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Jóvenes por la democracia socialista

Foto: Pedro Pablo Chaviano / La Tizza

Por Iramís Rosique

La Tizza comparte este trabajo publicado en el libro La lucha ideológica en Cuba: a cinco años de La Tángana en el Trillo, el cual apareció en el 2025 editado por el sello Ciencias Sociales del Grupo Nuevo Milenio.


¿Y «Revolución»? ¿No es libertad e igualdad plenas?

Así rezaba uno de los carteles de convocatoria: «jóvenes por la democracia socialista». Pero no fue el primero. Antes circuló otro que decía: «jóvenes cubanos defendiendo su Revolución». Ese vestigio revela un cambio en la concepción de La Tángana y en aquello que defendimos desde ese momento hasta la caída de la Comuna dos años después. El problema del pluralismo en Revolución, de la participación y de la democracia socialista como núcleo de las impugnaciones que, en el plano discursivo, se hacían al orden de 1959, fue algo que identificamos pronto e intentamos discutir por distintas vías en los años posteriores. La Tángana respondía precisamente a esa necesidad:

mostrar que el campo de la Revolución no era una oficina estatal, sino un espacio político plural y diverso capaz de expresar y contener, de distintos modos, los intereses populares de este país.

En los meses posteriores a La Tángana se hizo innegable que esa diversidad existía: que había una Revolución y un socialismo «no orientados», «por cuenta propia». Esto ocurrió muy a pesar de los virulentos ataques de los viejos y nuevos enemigos de la Revolución y del gobierno cubano, aferrados a sostener lo contrario. Nunca nos sorprendió esa ferocidad: la tesis central de la contrarrevolución cubana ha sido siempre que la Revolución no es tal, sino una dictadura comunista. Ese postulado ha generado desarrollos teóricos y propagandísticos diversos, todos basados en la idea de que el campo político comprometido con sostener el orden revolucionario es absolutamente vertical, unilateral, estatalizado, disciplinario y amoral.

Lo que se hizo en el Trillo, y lo que ocurrió después en 2021 y 2022, rompía con la narrativa de que toda política permisible en Cuba era monopolio del Estado.

No podíamos esperar un trato generoso ni benévolo de la contrarrevolución. Lo que sí no logramos demostrar entonces — y aún no se ha conseguido— es que esa pluralidad interna del campo revolucionario pueda expresarse como parte orgánica del sistema político realmente existente, y no como una anomalía de su funcionamiento «normal».

La hegemonía de un orden político consiste justamente en su capacidad para metabolizar dentro de su propia lógica las contradicciones sociales y lo nuevo que estas producen. Parte de la crisis política que vive Cuba proviene de la dificultad del sistema para asimilar los cambios ocurridos en la anatomía y la subjetividad del país. La potencia hegemónica del orden liberal radica en una ductilidad que les permite domesticar muchas prácticas subversivas siempre que no comprometan lo esencial: el patrón de acumulación capitalista. En cambio, en los países que implementaron el socialismo de inspiración eurosoviética — incluida Cuba—, la forma de organización del poder político se concibió y administró como el componente esencial a proteger. Por eso, desde los años cincuenta, todos experimentaron reformas económicas de diversa índole, alterando el peso del mercado o distanciándose más o menos de los dogmas del socialismo «científico» ―también Cuba, como se ha visto recientemente―; sin embargo, más allá de episodios excepcionales ―fallidos o hechos fracasar― como la Glasnost o Hungría en 1956, la reforma política nunca tuvo un peso equivalente.

El resultado fue que la mayoría de aquellos órdenes del este europeo colapsaron bajo sus contradicciones acumuladas, incapaces de enfrentarlas desde una política socialista que ya había quedado rígida, agotada y clausurada para la creación y el cambio.

Cuba es el último país del socialismo occidental, y ha sorteado durante treinta años el ajuste de cuentas que la historia hizo con aquel modelo. Las razones son múltiples, pero una es crucial para este texto y para la memoria de La Tángana: la vitalidad de la política revolucionaria.

Un orden solo puede sobrevivir un shock económico de la magnitud del Período Especial sin recurrir a altos niveles de represión ―comunes en cualquier parte durante crisis de esa magnitud para garantizar la gobernabilidad― con un modo de producción de la política que garantice eficazmente legitimidad.

Es cierto que la emigración masiva de los noventa alivió tensiones, pero no basta: el consenso no es automático para quien se queda. La vitalidad creadora de la política en aquellos años mantuvo a la mayoría dentro del consenso revolucionario. Y esa vitalidad no provenía del arreglo institucional formal, sino del modo en que la dirección histórica, especialmente Fidel Castro, hacía política a contracorriente, por fuera y a pesar del arreglo institucional. La coincidencia entre la voluntad de institucionalización total de los últimos quince años y la decadencia de la política revolucionaria lo confirma. La incapacidad de las organizaciones políticas para responder con eficacia a los desafíos de 2020 en adelante lo confirma. La preeminencia de la Seguridad del Estado y del Ministerio del Interior, dejados en soledad, como gestores del conflicto político por el lado de la Revolución, con nula o mínima participación de las organizaciones políticas socialistas, también lo confirma. Y el énfasis oficial en discursos policiales y de seguridad por encima de las dimensiones ideoculturales y socioeconómicas del disenso vuelve a confirmar la crisis política de nuestras instituciones.

En La Tángana intentamos construir una alternativa — o un complemento— a esa inercia. Estaba claro para nosotros que, llegados a este punto, el proyecto de Revolución, su adelanto y defensa no eran ni podían ser una responsabilidad exclusiva del gobierno y sus gubernamentalizadas organizaciones, sino también de todos nosotros: los «otros» revolucionarios que no ocupamos responsabilidades en las oficinas del Estado.

Nunca hemos renegado del Estado que se dio el pueblo de Cuba en Revolución, ni del poder revolucionario. Pero entendemos que sin una política viva, este proyecto no superará la crisis actual, y la institucionalidad «autorizada» para ser revolucionaria no ha demostrado capacidad para producir sola, y haciendo lo mismo de siempre, una política revolucionaria victoriosa: no lo demostró en noviembre de 2020, y tampoco después. A lo sumo queda claro que el talento de nuestros órganos de seguridad para lidiar con los enemigos de la nación no era un mito. Pero ni siquiera ese talento ha evitado el deterioro del prestigio, el consenso y la confianza en torno al poder revolucionario. Antes bien es visible para todos cómo nuestra política va exhibiendo muchos de los signos de agotamiento que ya habíamos observado a finales de los ochenta en aquellos países de los que heredamos el sistema político. Por eso estábamos convencidos — y aún lo estamos— de que aquella espontaneidad de 2020 a 2022, expresada en los llamados «espacios revolucionarios emergentes», podía contribuir, mediante su encuentro con la institucionalidad, a renovar el modo de producir política revolucionaria en Cuba. La Comuna aspiraba a eso.

Esta pretensión, por supuesto, no ha sido un paseo de ribera. Alfredo Guevara ya había advertido que ninguna revolución lo es. Hemos encontrado obstáculos que conocíamos y esperábamos, y otros que aprendimos en el camino y nos han curado un poco de ingenuidad. Las consecuencias apocalípticas de la Glasnost oprimen como una pesadilla las mentes de muchos comunistas cubanos — especialmente cuadros dirigentes—, y alimentan temores de que cualquier relajación del rígido andamiaje del sistema abrirá brechas irreparables, por las que se desbordaría una contrarrevolución que devorará todo, tal como ocurrió en la URSS. En un contexto de crisis económica y desventaja geopolítica, este temor se intensifica, aunque paradójicamente sea en estos momentos cuando más evidente resulta la necesidad de reformar.

Otro obstáculo al que nos hemos enfrentado es la cultura política real que habita nuestro Estado y nuestras organizaciones, y que trasciende la buena voluntad de actores individuales. Esto lo aprendimos desde el acercamiento inicial del Partido para apoyar La Tángana. Desde ese instante y hasta el cierre del evento, nuestra manera de hacer política estuvo en tensión con la suya, con la de la UJC, con sus estilos, expectativas y modos de organización. Después ocurrió algo similar con la prensa y su construcción del relato de La Tángana. No podía ser de otra manera porque así operan las culturas políticas: todos y cada uno de esos compañeros hicieron, probablemente con la mejor de las intenciones, lo que sabían hacer. No obstante, en el encuentro de dos culturas políticas nosotros aprendimos y ellos también, y el modo distinto y mejor en que transcurrió lo relativo a la sentada de los Pañuelos Rojos, o la Comuna, o el diálogo institucional con el Proyecto Nuestra América o con el Centro Martin Luther King o con Cimarronas lo demuestra.

También nos enfrentamos a resistencias dentro del propio campo revolucionario, motivadas por intereses políticos, temores o cálculos individuales. El final de la Comuna no fue solo un fracaso: fue una derrota.

El fracaso no tiene ganadores y perdedores, pero la derrota sí. Algunos compañeros — que lo siguen siendo— interpretaron nuestro activismo y nuestras propuestas como amenaza a sus posiciones y trayectorias dentro del aparato político. Quedan muy lejos aquellos días en los que la dirección histórica identificaba a un líder en un congreso y le daba una tarea saltando por encima de la cola burocrática de gente que espera «su momento». La institucionalización reciente ha consolidado reglas relativamente estables de promoción y sucesión, y no pocos vieron como riesgo que un grupo «salido de la nada» accediera a diálogos con la máxima dirección del país y agitara esas reglas implícitas. La clausura de la Comuna y la desaparición del diálogo entre el Partido y estos espacios sin duda devolvió tranquilidad a ciertos sectores. No en vano, pese a ser una experiencia directamente vinculada a la UJC, nunca volvió a mencionarse en plenos ni en el XII Congreso, como si aquella aventura de La Tángana a la Comuna jamás hubiera existido.

Por nuestra parte también hubo errores. Ningún espacio emergente estaba realmente preparado para exponerse a la gravitación del Estado. Para impulsar una profundización de la democracia socialista no basta con tener buenas intenciones ni siquiera con tener razón. La indisciplina, las vanidades, las agendas personales, la falta de organización y de claridad, y la ingenuidad jugaron en nuestra contra.

Incluso a quienes organizamos La Tángana nos faltó tomarnos en serio a nosotros mismos: comprender que no era la ocurrencia de un «grupo de amigos», sino la apertura de un marco de posibilidades que debimos defender con mayor determinación, cohesión y seriedad. «Ustedes no tienen idea de lo importante que fue para mí eso que hicieron», me dijo un compañero de Oriente años después.

El gesto político que se abrió en La Tángana se cerró con la derrota de la Comuna. Pero si el destino del proyecto y el poder revolucionarios es salvarse, los jóvenes por la democracia socialista volverán; quizá con otros nombres y rostros, y ojalá que asidos de los aprendizajes que ya nosotros tuvimos. Pero volverán. Y lo harán porque la Revolución no fue una obra unipersonal ni monocorde, sino que la alumbraron muchas manos y mentes con ideas distintas, como lo demuestra aquel primer Comité Central del PCC, donde confluyeron los revolucionarios de todas las procedencias.

Ni la Cuba de hoy ni la del futuro debía tener revolucionarios o patriotas de «segunda categoría». Para salvarse, la nación de Martí necesita de la participación de todos por y en el bien de la Patria, sin más distingo para ello que el «desprendimiento y la inteligencia».

Y solo sobre ese jalar unidos podrá reconstruir un poder revolucionario su legitimidad. Por ese tipo de cosas, que también son la Revolución, vale la pena seguir luchando.

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Etiquetas: , , , , , Last modified: 25 septiembre, 2026
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