la Policía podría imponer alguna multa, por sí misma o a través de las miles de cámaras espalhadas por la ciudad. Las pegatinas con las caras de Motta y Coutinho ahora sirvieron para ocultar algunos de los siete caracteres de cada chapa.

Esta parte de la manifestación fue organizada por los motoqueiros y pensando en cómo moverse en motos, así que organizaron su recorrido bajo esa lógica. Eso se traduce en que los tres ciclistas que íbamos, tuvimos que acomodarnos al ritmo de escalada hacia la avenida Paulista que nos dejó, que me dejó exhausto. Se trata de una subida que no hago nunca para hacer entregas porque es deshumanizante hacerla en bicicleta y que ahora tuve que hacer impulsado por aquel grupo enorme de motoqueiros.

Llegamos a la Paulista. Deliberadamente, el ritmo de la manifestación disminuyó para hacerse más visible en ese nervio vital de la capital. Lo logramos, creo. Un recorrido entre Consolação y Brigadeiro Luis Antonio, que normalmente se hace en menos de diez minutos tomó casi una hora. El tráfico fue interrumpido varias veces. La gente preguntaba y tomaba fotos. Algunas asentían con la cabeza y parecían apoyar la manifestación. Desde aquí, algunos motoboys le gritaban que no pidieran hoy Shopee, ni Mercado Livre, ni Ifood, ni nada «que nada les iba a llegar hoy» porque estaban en breque.

¡Qué distinto a los demás días y noches que he pasado por ahí! Ahora voy por el medio de la Paulista y hay una emoción rara, como de dominio del espacio, que hasta ahora nunca había sentido. Quizás por primera vez no somos invisibles para la gente, que ahora sí que tiene que vernos y escucharnos. Por un rato, ya no hay silencios en la mochila roja.


Durante el trayecto, un grupito — no sé si de manera autopropuesta o designada por alguien previamente— ha venido haciendo una labor curiosa: cuando se encuentran por el camino a otros motoboys o bikers los convidan a sumarse. Casi todos rechazan: «estamos trabajando», dicen algunos; «não adianta nada», se justifican otros. Se suman muy pocos, entre ellos tres ciclistas más, uno de los cuales es un muchacho — joven también— que tiene un muñón en lugar de la mano izquierda y que, por obvias razones, se acerca a donde estaba yo. Lo saludo con un gesto cómplice de agradecimiento.

Para los que no se suman, aquel grupito de adelante tiene reservados algunos buenos improperios, aunque también se acercan a explicarle. Ahí supimos que, al mismo momento en que se ha producido la protesta, tanto Uber como 99Food han lanzado sendas promociones que buscaban la desmovilización con taxas de entrega muy atractivas o la promesa de garantizar 1000 reales si se hacían, en el día, unas 30 entregas.


Comissão que analisaria PL sobre trabalho por app tem sessão cancelada

Relator do projeto atende pedido de líder do governo para preservar texto; votação ocorreria em meio à mobilização nacional de trabalhadores por aplicativo

São Paulo (CNN), 14/04/26

A comissão especial que analisaria o projeto de lei de regulamentação do trabalho por aplicativos na tarde desta terça-feira (14) foi cancelada após pedido do governo.

A votação ocorreria em meio a críticas do Palácio do Planalto e à mobilização nacional marcada para o mesmo dia por trabalhadores de aplicativos em protesto ao projeto.


Cuando el pelotón llega a la altura de la Asamblea Legislativa de São Paulo, en Ibirapuera, pensé que habría terminado todo. Alguien dice que no, que no es ahí y todavía queda demostrarle a la ciudad la protesta, así que la vanguardia enfila por el lado del parque Ibirapuera y de manera frenética llegamos a Campo Limpo.

Yo estoy exhausto. Ha caído, inclemente, todo el sol de São Paulo sobre mí. El recorrido en bicicleta ha sido frenético, emotivo y, por momentos, alucinante. Cuando terminamos, el primer muchacho en bicicleta, el que tartamudeaba, se acercó a abrazarme y me agradeció por no dejarlo solo en toda la marcha. No sé su nombre, ni él el mío y a esta hora no importa si quiere decírmelo porque no podría escucharlo: los que quedamos estamos gritando, medio desesperadamente «Sem luta não ha vitória».

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Etiquetas: , , , , , , , , , Last modified: 29 septiembre, 2026
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