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Relaciones raciales: su significado, origen y progreso

Por Oliver C. Cox

Traducción de Daniel Montañez Pico


Como parte de su dosier dedicado a Marx y a los marxismos, La Tizza comparte la traducción de un segundo texto de Oliver C. Cox. El original fue publicado como capítulo 16 de la obra Caste, Class and Race: A Study in Social Dynamics, 1948, pp. 321-352.

Oliver Cox (1901–1974) fue un sociólogo y pensador marxista afroamericano, conocido por ser el «padre» de la teoría del capitalismo como «sistema-mundo» y en general por su análisis de la relación entre el racismo y el capitalismo. En su obra más influyente, Caste, Class, and Race (1948), desafió las teorías dominantes de su tiempo, argumentando que el racismo es una manifestación de la explotación de clase. En ese temprano texto ofrece una magnífica y aterrizada síntesis de su análisis marxista del racismo. [Nota del traductor].

Puedes leer los otros textos del dosier:

Por un marxismo enraizado, de Miguel Mazzeo

«La normalidad no gusta de los grandes», de Fernando Martínez Heredia

Notas para reimaginar la crítica en Marx, de Wilder Pérez Varona

El marxismo revisionista: arqueología y testimonios, de Natasha Gómez Velázquez

«No debemos permitir que no nos dejen insistir», Jorge Alemán conversa con Carlos Fernández Liria

Raza y racismo del capital: una breve reflexión en clave marxista y lacaniana, de David Pavón-Cuéllar

El capitalismo actual y la economía política, entrevista de Iramís Rosique al profesor y economista mexicano Oscar Rojas

Prejuicio racial e intolerancia: una distinción, de Oliver C. Cox y traducido por Daniel Montañez Pico

Marxismo libidinal, una clase con Mark Fisher


Una definición

En una discusión sobre «el origen» de las relaciones raciales conviene, desde el principio, determinar con exactitud qué es lo que estamos buscando. Procederemos primero, por tanto, eliminando ciertos conceptos que comúnmente se confunden con el de relaciones raciales. Estos son: etnocentrismo, intolerancia y «racismo».

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El etnocentrismo, tal como lo conciben los sociólogos, es una actitud social que expresa un sentimiento de comunidad dentro de un grupo — el sentimiento de «nosotros» frente a los «otros»—. Esa actitud parece ser una función de la solidaridad grupal, lo cual no es necesariamente un fenómeno racial. Tampoco lo es la intolerancia social — que consideraremos con más detalle en un capítulo posterior—, ya que la intolerancia social es el desagrado o resentimiento hacia aquel grupo que se niega a conformarse con las prácticas y creencias establecidas de la sociedad. Por último, el término «racismo», tal como ha sido empleado recientemente en la literatura, parece referirse a una filosofía de antipatía racial. Los estudios sobre el origen del racismo implican el estudio del desarrollo de una ideología, un enfoque que usualmente resulta en la sustitución de la historia de un sistema de racionalización por la de un hecho social material.[1] De hecho, tiende a ser una acumulación de un patrón errático de verbalizaciones desligadas de cualquier sistema social en marcha.

Entonces,

¿cuál es el fenómeno cuyo origen buscamos determinar? Es el fenómeno de la explotación capitalista de los pueblos y su actitud social complementaria. De nuevo, uno perdería la esencia del asunto si pensara que la antipatía racial tiene su origen en algún «instinto social» de antipatía entre pueblos. Tal enfoque, por lo general, conduce a una confusión interminable.[2]

El origen del antagonismo racial

Acaso ninguna constatación de un solo hecho sea de tamaña importancia para la comprensión del antagonismo racial como que el fenómeno haya surgido únicamente en tiempos modernos.[3] En un capítulo anterior sobre «el origen del sistema de castas» intentamos demostrar que el conflicto racial no existía entre los primeros arios en la India y no lo encontramos tampoco en otras civilizaciones antiguas.

Nuestra hipótesis es que la explotación y el prejuicio racial se desarrollaron entre los europeos con el surgimiento del capitalismo y el nacionalismo, y que, debido a las ramificaciones mundiales del capitalismo, todos los antagonismos raciales pueden rastrearse hasta las políticas y actitudes de los pueblos capitalistas líderes, los pueblos blancos de Europa y América del Norte.

Para demostrar esta hipótesis, revisaremos algunas situaciones históricas bien conocidas. Al rastrear el ascenso de los anglosajones a su posición como la raza dominante del mundo,[4] omitiremos la consideración de las grandes civilizaciones orientales de las cuales Grecia heredó una significativa cultura. No parece haber base para imputarle antagonismo racial a los egipcios, babilonios o persas.

De todos modos, los griegos fueron el primer pueblo europeo en entrar en el cauce de la civilización del Mediterráneo oriental y la posibilidad de explotación racial no surgió realmente hasta la conquista macedónica. Nuestro punto aquí, sin embargo, es que no encontramos prejuicio racial ni siquiera en el gran imperio helenístico, que se extendió más en los territorios de los pueblos de color que cualquier otro imperio europeo hasta finales del siglo XV.

Los griegos helénicos tenían un estándar cultural, no racial, de pertenencia, por lo que su división básica de los pueblos del mundo era entre griegos y bárbaros, siendo los bárbaros todas aquellas personas que no poseían la cultura griega, especialmente su lengua. Eso no es sorprendente, pues la cultura de los pueblos siempre ha sido de gran importancia para ellos. Pero los habitantes de las ciudades-estado griegas, que fundaron colonias entre los bárbaros en las costas del Mar Negro y el Mediterráneo, dieron la bienvenida a esos bárbaros en la medida en que podían participar en la cultura griega e incluso se casaron libremente con ellos. Los griegos sabían que tenían una cultura superior a la de los bárbaros, pero incluían a europeos, africanos y asiáticos en el concepto de Hellas a medida que estos pueblos adquirían un conocimiento práctico de la cultura griega.

La experiencia del posterior imperio helenístico de Alejandro tendió a ser contraria al antagonismo racial moderno. El patriotismo estrecho de las ciudades-estado fue reemplazado por un nuevo cosmopolitismo. Se hizo todo lo posible por asimilar a los bárbaros a la cultura griega y en el proceso surgió una nueva cultura greco-oriental con una clase dominante greco-oriental. El propio Alejandro se casó con una princesa persa y animó a sus hombres a casarse con la población nativa.[5] En el imperio había una distinción de estatus, no racial, entre los gobernantes y los nativos no helenizados.

Además, la inclinación de Alejandro a pasar por alto incluso las diferencias culturales en su política hacia los pueblos de su imperio parece haber estimulado una de las filosofías más notables de todos los tiempos: la de la igualdad fundamental de todos los seres humanos. En Atenas, alrededor del 300 a. C., Zenón desarrolló un sistema de pensamiento llamado estoicismo que sostenía, en parte, que «todos los hombres deben ser ciudadanos iguales; y debe haber una sola vida y orden, como el de un rebaño pastando juntos, que se alimenta por una ley común». Esa doctrina no fue una reacción al prejuicio racial, sino más bien a ciertas distinciones culturales envidiosas entre los pueblos de la época; y la idea ha llegado hasta nosotros a través del derecho romano, la predicación de San Pablo y los escritos de los filósofos de la Ilustración. Ha recibido un énfasis democrático en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y en las enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos.

La siguiente gran organización de los pueblos alrededor del Mar Mediterráneo — y en la medida en que se refiere a la civilización europea, puede considerarse como la constitución del mundo entero— fue el Imperio romano. En esa civilización tampoco encontramos antagonismo racial, pues la norma de superioridad en el sistema romano seguía siendo un atributo cultural y de clase. La distinción básica era la ciudadanía romana, que gradualmente se extendió a todas las personas libres nacidas en los municipios del imperio. Los esclavos provenían de todas las provincias y no había distinción racial entre ellos. A veces los esclavos, en especial los griegos, eran los maestros de sus amos; de hecho, gran parte de la iluminación cultural de los romanos llegó a través de esclavos del Este. Debido a que la esclavitud no era un estigma racial, los libertos educados, a quienes se les concedía la ciudadanía tras la emancipación, podían ascender a altos cargos en el gobierno o la industria. No existían leyes interraciales que regularan la relación entre la gran masa de gente común de origen diverso. Además, la aristocracia del imperio, los senadores y los ecuestres, estaba constituida en su mayoría por provincianos responsables en la administración imperial.

No se debe confundir la relación social entre los distintos estamentos sociales del mundo griego y romano con las relaciones raciales. Los espartiatas, periecos y helotas de Laconia, por ejemplo, no eran razas, sino estamentos sociales; los metecos,[6] los residentes extranjeros de la Atenas de Pericles, tampoco constituían una raza. En la temprana república de Roma, el matrimonio entre la clase patricia privilegiada y la masa plebeya estaba prohibido, pero eso se debía a una división de estamentos sociales, no a una acomodación racial.

Si no hemos descubierto antagonismo interracial en la antigua Grecia y Roma, las probabilidades de encontrarlo en el sistema que sucedió a la caída del Imperio romano son aún más remotas. Con el ascenso del sistema político-religioso del cristianismo, puede considerarse como si la cultura occidental hubiera entrado en su largo período de gestación. Sus primeros signos de parto fueron las Cruzadas. Pero durante todo ese tiempo e incluso después del Renacimiento, la naturaleza del movimiento y del contacto social de los pueblos europeos cancelaba toda posibilidad de desarrollo del prejuicio racial.

El patrón general de las invasiones bárbaras fue el de una sucesión de pueblos de creciente inferioridad cultural que se movían hacia áreas de mayor cultura. Así, las naciones germánicas que invadieron el Imperio romano tenían una menor capacidad para mantener una cultura compleja que los romanos cuando conquistaron a los griegos; y probablemente el pueblo celta de Gran Bretaña tenía aún menos recursos para continuar su herencia cultural romana. En el movimiento de los pueblos bárbaros del Este y del Norte hacia el área general del Mediterráneo, no había sentimientos nacionalistas que impidieran su amalgamación con las poblaciones nativas.

Un aspecto de esa era de invasión bárbara, el movimiento de los asiáticos hacia Europa, es de especial importancia. Los asiáticos eran mejores guerreros que gobernantes. Podemos decir de manera bastante concluyente que el ascenso del hombre blanco hacia la superioridad sobre los pueblos de color de los otros continentes se basa de manera fundamental en su superioridad como combatiente. Sin embargo, ese es un logro relativamente reciente. En la Edad Media, los asiáticos les superaban en combate. Los hunos, sarracenos, moros, turcos seleúcidas, turcos otomanos, tártaros; todos penetraron en Europa, subyugaron y, a veces, esclavizaron a pueblos blancos que hoy son muy prejuiciosos racialmente. De todos modos,

no encontraremos antagonismo racial entre esos invasores. Los más poderosos de ellos eran musulmanes y tanto la base económica como las sanciones religiosas del islam se oponen al prejuicio racial. Bajo el islam — al menos en la medida en que no haya sido recientemente corrompido por ideales capitalistas— el criterio de pertenencia es cultural; además, el islam es una cultura proselitista.

En Europa misma, las políticas de la Iglesia católica romana fueron una barrera al desarrollo del antagonismo racial. La Iglesia, que poco a poco alcanzó más o menos dominancia religiosa, económica e ideológica, tenía una norma de pertenencia popular y personal, no territorial o racial. La división fundamental de los seres humanos era entre cristianos y no-cristianos. Entre los no-cristianos, el pagano, el infiel y el hereje eran reconocidos por actitudes negativas diferenciales; sin embargo, como medio para ingresar a la comunidad cristiana, la conversión o la retractación se permitían libremente e incluso se promulgaban. En la Europa medieval — de hecho, en el mundo cristiano— había una base efectiva para la hermandad de los pueblos. Aunque la relación económica y contractual de un hombre en su comunidad determinaba su sustento, ser excomulgado por la Iglesia casi tenía el efecto de ponerlo fuera del alcance de la sociedad misma. En la Edad Media, por lo tanto, no encontramos antagonismo racial en Europa; de hecho, los europeos eran, en ese momento, más aislados e ignorantes acerca de los pueblos extranjeros y la geografía mundial que los romanos y griegos.

Pero, bajo el impulso comercial y religioso, Europa comenzó a despertar y a viajar hacia tierras extrañas. La primera Cruzada puede considerarse el punto de partida que a la larga condujo a la dominación mundial por parte de los europeos. Cuando, después de sus viajes en el último cuarto del siglo XIII, los Polo regresaron de la corte del gran Kublai Khan de China, para contarles a los europeos una historia de riquezas y lujos fabulosos, la gente apenas podía creer lo que oía. Las memorias de Marco Polo fueron, en efecto, un gran estímulo para los comerciantes. No fue sino hasta el descubrimiento de América y la circunnavegación del globo que el movimiento asumió una tendencia irreversible. El período entre la primera Cruzada y el descubrimiento de América continuó caracterizándose por la visión religiosa del orden mundial; pero estableció un patrón de trato con los pueblos no-cristianos que continuaría — restando sus características religiosas— hasta el día de hoy. En la medida en que los controles religiosos seguían siendo efectivos, no se desarrolló antagonismo racial; lo que se desarrolló fue un complejo antagonista judío-pagano-infiel que iba a colorear el pensamiento europeo durante algunos siglos.

Hasta el siglo XI la Europa cristiana estaba rodeada por el norte, este y sur por paganos e infieles; el Mediterráneo estaba casi completamente rodeado por los musulmanes árabes, cuya cultura era superior a la de los europeos del norte. Sin embargo, en el siglo XI, bajo la influencia organizadora de los Papas, los guerreros sagrados de la cristiandad comenzaron a llevar cruzadas conquistadoras al territorio de los pueblos eslavos y asiáticos, paganos e infieles. Como regla general, la Iglesia hacía de las tierras e incluso de los pueblos del mundo no-cristiano propiedad de los cruzados y el comerciante, claro está, seguía la cruz.

De hecho, fue la necesidad de comerciar con el Este — en especial por parte de los comerciantes italianos, españoles y portugueses— y su obstrucción por los musulmanes — cuyo país se interponía en el camino al Cercano Oriente— lo que indujo a los portugueses, en el siglo XV, a explorar la costa africana con la esperanza de arribar a las Indias orientales eludiendo a los otomanos. Aquí comenzó el gran drama que, en unos pocos cientos de años, entregaría el destino del mundo a las decisiones de los hombres de negocios. Pero nuestra preocupación por el momento es señalar que el antagonismo racial aún no se había desarrollado entre los europeos.

En primer lugar, la geografía del mundo seguía siendo un misterio y algunas de las historias más fantásticas sobre sus pueblos eran creídas. Las historias sobre el esplendor, el lujo y la sabiduría de los pueblos del Este mantenían a toda Europa en constante asombro. Nadie se habría sorprendido si algún viajero hubiera regresado del corazón de África para dar la noticia de que había encontrado a un monarca negro gobernando un reino que superaba en grandeza y poder a cualquiera de los existentes en Europa. En resumen,

el hombre blanco no tenía concepción de sí mismo como un ser capaz de desarrollar la cultura superior del mundo; el concepto de «hombre blanco» aún no tenía una definición social significativa; el anglosajón, la raza dominante moderna, ni siquiera estaba en la imagen.

Pero cuando los portugueses comenzaron a avanzar por la costa africana, supieron que los moros y los paganos con los que se encontraban eran inferiores a ellos en cuanto combatientes y constructores de cultura.[7] Sin embargo, eso no implicó a conclusiones sobre la superioridad racial. El propio Enrique el Navegante buscó en esas tierras a un príncipe cristiano, el Preste Juan, con quien planeaba formar una alianza «contra los enemigos de la fe». A lo largo de la segunda mitad del siglo XV, los marineros y exploradores portugueses continuaron buscando el reino del perdido príncipe negro.

Aún más significativo es el hecho de que aún no existía la creencia en ninguna incapacidad cultural de los pueblos de color. Su conversión al cristianismo se buscaba con entusiasmo y se suponía que esa transformación haría de los africanos seres humanos iguales, como los demás cristianos. El historiador portugués Gomes Eannes de Azurara, escribiendo a mediados del siglo XV, nos da una idea de los motivos religiosos detrás de los esfuerzos del príncipe Enrique entre los pueblos de la costa occidental africana. Una razón para las incursiones esclavistas del Navegante:

… su gran deseo era aumentar la fe de nuestro Señor Jesucristo y traerle todas las almas que debían ser salvadas, entendiendo que todo el misterio de la Encarnación, Muerte y Pasión de nuestro Señor Jesucristo tenía como único fin esto: la salvación de las almas perdidas, a las cuales el mencionado Señor Infante [Henrique] por su trabajo y sacrificio deseaba llevar a la verdadera fe. Porque comprendió que no se le podía hacer mejor ofrenda al Señor que esta. Porque si Dios prometió devolver cien bienes por uno, podemos creer con justicia que, por tan grandes beneficios, es decir, por tantas almas como fueron salvadas por los esfuerzos de este Señor, tendrá tantas centenas de recompensas en el Reino de Dios, por las cuales su espíritu podrá ser glorificado después de esta vida en el reino celestial. Porque yo que escribí esta historia vi a tantos hombres y mujeres de esas tierras convertidos a la santa fe, que incluso si el Infante hubiera sido un pagano, sus oraciones habrían sido suficientes para obtener su salvación. Y no solo vi a los primeros cautivos, sino a sus hijos y nietos como verdaderos cristianos, como si la gracia divina soplara en ellos e impartiera en ellos un conocimiento claro de sí misma.[8]

El asunto de la conversión cultural es crucial para nuestra comprensión del desarrollo de la antipatía racial. Para la plena explotación provechosa de un pueblo, el grupo dominante debe idear formas y medios para limitar la asimilación cultural de ese pueblo. Mientras los portugueses y los españoles continuaran aceptando la definición religiosa de la igualdad humana, también se inhibía el desarrollo de los prejuicios raciales. Aunque es cierto que las incursiones en la costa africana fueron en extremo despiadadas, los portugueses no racionalizaron el hecho con un argumento racial. Matar o llevar a la esclavitud al pagano o infiel era servir al más alto propósito de Dios. Como Azurara señaló: «… aunque sus cuerpos fueran ahora sometidos, eso era un asunto menor en comparación con sus almas, que ahora poseerían la verdadera libertad para siempre».[9] Al concederle al príncipe Enrique una «indulgencia plenaria», el papa Eugenio IV otorgó «a cada uno y a todos los que participaran en dicha guerra [las incursiones esclavistas], el perdón completo de todos sus pecados».[10] El pueblo portugués en sí no había desarrollado odio racial hacia los cautivos. Azurara relata cómo los habitantes de Lagos lloraban en simpatía por el sufrimiento de los moros, mientras las familias eran separadas para ser distribuidas entre diferentes amos. Y, al parecer, los cautivos fueron asimilados a la población con notable facilidad:

… desde este momento [después de su partición] empezaron a adquirir algo de conocimiento sobre nuestro país, en el cual encontraron gran abundancia; y nuestros hombres comenzaron a tratarlos con gran favor. Pues, como nuestra gente no los encontró endurecidos en la creencia [es decir, el Islam] de los moros, y vio cómo se acercaban a la ley de Cristo con buena voluntad, no hicieron diferencia entre ellos y sus propios sirvientes libres [portugueses], nacidos en nuestro propio país. Pero a aquellos que tomaban [cautivos] mientras aún eran jóvenes, los instruían en artes mecánicas. Y a aquellos que veían capacitados para administrar propiedades, los liberaban y los casaban con mujeres que eran nativas de la tierra [de Portugal], haciendo con ellos una división de sus propiedades como si hubiera sido otorgada a aquellos que los desposaban por voluntad de sus propios padres… Sí, e incluso algunas viudas de buena familia que compraron a algunas de estas esclavas, ya sea las adoptaron o les dejaron una porción de su patrimonio por testamento, de modo que en el futuro se casaban muy bien, tratándolas como completamente libres. Baste decir que nunca vi a uno de estos esclavos puesto en cadenas como otros cautivos, y casi ninguno que no se convirtiera al cristianismo y no fuera tratado con gentileza. Y me han invitado por sus amos a los bautismos y matrimonios de tales; en los cuales, aquellos que antes eran sus esclavos, no hicieron menos solemnidad que si hubieran sido sus hijos o parientes.[11]

Los portugueses no tenían una noción clara de antagonismo racial, porque su base económica y racionalista aún no se había desarrollado entre ellos. De hecho, los portugueses y españoles nunca llegaron a liberarse completamente del espíritu de cruzada, el cual limitaba su entendimiento claro de los valores de la explotación laboral competitiva.[12]

La Iglesia recibió su parte de sirvientes africanos; sin embargo, aún no tenía idea de los usos económicos de la segregación y el «paralelismo cultural», ni de las técnicas para perpetuar el estatus servil de los trabajadores negros. No había desarrollado racionalizaciones de la inferioridad humana innata para apoyar la necesaria explotación laboral.

Por el contrario, su obsesión con los valores espirituales de la conversión dejaba a los negros libres para ser integrados en la población general. Se informa que antes de que los capitanes regresaran de una de las comisiones de carabelas e «hicieran cualquier otra cosa [en la distribución de los moros cautivos], tomaron como ofrenda lo mejor de esos moros para la iglesia de ese lugar; y a otro pequeño moro, que después se convirtió en fraile de San Francisco, lo enviaron a San Vicente do Cabo, donde vivió siempre después como un cristiano católico, sin tener entendimiento ni percepción de ninguna otra ley que no fuera esa verdadera y santa ley en la que todos los cristianos esperan la salvación».[13]

La siguiente era en la historia de las relaciones raciales comenzó con el descubrimiento de América. Si consideramos que el prejuicio racial es un instrumento actitudinal de la explotación económica moderna, la pregunta de si existía prejuicio racial entre los pueblos primitivos del mundo no surgiría. Sería, por ejemplo, una inversión ridícula del pensamiento esperar que los pueblos nativos de América tuvieran prejuicios raciales contra los invasores blancos.[14] Pero la sociedad moderna — la civilización occidental— comenzó a asumir sus atributos característicos cuando Colón desvió la mirada y los intereses del mundo hacia el Atlántico. El misticismo del Este pronto perdió su influencia sobre el pensamiento humano y el mundo burgués comenzó a tomar forma.

La matriz socioeconómica del antagonismo racial involucró la comercialización del trabajo humano en las Indias occidentales, en las Indias orientales y en América, la intensa competencia entre los empresarios de diferentes ciudades de Europa occidental por la explotación capitalista de los recursos de esa área, el desarrollo del nacionalismo y la consolidación de las naciones europeas, así como el declive de la influencia de la Iglesia católica romana, con sus inhibiciones místicas a la libre explotación de los recursos económicos.

El antagonismo racial alcanzó su plena madurez durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando ya no se ponía el sol sobre el suelo británico y las grandes potencias nacionalistas de Europa comenzaron a justificar sus diseños económicos sobre los pueblos europeos más débiles con teorías sutiles de superioridad y dominio racial.

Debe observarse que esa visión no es en general aceptada. Una creencia popular entre los escritores sobre las relaciones raciales modernas es que el fenómeno ha sido conocido entre la mayoría, si no todos, los pueblos. Ese enfoque tiende a dar a las teorías sobre las relaciones raciales un aspecto «científico», pero contribuye poco a la comprensión del problema.

Por ejemplo, Jacques Barzun puede inducir a error al decir que «si alguien merece ser quemado en efigie por iniciar el poderoso dogma racial de la superioridad nórdica»[15] ese es Tácito. Se supone que Tácito, en su admiración por los primitivos «germanos», hizo afirmaciones que «contienen el germen del nordicismo actual». Sin embargo, parece evidente que ni Tácito, ni San Pablo, ni Noé, ni los arios del Rigveda son responsables de las prácticas e ideologías raciales desarrolladas entre los europeos modernos. Además, el uso de la metáfora «germen» probablemente transmite la idea de que esta digresión de Tácito, su descripción del «salvaje noble» con las virtudes de los germanos tribales, fue desarrollándose a lo largo de los siglos, hasta que floreció en el nazismo.

Podríamos, con igual razón, basarnos en aquella notable observación de Cicerón a Ático en el siglo I a. C.: «No adquieras esclavos de Britania porque son tan estúpidos y tan absolutamente incapaces de ser enseñados que no son aptos para formar parte del hogar de Atenas», como explicación del prejuicio racial moderno contra los británicos, con la única dificultad de que nunca ha existido tal prejuicio.

Cuando los eruditos blancos comenzaron su búsqueda casi desesperada en los archivos antiguos para encontrar buenas razones que explicaran los maravillosos logros culturales entre los blancos, el dominio económico y militar europeo del mundo ya era una realidad. La mayoría de los descubrimientos que pretenden explicar la superioridad racial del alto y rubio de cráneo alargado pueden llamarse racionalizaciones hamíticas; se derivan de fragmentos de verbalizaciones aisladas o deducciones de situaciones culturales que no pueden identificarse con las relaciones raciales modernas.

Probablemente la más aceptada ha sido la historia bíblica de los descendientes de Cam como un pueblo maldito para siempre, destinado a realizar el trabajo servil de los demás.

Cuando los eruditos ingleses, franceses y alemanes descubrieron a los arios en la literatura sánscrita de los hindúes, los propios hindúes desconocían las potencialidades raciales de los arios. El concepto «Ārya» prácticamente no significaba nada para ellos. Fue necesario que los nacionalistas alemanes reconocieran que el término «ario» designaba particularmente a los alemanes y que, por ello, se confirmaba el derecho de los alemanes a explotar a todos los demás pueblos del mundo, incluidos los propios hindúes.

En el estudio de las relaciones raciales es de suma importancia comprender que sus manifestaciones significativas no pudieron haber sido conocidas entre los pueblos antiguos. Si tuviéramos que señalar el año que marcó el comienzo de las relaciones raciales modernas, deberíamos seleccionar 1493–94. Este es el momento en que el desprecio total por los derechos humanos y el poder físico de los pueblos no cristianos del mundo, los pueblos de color, fue asumido oficialmente por las dos primeras grandes naciones colonizadoras europeas. La bula de demarcación del papa Alejandro VI, emitida bajo presión española el 3 de mayo de 1493, y su revisión por el Tratado de Tordesillas (7 de junio de 1494), alcanzado mediante negociaciones diplomáticas entre España y Portugal, pusieron a todos los pueblos paganos y sus recursos — en especial a los pueblos de color del mundo— a disposición de España y Portugal.[16]

A veces, acaso por su obviedad, no se percibe que el comercio de esclavos fue un medio para reclutar mano de obra para explotar los grandes recursos naturales de América.[17] Ese comercio no se desarrolló porque los indígenas y los negros fueran rojos y negros, o porque su capacidad craneal promediara un cierto número de centímetros cúbicos, sino porque eran los mejores trabajadores que se podían encontrar para el trabajo pesado en las minas y plantaciones al otro lado del Atlántico. Si hubiera habido suficientes trabajadores blancos disponibles, habrían sido sustituidos. De hecho, parte de la demanda inicial de mano de obra en las Indias occidentales y en el continente fue cubierta por sirvientes blancos, quienes a veces fueron definidos en los mismos términos que se usaban para caracterizar a los africanos. Aunque el reclutamiento de mano de obra involuntaria terminó concentrándose en las costas africanas, los primeros secuestradores hicieron un buen negocio en algunas de las ciudades europeas más ilustradas. Además, en el proceso de explotación de los recursos naturales de las Indias occidentales los conquistadores españoles consumieron a la población indígena nativa.

Ese, entonces, es el comienzo de las relaciones raciales modernas. No fue un sentimiento abstracto, natural o inmemorial de antipatía mutua entre grupos, sino más bien una relación práctica de explotación con su facilitación socio-actitudinal — en ese momento, solo un prejuicio racial naciente—.

Aunque este tipo peculiar de explotación estaba entonces en su fase inicial, ya había adquirido sus características significativas.[18] A medida que se desarrollaba y tomaba una forma capitalista definida, podíamos seguir al hombre blanco por todo el mundo y verlo repetir el proceso entre casi todos los pueblos de color. Earl Grey fue «directo al grano» cuando describió, en 1880, los motivos y propósitos de los británicos en una situación racial:

En toda esta parte de los dominios británicos, los pueblos de color son generalmente considerados por los blancos como una raza inferior, cuyos intereses deben ser ignorados cuando entren en competencia con los de ellos, y que deben ser gobernados en función de la ventaja de la raza superior. Y para esta ventaja se consideran necesarias dos cosas: primero, que se les brinden facilidades a los colonos blancos para obtener posesión de tierras que antes ocupaban las tribus nativas; y segundo, que se fuerce a la población cafre a proporcionar una oferta de mano de obra tan grande y barata como sea posible.[19]

Pero el hecho de importancia crucial es que la explotación racial es solo un aspecto del problema de la proletarización del trabajo, sin importar el color del trabajador. Por lo tanto, el antagonismo racial es en esencia un conflicto político-clasista. El explotador capitalista, siendo oportunista y pragmático, utilizará cualquier medio conveniente para mantener su mano de obra y otros recursos libremente explotables. Ideará y empleará el prejuicio racial cuando eso le resulte conveniente.[20] De hecho, el proletariado blanco del capitalismo temprano tuvo que soportar cargas de explotación bastante similares a las que hoy deben soportar muchos pueblos de color.

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Sin embargo, el espíritu capitalista, el motivo de lucro entre los españoles y portugueses del siglo XVI estuvo constantemente inhibido por la filosofía y el propósito de la Iglesia católica romana. Nunca emergió por completo una teoría social que respaldara el impulso capitalista hacia la explotación impersonal de los trabajadores. La conversión al cristianismo y la esclavitud entre los indígenas estaban en conflicto; por lo tanto, el problema vital que se presentaba a los explotadores del trabajo era cómo eludir los efectos asimiladores de la conversión al cristianismo. En las Indias occidentales, el célebre sacerdote Las Casas se conmovió por las consecuencias destructivas de la despiadada esclavitud de los indígenas y se opuso a ella por motivos religiosos. Pero el trabajo debía realizarse, y si no era de manera voluntaria, entonces debía encontrarse alguna ideología que justificara la servidumbre involuntaria. «Los indígenas eran representados como perezosos, inmundos paganos, de moral bestial, no mejores que los perros, y aptos solo para la esclavitud, estado en el cual únicamente podría haber alguna esperanza de instruirlos y convertirlos al cristianismo».[21]

La explotación capitalista de los trabajadores de color, como debe observarse, los condena a trabajos y tratos degradantes. Para justificar ese trato, los explotadores deben argumentar que los trabajadores son degradados y degenerados por naturaleza, por lo que merecen su condición. Cabe mencionar que la concepción de degradación de la clase dominante tenderá a ser la de todas las personas de la sociedad, incluso la del propio explotado; y el trabajo realizado por personas degradadas tenderá a degradar a las personas superiores que intenten hacerlo.

En 1550, finalmente, los grandes intereses capitalistas produjeron a un campeón, Ginés de Sepúlveda, brillante teólogo y debatiente, para confrontar a Las Casas en un debate abierto en Valladolid sobre el derecho de los españoles a librar guerras de conquista contra los indios. Sepúlveda sostuvo que era lícito hacer la guerra contra (esclavizar a) los indios:

1. Debido a la gravedad de sus pecados…

2. Debido a la rudeza de sus naturalezas paganas y bárbaras, que los obliga a servir a aquellos de naturalezas más elevadas, como las que poseen los españoles.

3. Para la propagación de la fe; pues su sujeción facilita y hace más persuasiva su predicación [y así sucesivamente].[22]

No es sorprendente que Sepúlveda ganara el debate. Su enfoque estaba en consonancia con las racionalizaciones explotadoras de la época. Ideó una justificación lógica para una explotación ya irrefrenable. Eso respondía a la urgente necesidad de una explicación autorizada; el mundo entero, por así decirlo, la estaba demandando. Como característica, debe observarse que no era necesario hacer ninguna explicación a los propios pueblos explotados. El sentimiento y la opinión del grupo de los pueblos explotados fueron por completo ignorados.

Sepúlveda, entonces, podría considerarse uno de los primeros grandes racistas;[23] su argumento era, en efecto, que los indios eran inferiores a los españoles, por lo que debían ser explotados. Sin embargo, el poderoso interés religioso entre los españoles limitó el establecimiento de una filosofía de abierta explotación racial. Algunos años antes, se intentó demostrar «que los indios eran incapaces de conversión», pero eso fue finalmente silenciado mediante una amenaza de llevar al defensor ante el tribunal de la Inquisición.[24] Fue necesario que pensadores posteriores, en especial de países del norte de Europa, construyeran las evidencias de que los «pueblos nativos» tienen una capacidad cultural inferior, semejante a la de los animales.[25]

En los años que siguieron, se predicarán innumerables sermones y se escribirán libros «científicos» para probar la incapacidad de los pueblos explotables para la conversión cultural, y siempre con la presunción implícita o expresada de que esta incapacidad debe ser una barrera para los movimientos hacia la asimilación cultural de dichos pueblos. El propósito último de todas las teorías de superioridad blanca no es demostrar que los blancos son, de hecho, superiores a todos los demás seres humanos, sino insistir en que los blancos deben ser superiores. Implica una relación de poder más que de estatus social. La asimilación disminuye las posibilidades de explotación.

Esa situación social no es un derivado de la idiosincrasia o maldad humana, sino una función de un tipo peculiar de orden económico que, para repetir, se ha desarrollado en Occidente entre los europeos. La explotación de los pueblos nativos, el imperialismo, no es un pecado, no es un problema moral o de vicio; es un problema de producción y de competencia por mercados.[26]

Aquí están, entonces, las relaciones raciales. Definitivamente no son relaciones de casta. Son relaciones laborales-capitalistas de propiedad; por lo tanto, las relaciones raciales son relaciones proletarias-burguesas y, por ende, relaciones políticas de clase.

Las actividades comerciales de los aventureros comerciantes de las ciudades del norte de Europa estaban mucho menos involucradas con los intereses universales de la Iglesia. Los comerciantes anglosajones y germánicos llegaron más tarde a la gran área de oportunidades capitalistas, y su propósito de hacer dinero estaba mucho más claramente definido. Aquí, también, la amarga competencia económica entre los diferentes grupos de saqueadores y comerciantes dio origen al nacionalismo, que se convertiría en una característica política de los pueblos modernos. De esta temprana guerra económica de cambiantes fortunas nacionales, Inglaterra pronto emergió como «el gran traficante de esclavos del mundo» y al frente del imperio económico más poderoso.

Puede ser útil enfatizar que las personas blancas que salieron de Europa para «civilizar» y explotar los recursos de los pueblos de color eran principalmente capitalistas, habitantes urbanos, comerciantes desde el principio. Su forma de vida era en esencia antagónica a los sistemas agrícolas feudales y prefeudales que encontraron en todas partes, por lo tanto, los pueblos de color tuvieron que ser reprimidos en aras de cumplir con el urgente propósito de los oportunistas blancos.[27] En este sentido, Max Weber afirma:

Un hombre «por naturaleza» no desea ganar más y más dinero, sino simplemente vivir como está acostumbrado a vivir y ganar lo que sea necesario para ese propósito. Dondequiera que el capitalismo moderno ha comenzado a aumentar la productividad del trabajo humano al incrementar su intensidad, ha encontrado una resistencia enormemente obstinada de este rasgo principal del trabajo pre-capitalista. Y hoy lo encuentra aún más, cuanto más atrasadas — desde un punto de vista capitalista— son las fuerzas laborales con las que tiene que lidiar.[28]

El sistema de compañías con carta real, adoptado por los países colonizadores europeos, generalmente ponía el bienestar y el destino de pueblos enteros en manos de los que buscan beneficios. Lo que E. D. Morel dice sobre la British South African Company para la explotación de Rodesia del Sur es característico del sistema:

De esta manera, los poderes de gobierno y administración, que involucraban el establecimiento de una fuerza policial, la elaboración de leyes, la recaudación de ingresos, la administración de justicia, la construcción de obras públicas, la concesión de permisos para minería y bosques, etc., en un país africano tres veces más grande que Inglaterra, finalmente fueron conferidos a una corporación, cuyo interés en ese país era obtener ganancias a su costa.[29]

Probablemente no sea necesario que volvamos a exponer la historia de la clase terrateniente en Occidente y sus problemas de explotación, ni el drama de la colonización blanca en otras partes del mundo. Sin embargo, puede ser apropiado señalar la relación del antagonismo racial con el conflicto más amplio entre la burguesía y el proletariado. Como mencionamos antes, la relación de los productores con los trabajadores blancos con frecuencia demuestra el estatus común de los trabajadores como un factor de producción, con independencia del color. En algunos de los primeros experimentos con mano de obra en las Indias occidentales, tanto los trabajadores blancos como los negros se utilizaban en los campos y su tratamiento y valor generalmente se determinaban por su productividad económica.[30] Pero es la teoría y práctica mercantilista del trabajo la que muestra de manera ingenua el impulso explotador fundamental y podemos ilustrarlo a partir de la situación en Inglaterra, la principal nación capitalista.

El mercantilismo puede considerarse como ese sistema de filosofía económica, práctica comercial y dirección de la producción cuyo propósito es asegurar ventajas para una nación en la competencia económica internacional. Es el capitalismo estatal que los capitalistas posfeudales desarrollaron.[31] El nacionalismo es la matriz emocional de ese estado de competencia económica. Aunque el mercantilismo alcanzó una especie de punto máximo en su expresión abierta a finales del siglo XVIII, su ideología esencial continúa en lo que a veces se ha denominado neo-mercantilismo. A grandes rasgos, el mercantilista temprano definió la «riqueza de la nación» a partir de los pagos monetarios que otras naciones se veían obligadas a realizar para compensar su desfavorable balanza comercial; hoy se pone más énfasis en el éxito de las industrias pesadas de una nación.

El lugar del trabajador en el sistema ha estado principalmente relacionado con la producción y ha sido considerado como un elemento de costo, es decir, como un factor necesario e importante de la producción y como un obstáculo para el emprendedor en su impulso básico de vender a precios más bajos que sus competidores. El trabajador, entonces, era indispensable, pero debía ser pagado solo lo suficiente para mantenerlo con vida y capaz de trabajar; le correspondía, en consecuencia, un salario de subsistencia.

Así, como concluye Eli F. Heckscher: «[c]on excepciones insignificantes, todas las fijaciones oficiales de salarios… prescribían salarios máximos. De cada diez interferencias con la relación entre empleadores y empleados, al menos nueve eran en interés de los empleadores».[32] Y, dice Rees, «[e]l desiderátum era una población tan grande como fuera posible, lo más ocupada posible y viviendo lo más cerca posible del margen de subsistencia».[33]

Pero se suponía que los bajos salarios tenían otros valores además de limitar el costo de producción. Tendían a mantener al trabajador en un estado constante de necesidad, lo cual lo forzaba al trabajo. En ese sentido, la caracterización que los mercantilistas hacían de los trabajadores ingleses es muy similar a la que continuamente se dirigía a los trabajadores de color y a los pueblos nativos.

Un hombre no trabajará siete días a la semana si puede vivir con lo que gana en uno; por lo tanto, si el empleador precisa de un suministro suficiente de mano de obra, el salario diario no debe ser más que lo que el trabajador necesita gastar ese mismo día. Edgar S. Furniss llama a esto «la doctrina de la utilidad de la pobreza».

Según Arthur Young, escribiendo en 1770, «[los altos ingresos] tienen un fuerte efecto en todos los que siguen mínimamente inclinados a la ociosidad u otros malos hábitos, al hacer que trabajen sólo cuatro o cinco días para mantenerse durante los siete; esto es un hecho tan bien conocido en todas las ciudades manufactureras que sería inútil pensar en demostrarlo mediante argumentos».[34]

Se encontraba riqueza en la pobreza y el estado de necesidad de las masas: «en una nación libre donde no se permite la esclavitud, la riqueza más segura consiste en una multitud de pobres laboriosos».[35]

Sin embargo, si los bajos salarios no producían los resultados deseados, se consideraba que la ley debía obligar a los trabajadores desocupados a buscar empleo. Como sugirió un escritor en una serie de preguntas:

Si la industria humana es la fuente de la riqueza, ¿no se sigue de ello que la ociosidad debería ser, por encima de todo, desalentada en un Estado sabio? ¿No sería la servidumbre temporal el mejor remedio contra la ociosidad y la mendicidad? ¿No tiene el público el derecho de emplear a aquellos que no pueden o no quieren encontrar empleo por sí mismos? ¿No podrían ser apresados los mendigos fuertes y convertidos en esclavos del público por un cierto número de años?[36]

Ciertamente, ningún productor se expresaría hoy en día en Inglaterra con tanta franqueza, pero esa actitud y práctica de trabajo forzoso sigue siendo común entre los europeos en su trato con los pueblos nativos. Las leyes contra la vagancia todavía están expuestas en los tribunales y ayuntamientos de los estados del sur de los Estados Unidos. La técnica de «llevar cuentas» y hacer adelantos en mercancía a los trabajadores también tiende a asegurar el suministro de mano de obra para el hacendado.

Además, el mercantilista temía la posibilidad de que el trabajador saliera de su lugar. Se consideraba que debía haber alguna clase de personas de la que se pudiera depender para realizar el trabajo común y que el estatus de esa clase de trabajadores comunes debía mantenerse de forma permanente. Fue cierta tendencia de la clase trabajadora a ser independiente lo que provocó reacciones similares al antagonismo racial. Dice William Temple en 1770: «[n]uestra población manufacturera ha adoptado la noción de que, como ingleses, disfrutan por derecho de nacimiento del privilegio de ser más libres e independientes que cualquier país de Europa… Cuanto menos tengan de eso los pobres manufactureros, mejor para ellos y para el estado. La gente trabajadora nunca debería pensar en sí misma como independiente de sus superiores, porque si no se mantiene una subordinación adecuada, el desorden y la confusión ocuparán el lugar de la sobriedad y el buen orden».[37] Esta es, cabe interponer, precisamente la idea del «lugar del negro» en los Estados Unidos.

Sin duda, la amenaza más persistente para la paz y el buen orden de las clases era el auge de la educación popular. Pues, como dijo Mandeville en 1723: «Para que la sociedad sea feliz y la gente esté tranquila incluso en las circunstancias más humildes, es necesario que un gran número de ellos sea ignorante además de pobre».[38]

Por lo tanto,

se convirtió en un asunto inmediato de la clase dominante obstruir, o al menos dirigir, la educación del pueblo llano. Si los trabajadores debían ser educados, debían recibir educación vocacional e industrial; debían ser reconducidos a su deber natural y no apartados de él, ya que «pocos hay que una vez hayan aprendido a leer y escribir, que no piensen ellos o sus padres que están destinados a un ascenso y, por ello, desprecien todos los trabajos manuales».[39]

Y Thomas Ruggles hizo la declaración típica: «Debe haber en la sociedad quienes corten leña y acarren agua. Si todos son buenos escribientes, ¿quiénes serán los que vivan contentos con una vida de esfuerzo?»[40] Así, la formación que se promovía para los niños de los asilos, los hijos de los pobres, tenía por objetivo mantenerlos en el nivel ocupacional de sus padres, y las actividades intelectuales quedaban excluidas.[41] El profesor Furniss describe la posición de los trabajadores blancos del siglo XVIII en Inglaterra como clase, lo que constituye casi una descripción de la situación de los pueblos de color en ciertos contextos raciales modernos:

Los defensores de los asilos de pobres, en ambas formas, concebían a la población trabajadora como una clase unida al cuerpo social por lazos de deber y que, a partir de su conexión con la nación, obtenía ciertos derechos. El hecho de que la población trabajadora fuera considerada y tratada como tal demuestra que los conceptos individualistas de la sociedad no la abarcaban. Como clase, debían ser protegidos por el gobierno; como clase, coaccionados, disciplinados y castigados, cuando el patrocinio no lograba la respuesta esperada. Se habló mucho de sus deberes y su posición social, poco o nada de sus oportunidades de ascenso social; fueron pocas las propuestas para que dependieran de sus propios recursos como individuos; muchas las que abogaban por una acción gubernamental integral para controlar su conducta colectiva.[42]

El pueblo llano blanco, tras su lucha continua en el camino hacia la democracia, ha conquistado más o menos el derecho a ser educado gratuitamente. Pero los pueblos de color, como en Sudáfrica y en el sur de los Estados Unidos, siguen sufriendo las crudas presiones de la explotación. El argumento continúa siendo que al negro se le debe enseñar «trabajo, no aprendizaje». Se conoce bien la resistencia desesperada a ofrecer a los negros una oportunidad educativa igualitaria. Es necesario, por así decirlo, que sus potencialidades para aprender permanezcan ocultas lo más posible.

A veces, en estudios sobre la educación en el Sur, el atraso del sistema se atribuye a la pobreza económica de la región. Sin embargo, esa no parece ser la razón principal. El Sur no desea que sus blancos pobres ni sus negros se eduquen más allá de «esas tareas serviles para las que nacieron». Si, por ejemplo, un genio de alguna lámpara apareciera ante los gobernadores, senadores y banqueros del Sur y les entregara un pequeño montículo de ladrillos de oro para fines educativos, probablemente comenzarían a discutir qué efecto podría tener sobre la estabilidad del orden social; pero si el genio interrumpiera con la condición de que cada vez que se tomara un ladrillo de oro para la educación de un niño blanco se tomara también uno para la de un niño negro, es probable que el consejo respondiera sin dudar: «Recoge tus ladrillos lo más rápido que puedas y vete al infierno». Hoy resulta casi tan fácil obtener fondos federales para la educación en el Sur, pero la escasa ilusión general y las posibles participaciones igualitarias de los negros conducen al rechazo de la ayuda.

Fue sobre ese principio de educación vocacional e industrial — enseñar a los trabajadores negros a trabajar— que Booker T. Washington se sintió seguro de sí mismo. Sabía que, en ese terreno, la clase dominante debía escucharlo; de hecho, lo aceptaron como líder de los negros y siguieron de cerca el programa de la escuela que estableció. Por elevados que pudieran ser sus motivos, enunciaba uno de los fines más profundos de los explotadores de mano de obra — especialmente de la mano de obra negra— cuando, al exponer una filosofía laboral esencialmente mercantilista, declaró: «[p]rosperaremos en la medida en que aprendamos a dignificar y glorificar el trabajo común y pongamos ingenio y habilidad en las ocupaciones corrientes de la vida… Ninguna raza puede prosperar hasta que aprenda que hay tanta dignidad en labrar un campo como en escribir un poema». Y, dirigiéndose a la clase explotadora blanca, afirmó: «[u]stedes están en deuda con el hombre negro por suministrarles una mano de obra casi ajena a las huelgas, cierres patronales y guerras laborales; mano de obra que respeta la ley, pacífica, dispuesta a aprender… mano de obra que nunca ha sido tentada a seguir la peligrosa bandera roja de la anarquía, sino la segura bandera de su país y el inmaculado estandarte de la Cruz».[43]

Así, la clase dominante blanca tendía a estar de acuerdo con Washington cuando abogaba por la dignidad en el trabajo común — la realización de ocupaciones manuales de manera eficiente y digna—; es decir, en esencia, la realización de trabajos serviles de manera conforme. Esta misma clase lo habría hecho caer de rodillas si él hubiera defendido la educación superior basándose en su mayor productividad y en la dignidad que inevitablemente conlleva. Una educación superior tiende a hacer al individuo superior, porque lo coloca en posición de aceptar ocupaciones que la sociedad ha definido como superiores; mientras que no hay garantía de que el trabajador común y eficiente pueda atribuirse una dignidad artificial que el propio sistema social generalmente no reconoce. Una de las razones por las que, de hecho, hay poca dignidad en el trabajo manual es que el propio trabajador, por lo general, no es digno.[44] Dignificar a una persona es refinarla y educarla mucho más allá de la capacitación necesaria para el desempeño exitoso de una habilidad manual y cuando eso ocurre en una sociedad capitalista, el trabajo manual suele perder a esa persona.

Esto, por supuesto, no es una crítica a Washington; puede ser, de hecho, un elogio a su intuición al captar la base de las relaciones raciales; no se abjura de su reconocida contribución al avance de los negros entre los trabajadores calificados. Sin embargo, mientras Washington aceptara la moralidad del capitalismo, tenía que concebir el poder laboral de las personas de color de esa manera. «Washington fue en algunos aspectos un líder de la opinión blanca más que de la opinión negra»[45] y la «opinión blanca» estaba inevitablemente en contra de los mejores intereses de los negros, como lo sigue estando hasta el día de hoy. Hay muchas personas blancas sureñas sinceras que creen que el éxito de los negros depende de que adopten la filosofía industrial de los workhouses ingleses del siglo XVIII.

Aunque tanto las relaciones raciales como la lucha del proletariado blanco contra la burguesía son partes de un mismo fenómeno social,

las relaciones raciales implican una variación significativa. En el caso de las relaciones raciales, la tendencia de la burguesía es proletarizar a un pueblo entero — es decir, se considera a todo el pueblo como una clase— mientras que la proletarización blanca involucra solo a una parte de la población blanca. El concepto de «burguesía» y «pueblo blanco» a veces parecen significar lo mismo, ya que, con respecto a los pueblos de color en el mundo, casi siempre ha sido a través de una burguesía blanca que se ha introducido el capitalismo.

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Los primeros colonos capitalistas entre los pueblos de color estaban dispuestos a considerar a los de color y sus recursos naturales como factores de producción para ser manejados impersonalmente con el «capital blanco» en favor de las ganancias. Es esa necesidad de impersonalizar a pueblos enteros lo que introduce en la lucha de clases los factores complejos conocidos como problemas raciales.

Si los propios pueblos de color logran desarrollar una burguesía significativa, como entre los japoneses y los indios orientales, las relaciones raciales se complican aún más con el surgimiento de un nacionalismo consciente. Como intentaremos mostrar en un capítulo posterior, las situaciones de relaciones raciales pueden distinguirse según la conveniencia explotadora de la burguesía blanca.

El progreso del antagonismo racial

Tal es la naturaleza del antagonismo racial: desarrollado en Europa, se ha extendido a todas partes del mundo. En términos casi fatídicos, el célebre poema de Kipling escrito en 1899 describe un conflicto desesperado, «la carga del hombre blanco», una obligación similar que, por cierto, nunca ha sido asumida por ninguna otra raza en toda la historia del mundo:

Asume la carga del Hombre blanco—

Envía a los mejores que engendres—

Ata a tus hijos al exilio

Para servir a tus cautivos;

Para esperar con pesado arnés,

Sobre pueblos inquietos y salvajes—

Tus nuevos pueblos capturados y hoscos,

Mitad demonios y mitad niños.[46]

Los europeos han derrocado casi por completo el sistema social de todos los pueblos de color con los que han tenido contacto. El dinamismo y la eficiencia de la cultura capitalista han sido el acicate del proceso. La estabilidad del color y la inercia de la cultura, junto con el control efectivo sobre las armas de fuego, hicieron posible que los blancos lograran una posición más o menos separada y dominante incluso en la tierra natal de los pueblos de color. «La concepción del hombre blanco de sí mismo, como la del aristócrata de la tierra, surgió gradualmente a través del descubrimiento, tan sorprendente para él como para cualquier otro, de que tenía tales armas y tan lograda organización que toda oposición a su ambición se tornaba fútil».[47]

Debe quedar claro que no queremos decir que la raza blanca sea la única capaz de prejuicios raciales. Es probable que, sin el capitalismo, un fenómeno cultural que ocurrió entre los blancos, el mundo nunca hubiera experimentado el prejuicio racial. De hecho, deberíamos esperar que, bajo otra forma de organización económica, como el socialismo, la relación entre los blancos y los pueblos de color se modificara significativamente.[48]

La depreciación del color del hombre blanco como un don social va de la mano con la occidentalización de los pueblos de color conquistados. Los hindúes, por ejemplo, tienen hoy el mismo color que en 1750, pero ahora el hombre blanco ya no les parece el mago cultural de antaño. Su secreto de dominación ha sido expuesto y los hindúes ahora son capaces de distinguir entre su piel blanca y ese secreto. Por lo tanto, ahora solo le queda su nacionalismo y su poder superior, porque si sacara un conejo cultural de su sombrero, algún hindú rápidamente sacaría otro, que incluso podría superar al primero. Krishnalal Shridharani lo expresa así: «[el sajón] ha estado acostumbrado a considerarse un ser supremo durante siglos. Ahora se enfrenta a un mundo que se niega a reconocerlo como tal. Con todos sus valores civilizados, tendrá que asumir el papel de tirano militar».[49] No se asume, entonces, que el prejuicio racial sea una herencia biológica de la raza blanca.

Pero no debemos perder de vista el hecho de que los blancos adelantaron esa actitud.[50] Desde que la creencia en la superioridad blanca — es decir, el nacionalismo blanco— comenzó a extenderse por el mundo, ningún pueblo de color ha podido desarrollar prejuicios raciales con independencia de los blancos. Sin embargo, puede ser que los japoneses hayan alcanzado ya ese nivel de desarrollo industrial, ambición nacionalista y poder militar suficiente para cuestionar su asignación a una categoría racial inferior; ninguna otra raza de color se ha atrevido jamás a hacer esto.[51] De hecho, desde 1905 los japoneses saben cómo se siente vencer al hombre blanco y hacer que le guste. Además, los japoneses tienen ya la madurez cultural para creer en su propia superioridad amarilla. Pero el problema que ahora enfrentan no es similar al que tuvieron los europeos cuando comenzaron a asumir la carga de explotar a los pueblos de color del mundo. Los oportunistas blancos entonces no encontraron ninguna raza capaz de comprender su superioridad cultural y su poder. Hoy, sin embargo, los japoneses no solo están bloqueados en todos los frentes por blancos poderosamente atrincherados, sino también limitados en su posible área de dominio.

Una cuestión aún más crucial es si este mundo es lo suficientemente grande para acomodar a más de una raza superior. Dejando de lado la aparente falta de lógica del superlativo, debemos tener en cuenta que el prejuicio de color es más que etnocentrismo; el prejuicio racial debe estar respaldado por una demostración de excelencia racial, asegurada por la fuerza militar.[52] Ninguna raza puede desarrollar el prejuicio de color solo por obra del deseo. Sería ridículo que los chinos dijeran que tienen prejuicios contra los blancos cuando los europeos segregan a los chinos incluso dentro de China.[53]

Por supuesto, no se deben confundir las actitudes raciales reaccionarias con los motores principales del cambio. Basta imaginar una situación que se desarrolle en Asia en la que los blancos lleguen a reconocerse a sí mismos como inferiores, digamos, a los japoneses — en la que los blancos lleguen a considerar a los japoneses como una raza superior en el mismo sentido en que se ha considerado a los europeos—, para darse cuenta de la tremenda revolución que tendría que ocurrir en el sentimiento nacionalista y en las relaciones de poder. Eso implicaría un intercambio en la posición explotadora de las razas, que no podría establecerse por completo hasta que los pueblos amarillos y morenos realmente sometieran a los europeos en sus propias tierras y allí, en Europa, dirigieran la economía en interés de los grandes capitalistas que viven en Oriente. Josef W. Hall (Upton Close) describe la naturaleza de la superioridad blanca en Oriente:

El hombre blanco caminaba como un dios, por encima de la ley… seguro en la explotación. En sus «ciudades sagradas» había parques a los que ningún nativo podía entrar. Sus clubes excluían al nativo, por más noble o bien educado que fuera. Su persona era sagrada… Podía pasar entre ejércitos contendientes, llevando cualquier información que deseara. Podía proteger a cualquier criminal político nativo y ayudar en cualquier conspiración, y aun así permanecer inviolable. Podía esforzarse a voluntad para derribar las costumbres, religiones e industrias nativas, y aun así ser protegido conforme a los estipulados en los tratados.[54]

Además, resulta aún más difícil concebir que una raza pueda volverse superior en Oriente sin serlo también en Occidente.

Otra consideración fundamental señala las dificultades insuperables para que cualquier otra raza aspire a duplicar el historial racial de los europeos o a dominarlos. Hoy en día, la comunicación está tan avanzada que ningún pueblo de color, por ingenioso que sea, podría establecer una distancia cultural entre ellos y los blancos comparable a la que lograron los europeos durante la revolución comercial e industrial, con un aislamiento práctico respecto a los pueblos de color del mundo.

Y tal relación es crucial para el desarrollo de esa compleja creencia en la superioridad biológica y el consecuente prejuicio de color que los europeos han podido alcanzar. Por lo tanto, debemos concluir que el prejuicio racial[55] no solo es un rasgo cultural desarrollado entre los europeos, sino también que ninguna otra raza podría en verdad duplicarlo. Como el descubrimiento del mundo, parece evidente que ese logro racial solo pudo ocurrir una vez.

El prejuicio de color de los blancos tiene otras potencialidades; funciona como un regulador de prejuicios raciales menores. Siempre que hay dos o más razas en la misma situación racial con los blancos, estos influirán de forma implícita o explícita en la relación entre esas razas subordinadas. En otras palabras, toda la atmósfera racial tiende a ser determinada por la raza superior. Esa es una consideración de máxima importancia para entender las relaciones raciales. En la más o menos tácita aceptación de la superioridad blanca y en la competencia entre las razas subordinadas por el favor de los blancos, se establecen las condiciones para la canalización.

La raza hacia la cual los blancos son menos prejuiciosos tiende a convertirse en la segunda en rango, mientras que la raza que más desprecian estará, por lo común, en el fondo. Así, de forma más o menos directa, la raza superior controla el patrón de todos los prejuicios raciales dependientes.[56]

Sin embargo, los blancos no son del todo libres en el ejercicio de su prejuicio. El avance cultural real o el poder nacional de las razas subordinadas puede no estar exento de algún efecto recíproco en el ajuste final de las razas. Refiriéndose a la situación sudafricana, P. S. Joshi señala: «[l]os blancos consideran a todos los no blancos como inferiores a ellos. Los nativos son los “intocables” de su país. Los asiáticos ocupan un rango inferior al de los blancos y reclaman estar por encima de los de color o nativos. Esa fobia de castas es una derivación de la barrera de color».[57]

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Los europeos han mezclado su sangre con la de casi todos los pueblos de color en el mundo. Sin embargo, en ninguna situación en la que los blancos se han mezclado con las razas de color han aceptado a los mestizos sin que medie algún grado de discriminación.[58] La tendencia ha sido aceptar a los mestizos según la claridad de su color, a pesar de las leyes interraciales que proscriben a todas las personas con sangre de color. Los códigos anti-color limitan la aceptabilidad.

El prejuicio de casta es un aspecto del prejuicio cultural; mientras que el prejuicio racial — a diferencia del prejuicio cultural— es un prejuicio basado en el color y la complexión física. Este último es un prejuicio marcado por la visibilidad, la distinguibilidad física; sin embargo, no es causado por diferencias físicas.

Podemos repetir que las definiciones antropométricas precisas de raza no son de importancia crucial.[59] Las actitudes raciales se basan en criterios simples y obvios, y los hallazgos de la antropometría, ya sean genuinos o falsos, sirven como base para su racionalización. El prejuicio de color, como fenómeno psicológico, es una emoción compleja, manifestada por una actitud positiva de distancia y una reacción; es, en particular, una actitud insistente de superioridad y dominio blancos y una reacción de acomodación por parte de las personas de color. Es un rasgo cultural de la sociedad occidental que tomó forma durante la era de las exploraciones.

Para lograr una comprensión sencilla del concepto, puede ser útil observar el problema desde el punto de vista del factor iniciador de la relación, es decir, el factor blanco . Como se afirmó antes, en el contacto entre grupos de color, los blancos han establecido el escenario para el patrón que asumirá el ajuste racial. Este varía según sus necesidades y aspiraciones, mientras que los grupos de color intentan enfrentarse al agresor en los terrenos que les parecen más favorables. Por lo tanto,

una comprensión de las relaciones raciales modernas solo se logrará si miramos la situación desde el punto de vista de los deseos y métodos de los europeos en su trato con los pueblos de color.

La hipótesis de la casta en las relaciones raciales difícilmente nos ayudará a entender por qué las clases dominantes blancas en las Indias occidentales sostienen con la lógica más estricta que el contacto entre indios orientales y negros allí es socialmente ventajoso, mientras que en Kenia defienden con igual energía que el contacto entre indios y negros es socialmente insalubre.[60] Tampoco nos daría ninguna pista sobre la razón de la notable ausencia de prejuicio racial entre los portugueses en Brasil, en comparación con su escrupulosidad respecto al color en Hawái. No tendríamos ninguna clave para entender las formas irreconciliables de los holandeses: sus actitudes en contra de las personas de color en Sudáfrica frente a su relativa liberalidad en Java.

Lo que haga el grupo dominante blanco dependerá de la naturaleza de la situación de color, a saber, la situación explotadora.

Los australianos son demasiado conscientes de la blancura como para permitir la inmigración de italianos de «piel oliva»;[61] y recientemente los estadounidenses blancos que arriesgaron mucho para introducir africanos en los Estados Unidos y que mezclaron su sangre con ellos, se han vuelto demasiado conscientes de la blancura para permitir que los europeos del sur y levantinos inmigraran a los Estados Unidos. En el siguiente capítulo discutiremos algunas situaciones raciales típicas.

Notas:

[1] Ver Hannah Arendt, «Race-Thinking Before Racism», The Review of Politics, vol. 6, January 1944, pp. 36–73; y Fredrick G. Detweiler, «The Rise of Modern Race Antagonisms», The American Journal of Sociology, vol. 37, March 1932, pp. 738–47.

[2] Consideremos, por ejemplo, la siguiente declaración del profesor Robert E. Park: «Este [prejuicio contra los japoneses] se debe a la existencia en la mente humana de un mecanismo mediante el cual inevitable y automáticamente clasificamos a cada ser humano que encontramos. Cuando una raza posee una marca externa por la cual cada uno de sus miembros puede ser identificado, esa raza queda, por ese hecho, separada y segregada. Los japoneses, chinos y negros no pueden moverse entre nosotros con la misma libertad que los miembros de otras razas porque llevan marcas que los identifican como miembros de su raza. Ese hecho los aísla… El aislamiento es a la vez causa y efecto del prejuicio racial. Es un círculo vicioso: aislamiento, prejuicio; prejuicio, aislamiento.» En Jesse F. Steiner, The Japanese Invasion, p. XVI. Sin embargo, dado que podemos asumir que todas las razas «llevan marcas que las identifican como miembros de su raza», debe concluirse, según Park, que cierta capacidad humana para clasificar hace imposible que las razas se reúnan sin antagonismo y prejuicio racial. Intentaremos demostrar que esa hipótesis instintiva es demasiado simple.

[3] Cf. Ina Corine Brown, National Survey of the Higher Education of Negroes, U. S. Office of Education, Misc.núm. 6, vol. I, pp. 4–8.

[4] El profesor G. A. Borgese hace una observación pertinente a este comentario: «La mente de habla inglesa no está del todo consciente de la gravedad de este asunto. A diferencia de sus primos y enemigos alemanes, las razas anglosajonas no se esforzaron por convertirse en la raza dominante o Herrenvolk que ejerce control sobre el mundo y la humanidad… Sin embargo, a diferencia de sus primos y rivales alemanes, han logrado ser un Herrenvolk, una raza de amos». En «Europe Wants Freedom from Shame», Life, 12 de marzo de 1945, pp. 41 y 42 (cursivas de Borgese). «Los alemanes necesitaban todos los desvaríos de Hitler y las dosis diarias de la máquina de propaganda de Goebbels para convencerlos de que eran mejores que los demás. Los ingleses simplemente lo dan por sentado y rara vez pierden una sílaba discutiéndolo». Véase John Scott, Europe in Revolution, p. 216.

[5] Al describir la composición del ejército de Alejandro que invadió la India, E. R. Bevar dice: «… mezclados con los europeos estaban hombres de muchas naciones. Aquí estaban tropas de jinetes, representando a la caballería de Irán, que había seguido a Alejandro desde Bactria y más allá, pashtunes y hombres del Hindu Kush con sus caballos criados en las montañas, asiáticos centrales que cabalgan y disparan al mismo tiempo; y entre los seguidores del campamento se podían encontrar grupos que representaban las civilizaciones más antiguas del mundo, fenicios que heredaban una tradición inmemorial de navegación y comercio, egipcios bronceados capaces de anteponer a los indios una antigüedad aún más larga que la de ellos». The Cambridge History of India, vol. I, p. 351.

[6] Los metecos quizás se entiendan mejor como un grupo multinacional. Al respecto, Gustave Glotz, refiriéndose a los metecos de diversos orígenes nacionales, concluye: «… se formó en Grecia en los siglos V y VI una especie de nación internacional que se estaba preparando, principalmente por intereses económicos, pero también en el ámbito de las ideas y en el mismo marco de la sociedad, para el cosmopolitismo del período helenístico». Ancient Greece at Work, p. 191.

[7] Debe señalarse que los portugueses se sentían superiores porque eran cristianos, no porque fueran blancos. En un discurso a sus hombres justo antes de atacar una comunidad desprevenida de la costa occidental, el capitán de una carabela declaró: «… aunque sean más numerosos que nosotros por un tercio, son solo moros, y nosotros somos cristianos, uno de los cuales debería bastar para dos de ellos. Porque Dios es quien tiene el poder de la victoria, y Él conoce nuestras buenas intenciones en su santo servicio». Azurara, The Discovery and Conquest of Guinea, p. 138.

[8] Op. cit., p. 29. Ver también: C. Raymond Beazley, Prince Henry the Navigator.

[9] Op. cit., p. 51.

[10] Ibid., p. 53.

[11] Op. cit., p. 84.

[12] «Hablando de las actividades de los portugueses en Goa, India, poco después de 1498, L. S. S. O’Malley dice: “Los territorios portugueses estaban destinados a ser puestos avanzados de su imperio y su religión… La colonización no se llevó a cabo tanto por inmigración como por matrimonio con mujeres indias. No existía una barrera de color, y los hijos de matrimonios mixtos no estaban bajo ningún estigma de inferioridad… La proselitización comenzó poco después de la captura de Goa… Al mismo tiempo, la difusión del cristianismo fue asistida por un llamamiento a los intereses materiales. Se les iba a proporcionar a los conversos cargos en la aduana, eximiéndolos de la impresión en la marina, y serían sostenidos mediante la distribución de arroz”». Modern India and the West, pp. 44 y 45.

[13] Azurara, op. cit., p. 80.

[14] Aunque Colón participó en la esclavización de los indios de las Indias occidentales, que pronto llevó a su exterminio, su primera impresión de ellos es bien conocida: «Son un pueblo amoroso y no codicioso, tan dócil en todas las cosas que os aseguro, vuestra Alteza, que en todo el mundo no hay un pueblo ni un país mejores; se aman entre sí como a sí mismos, y tienen la manera de hablar más dulce y suave del mundo, siempre con una sonrisa». Y nuevamente, «[c]omo nos mostraron tanta amistad y como reconocí que eran personas que se someterían mejor a la fe cristiana y se convertirían más por amor que por la fuerza, les di algunos botones de colores y algunas cuentas de vidrio… y [se] apegaron tanto a nosotros que fue una maravilla verlo». Véase Francis A. MacNutt, Bartholomew De Las Casas, pp. 18 y 19.

[15] Race, A Study of Modern Superstition, pp. 11, 28.

[16] Ya en 1455, el papa Nicolás V había concedido a los portugueses el derecho exclusivo sobre sus descubrimientos en la costa africana, pero el propósito comercial en ese caso todavía estaba muy ligado al espíritu de las cruzadas.

[17] En una discusión sobre los argumentos en torno a la esclavitud durante la Convención Constitucional, Charles A. Beard observa: «Carolina del Sur estaba particularmente decidida y dio a entender a los representantes del norte que, si deseaban asegurar sus privilegios comerciales, debían hacer concesiones respecto al comercio de esclavos. Y fueron correspondidos a mitad de camino. Ellsworth dijo: “Como los esclavos se multiplican tan rápidamente en Virginia y Maryland que es más barato criarlos que importarlos, mientras que en los pantanos insalubres del arroz son necesarias las provisiones extranjeras, si no vamos más allá de lo que se propone, seremos injustos con Carolina del Sur y Georgia. No nos entrometamos. A medida que aumente la población, los trabajadores pobres serán tan abundantes que los esclavos dejarán de ser útiles”».An Economic Interpretation of the Constitution,, p. 177. Cita de Max Farrand, Records, vol. II, p. 371.

[18] Francis Augustus MacNutt describe la relación en La Española: «Colón impuso un tributo a toda la población de la isla que requería que cada indígena mayor de catorce años que viviera en las provincias mineras debía pagar una pequeña campana llena de oro cada tres meses; los nativos de todas las demás provincias debían pagar una arroba de algodón. Estas cantidades eran tan excesivas que en 1496 se consideró necesario cambiar la naturaleza de los pagos, y el oro y el algodón requeridos de las aldeas se sustituyó por trabajo, exigiéndose a los indígenas que trazaran y trabajaran las plantaciones de los colonos en su vecindad». Bartholomew De Las Casas, p. 25.

[19] Quoted by E. D. Morel, The Black Man’s Burden, p. 30.

[20] En nuestra descripción de los usos del prejuicio racial en este ensayo, es posible que demos la impresión de que el prejuicio racial fue siempre «fabricado» con plena conciencia por individuos o grupos de empresarios. Sin embargo, este no es del todo el caso. El prejuicio racial, desde su origen, se convirtió en parte del legado social y, como tal, tanto explotadores como explotados, en su mayoría, nacen herederos de él. Es posible que la mayoría de quienes propagan y defienden el prejuicio racial no sean conscientes de su motivación fundamental. Parafraseando a Adam Smith: quienes enseñan y financian el prejuicio racial no son, en absoluto, tan necios como la mayoría de quienes lo creen y lo practican.

[21] Francis Augustus MacNutt, op. cit., p. 83. Debe tenerse en cuenta que ese movimiento colonial no fue una transferencia de la economía feudal señorial a América. Fue el comienzo de una empresa económica por completo diferente: el amanecer del capitalismo colonial, el traslado del capital «blanco» a las tierras de los pueblos de color, quienes debían ser explotados de manera insensible y con cualquier grado de crueldad en interés de las ganancias.

[22] MacNutt, op. cit., p. 288.

[23] Entre los escritores españoles de la época — alrededor de 1535 en adelante— que estaban en completo acuerdo con los drásticos métodos de explotación humana en el Nuevo Mundo se encontraba Gonzalo Fernández de Oviedo, cuyos prolíficos trabajos han sido recopilados en el comentario Historia General y Natural de las Indias (4 volúmenes). Era la opinión de Oviedo, incluso después de haber visitado América en una comisión real, que los indios no estaban muy lejos del estado de los animales salvajes, y que se requerían medidas coercitivas para someterlos y hacerlos útiles para la explotación española. Su punto de vista reflejaba la mentalidad predominante de la época, que veía a los pueblos indígenas como no completamente humanos o civilizados; justificaba así su subyugación y maltrato.

[24] MacNutt, op. cit., pp. 94 y 95.

[25] Los animales de carga no tienen derechos que los seres humanos estén obligados a respetar; pueden ser explotados a voluntad. Esta conveniencia es un requisito en la explotación capitalista del trabajo, con independencia del color del trabajador. Sin embargo, el hecho de la diferencia en color y cultura ofrece a los explotadores de los trabajadores de color un medio valioso para asegurar su deshumanización ante los ojos de cierto público, es decir, el público de la clase explotadora. Cuando se ha desarrollado una filosofía lo suficientemente coherente para la deshumanización de los pueblos explotados, la clase dominante está lista para hacer su gran declaración, a veces implícita, y actuar de acuerdo con ella: «Los pueblos de color no tienen derechos que la raza dominante esté obligada a respetar». La clase explotadora tiene una inversión económica en esta convicción y la defenderá con el mismo vigor con que defendería un ataque a la propiedad privada en tierras y capital.

[26] Por supuesto, no debería inquietarnos mucho el hecho de que, aunque nunca tuvimos la necesidad ni siquiera el pensamiento de explotar a los pueblos de color, sin embargo, una amargura casi irresistible parece surgir cuando nos encontramos en ciertas situaciones sociales con personas de color. Es precisamente esta reacción la que la propaganda racial despectiva busca provocar y, sabiendo que incluso la naturaleza humana es un producto social, sería sorprendente que las personas no odiaran al grupo que la clase dominante les convence que deben odiar. Además, naturalmente tendemos a no gustar de las personas que están degradadas o brutalizadas. Una persona degradada es una persona despreciable que debe ser despreciada y mantenida a distancia, a pesar de los Evangelios cristianos. Conclusiones tan ambivalentes como la siguiente del Dr. Louis Wirth pueden ser engañosas: «Las diferencias étnicas, lingüísticas y religiosas continuarán dividiendo a las personas, y los prejuicios que las acompañan no pueden ser eliminados de repente por decreto. Pero, mientras que los prejuicios y antipatías personales probablemente solo cederán ante el tedioso proceso de educación y asimilación, los programas y políticas colectivas pueden alterarse bastante antes del tiempo en que cuenten con el consentimiento unánime del grupo. La ley y la política pública pueden hacer mucho para minimizar los efectos adversos incluso de los prejuicios personales». En Ralph Linton, ed., The Science of Man in the World Crisis, p. 368.

[27] Leonard Woolf hace una observación pertinente sobre este punto: «[l]os fabricantes y comerciantes precursores del imperialismo en las colinas y llanuras de Asia y los bosques de África fueron allí con objetivos económicos definidos: querían vender algodón o calicó, obtener estaño o hierro o caucho o té o café. Sin embargo, para hacer eso bajo el sistema económico complicado de la Civilización occidental, era necesario que todo el sistema económico de los pueblos asiáticos y africanos se ajustara y asimilara con el de Europa… En el proceso, las vidas de los pueblos sometidos han sido revolucionadas y las bases de su propia civilización a menudo destruidas… Algo así, en esa escala, nunca había ocurrido antes en el mundo». Imperialism and Civilization, pp. 48 y 49. Véase también James Mill, The History of British India, vol. I, pp. 22 y 23, para una interesante descripción de un tabú contra el empleo de «caballeros» por los primeros «aventureros» del comercio con la India en el siglo XVII; también Henry The Dawn of British Trade to the East Indies, as Recorded in the Court Minutes of the East India Company 1599–1603, p. 28.

[28] Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism, p. 60. En cuanto a Inglaterra, Paul Mantoux escribe sobre la proletarización del trabajo: «[u]na vez resuelto el problema del capital y de las instalaciones, surgió el del trabajo. ¿Cómo reclutarlo y gobernarlo? Los hombres acostumbrados a trabajar en casa generalmente no se sentían inclinados a ir a la fábrica. En los primeros días, el trabajo en las fábricas consistía en los elementos más desordenados… Todos esos hombres no calificados, no acostumbrados al trabajo colectivo, tuvieron que ser enseñados, entrenados y, sobre todo, disciplinados por el fabricante. Tuvo que ser convertido, por decirlo de alguna manera, en una máquina humana, tan regular en su trabajo, tan precisa en sus movimientos y tan combinada para un solo propósito como la maquinaria de madera y metal de la que se hicieron accesorios. Las reglas rígidas reemplazaron la libertad del pequeño taller. El trabajo comenzaba, las comidas se tomaban y el trabajo terminaba a horas fijas, notificadas por el sonido de una campana… Todos tenían que trabajar de manera constante… bajo la mirada vigilante de un capataz, que aseguraba la obediencia mediante multas o despidos, y a veces con formas más brutales de coacción». The Industrial Revolution in the Eighteenth Century, p. 384. Véase también J. L. y Barbara Hammond, The Town Labourer, 1760–1832, cap. II.

[29] Op. cit., p. 36.

[30] Ver Frank Wesley Pitman, Development of the British West Indies, 1700–1763, p. 45; Eric Williams, Capitalism and Slavery, pp. 3–29; y Lowell Joseph Ragatz, The Fall of the Planter Class.

[31] Gustav Schmoller ofrece una definición significativa: «… en su núcleo más íntimo [el mercantilismo] no es más que la creación del estado — no la creación del estado en un sentido estrecho, sino la creación del estado y de la economía nacional al mismo tiempo—; la creación del estado en el sentido moderno, que crea de la comunidad política una comunidad económica, y así le da un significado elevado. La esencia del sistema no radica en alguna doctrina del dinero o el balance comercial, sino en algo mucho más grande: en la transformación total de la sociedad y su organización, así como del estado y sus instituciones, en el reemplazo de una política económica local [de la ciudad] y territorial por la del estado nacional». The Mercantile System, pp. 50 y 51. Cf. Industrial Evolution de Carl Bucher, p. 136.

[32] Mercantilism, vol. II, p. 167.

[33] J. F. Rees, en «Mercantilism and the Colonies», Cambridge History of the British Empire, vol. I, p. 563, señala lo siguiente: «[a]l forzar la reducción de los salarios… podía incrementarse la exportación de aquellos productos que contenían relativamente más trabajo humano y tal política podía, al mismo tiempo, restringir la importación del mismo grupo de productos… La consecuencia lógica era que debían hacerse esfuerzos para mantener una oferta de mano de obra lo más abundante posible y al precio más bajo posible» (Op. cit., vol. II, p. 153).

[34] Citado por Edgar S. Furniss en The Position of Labor in a System of Nationalism, pp. 119 y 120.

[35] B. Mandeville, Britannia Lenguens, p. 153, quoted by Eli F. Heckscher, op. cit., vol. II, p. 164.

[36] George Berkeley (1750), citado por Edgar S. Furniss, op. cit., p. 80. Furniss también cita a un autor anónimo sobre los deberes de las clases trabajadoras: «Todo oficial, jornalero u otro, que se niegue a trabajar las horas habituales por el precio aquí estipulado, será llevado de inmediato, por el agente del orden de la parroquia, ante un juez de paz del vecindario, y por éste será enviado a la prisión de Bridewell, donde será obligado a realizar trabajos forzados hasta que considere apropiado obedecer las leyes de su país». Ibid., p. 84.

[37] Ibid., p. 56.

[38] Véase Heckscher, op. cit., vol. II, p. 167. Y en 1763, un autor anónimo de Considerations of the Fatal Effects to a Trading Nation of the Excess of Public Charity declaró: «La escuela de caridad es otro vivero universal de ociosidad; ni es fácil concebir o inventar algo más destructivo para los intereses y los principios fundamentales de una nación completamente dependiente de su comercio y manufacturas que dar una educación a los hijos de la clase más baja de su pueblo que los lleve a despreciar aquellos trabajos serviles para los cuales nacieron». Citado por Furniss, op. cit., p. 148.

[39] Prollexfen, A Discourse of Trade, Coyn, and Paper Credit, citado por Heckscher, op. cit., pp. 166 y 167.

[40] History of the Poor. Aunque Ruggles hacía un llamado al trato justo del pueblo común, no fue más allá de la siguiente demanda: «[c]on esta expresión [las demandas de los pobres hacia la sociedad] no se han discutido ideas abstractas sobre un derecho a la igualdad, ya sea en la legislación o en la propiedad, sino simplemente ese derecho a una retribución justa por su fuerza y capacidad de trabajo, que es su único derecho de nacimiento». Ibid., edición de 1797, p. IX.

[41] Es a esta característica de la sociedad capitalista a la que se refiere Harold Laski cuando dice: «[e]xiste un interés establecido en la perpetuación de la ignorancia que es endémica en nuestra civilización. No podemos deshacernos de la ignorancia a menos que estemos dispuestos a atacar ese interés establecido y es claro que se defenderá con uñas y dientes si intentamos atacarlo». Reflections on the Revolution of Our Time, p. 3. Véase también J. A. Hobson, op. cit., pp. 105 y 106.

[42] Op. cit., p. 87. Los Hammond citan al presidente de la Royal Society, Giddy (1767–1839), quien desarrolló la siguiente lógica: «[Educar a las clases trabajadoras] les enseñaría a despreciar su destino en la vida, en lugar de convertirlas en buenas sirvientas en la agricultura y otros empleos laboriosos a los que su rango social las había destinado; en lugar de enseñarles subordinación, las volvería facciosas y refractarias… les permitiría leer panfletos sediciosos, libros y publicaciones denigrantes contra el cristianismo; las volvería insolentes con sus superiores; y en pocos años, el resultado sería que la legislatura se vería obligada a dirigir el brazo fuerte del poder contra ellas y a dotar al magistrado ejecutivo de leyes mucho más enérgicas que las vigentes». Op. cit., p. 57.

[43] Selected Speeches of Booker T. Washington, E. D. Washington, ed., pp. 33, 82. En palabras del propio Washington: «… la mayor parte de la opinión en el Sur tenía poca fe en la eficacia de la educación “superior” o de cualquier otro tipo para el negro… Aunque la educación que proponíamos dar en el Instituto Tuskegee no fue bien recibida en un inicio por el Sur blanco, fue esta formación manual la que proporcionó la primera base para un interés y una acción unidos y comprensivos entre las dos razas… Muchas personas blancas del Sur vieron en el movimiento de enseñar a los jóvenes negros la necesidad y el honor del trabajo manual un medio para conducirlos gradualmente y con sentido hacia su nueva vida de libertad… También percibieron que los negros [los esclavos] que eran maestros carpinteros y contratistas bajo la guía de sus dueños podían fomentar el desarrollo del Sur si sus hijos no eran retirados con demasiada rudeza del ambiente y la ocupación de sus padres… El interés individual y comunitario de los blancos fue interpelado por la educación industrial… Casi todos los hombres blancos en el Sur estaban interesados en el trabajo agrícola, mecánico u otro de tipo manual; en cocinar y servir comida, lavar ropa y ordeñar, criar aves de corral, y todo lo relacionado con las labores domésticas en general… Por lo tanto, se fue desarrollando un creciente reconocimiento acerca de la importancia práctica y vital en la vida de cada familia blanca del Sur que tenía la educación industrial de los negros. Hubo poca oportunidad para un similar reconocimiento de los resultados de una educación meramente literaria». Working with the Hands, pp. 13 y 14.

[44] De hecho, los plantadores blancos estaban acostumbrados a ver a sus trabajadores negros calificados como esclavos. Sobre ese punto, Richard B. Morris observa: «[a]l no poder mantener un número adecuado de artesanos blancos, las colonias del sur entrenaron entonces a esclavos negros en oficios especializados. Los archivos de la South Carolina Gazette revelaban que los negros eran entrenados y ejercían casi todos los oficios necesarios para mantener la economía de las plantaciones. Además de aquellos dedicados a la agricultura, la plantación bien organizada empleaba carpinteros, cuberos, canteros, un molinero, un herrero, zapateros, hiladoras y tejedoras. Los plantadores más ricos a menudo emprendían actividades industriales a una escala considerable, lo que requería la contratación de un número importante de trabajadores calificados. […] En general, se necesitaban algunos artesanos blancos para iniciar dichas empresas, pero en su mayoría eran llevadas a cabo casi exclusivamente por esclavos negros, quienes a menudo eran alquilados por sus amos a otros que necesitaban mano de obra calificada». Government and Labor in Early America, p. 31.

[45] Guy B. Johnson, «Negro Racial Movements and Leadership in the United States», American Journal of Sociology, July 1937, vol. 43, p. 63.

[46] Rudyard Kipling, Verse, 1885–1926, p. 320.

[47] Josef W. Hall (Upton Close), The Revolt of Asia, p. 4. En este período temprano hubo un desarrollo más o menos consciente del sistema explotador. Sin embargo, en años posteriores, los niños que nacieron en la sociedad desarrollada tuvieron, por supuesto, que aceptarla tal como la encontraron. El sistema social determinó su comportamiento de forma natural; es decir, la explotación y los antagonismos raciales parecían naturales y el elemento consciente con frecuencia no existía. En otras palabras, el destino racial del individuo estaba determinado antes de que naciera.

[48] Véase una discusión popular al respecto por Hewlett Johnson, The Soviet Power, Book V; Bernhard J. Stern, «Soviet Policy on National Minorities», American Sociological Review, junio de 1944, pp. 229–35; y en particular Joseph Stalin, Marxism and the National Question.

[49] Warning to the West, p. 274.

[50] A Earl S. Buck le gusta repetir que «nos diferenciamos en un aspecto importante de los pueblos de Asia. La raza nunca ha sido causa de división entre esos pueblos. Pero el prejuicio racial nos divide profundamente». «The Spirit Behind the Weapon», Survey Graphic, Vol. XXXI,núm. 11, noviembre de 1942, p. 540. En una amplia descripción histórica de ese proceso, Leonard Woolf dice: «En ningún otro período de la historia mundial ha habido una revolución tan vasta como la conquista de Asia y África por Europa… Hasta casi el final del siglo XIX, los europeos mismos la consideraban con orgullosa complacencia como una de las principales bendiciones y glorias de la Civilización occidental. La raza blanca de Europa, sostenían, era física, mental y moralmente superior a todas las demás razas; y Dios, con infinita sabiduría y bondad, la había creado y desarrollado para que estuviera lista, durante el reinado de la reina Victoria en Inglaterra, para tomar el control y gestionar los asuntos de todos los demás pueblos en la tierra y enseñarles a ser, en la medida en que eso fuera posible para nativos y paganos, buenos europeos y buenos cristianos. De hecho, hasta el final del siglo, los propios nativos y paganos parecían aceptar esa visión de los designios de la providencia y las bendiciones de ser gobernados por europeos. Es cierto que en casi todos los casos al inicio hubo que matar a un considerable número de africanos y asiáticos antes de que los supervivientes estuvieran preparados para aceptar la dominación o, como se llamaba, la protección del Estado europeo; pero una vez establecida la dominación, hubo pocas rebeliones contra el dominio europeo que no pudieran ser enfrentadas con una expedición punitiva». Op. cit., pp. 15 y 16.

[51] Y deberíamos esperar que todos los pueblos de color se sientan gratificados e inspirados por este tipo de logro. Tiende a restaurar su autoestima como nada más puede hacerlo. Escribe Shridharani: «[c]uando el hombre blanco comenzó su serie de retiradas ante las hordas amarillas fue un bálsamo tranquilizador para las antiguas heridas de Asia. Más que con palabras japonesas, los hechos japoneses hicieron propaganda. El hombre blanco, la criatura más odiada en Asia, fue puesto en fuga en Hong Kong, en Malasia, en Birmania y, sobre todo, en Singapur». Op. cit., p. 196. El Dr. Sun Yat-sen encuentra inspiración para todos los pueblos de color de Asia en las hazañas de Japón. «Japón es un buen modelo para nosotros, si deseamos la prosperidad de China… Antes se pensaba que de todos los pueblos del mundo solo los blancos eran inteligentes y dotados; pero hoy Japón ha demostrado que todo esto es falso y la esperanza ha regresado a los pueblos de Asia», Le Triple Demisme, traducción al francés por Pascal M. d’Elia, pp. 20 y 21. Un indio oriental bastante leído, P. S. Joshi, lo expresa así: «El whiteism (blanquismo) ofrece un baile insano en todos los continentes del mundo. En Asia hay solo un puñado de blancos… Sin embargo, ellos, debido a su poder político, han introducido la barrera de color en India, China, Filipinas y otros países. Si Japón no hubiera triunfado sobre Rusia, si el prestigio blanco no hubiera sufrido un golpe severo, la misma barrera de color se habría extendido… por todo el continente asiático». The Tyranny of Colour, p. 4.

[52] Raymond Kennedy enfatiza que para la creencia de la superioridad racial, la confianza en el poder superior es elemental: «[l]os pueblos europeos pudieron, hace unos cuatrocientos años, extender la conquista sobre todo el mundo “nativo”. Los “nativos”, que eran tan buenos, hombre por hombre, como los europeos, carecían del equipo material superior de estos últimos, y fueron o masacrados o subyugados. Los poseedores de armas comenzaron a creer que también poseían dones raciales superiores, y atribuyeron su éxito no a las ventajas materiales, sino a una superioridad mental y física innata. Eran blancos y los pueblos vencidos en su mayoría negros, morenos, amarillos y rojos; por consiguiente, la inferioridad debía estar vinculada con el color y la raza». The Ageless Indies, pp. 185 y 186. Con el mismo efecto, véase Leonard Woolf, op. cit., p. 12. Lin Yutang expresa la idea a su manera: «¿Cómo comenzó el imperialismo del siglo XIX, y cómo hizo el hombre blanco para conquistar el mundo, y qué le hizo pensar que era superior a otros pueblos? Porque el hombre blanco tenía armas y los asiáticos no tenían ninguna. El asunto era así de simple». Y actualiza su argumento: «China nunca… será realmente igual hasta que sea como Japón, dentro de veinte años, cuando pueda construir sus propios tanques, armas y acorazados. Cuando llegue ese momento, no habrá necesidad de discutir sobre la igualdad, pues esos serán los estándares de la época moderna». Between Tears and Laughter, pp. 21, 4.

[53] Al informar sobre las condiciones sociales en China, Theodore H. White dice: «[n]adie puede entender China hoy… si no comprende el odio y la amargura de los chinos cultos hacia el empresario extranjero que los trataba como coolies en su propia tierra. En algunas ciudades, ese extranjero cerraba los parques públicos a los chinos; en algunos barcos, a los chinos no se les permitía viajar en primera clase». Véase «Life Looks at China», Life, 1 de mayo de 1944, p. 100. Véase también Nathaniel Peffer, The White Man’s Dilemma, capítulo IX.

[54] Op. cit., pp. 109 y 110.

[55] Debe tenerse en cuenta que el prejuicio racial no es solo el desagrado por la apariencia física o las actitudes de una persona hacia otra; se basa sobre todo en una determinación calculada y concertada de una clase dominante blanca para mantener a ciertos pueblos o personas de color y sus recursos en condiciones de explotación. Si pensamos en el prejuicio racial solo como una expresión de desagrado de los blancos hacia algunos pueblos de color, nuestra concepción sobre esa actitud carecerá de sustancia.

[56] El destacado escritor sureño, David L. Cohn, ilustra así el proceso: «[e]l anglosajón odia profundamente y evita siempre que puede el matrimonio de los suyos con pueblos negros o amarillos. Hay escuelas separadas para chinos en Misisipi, pues por ley no se les permite asistir a las escuelas blancas… Hay muchos chinos en el delta del Misisipi. Son comerciantes exitosos. Algunos viven con sus esposas chinas; otros tienen amantes negras y familias de hijos mestizos. A simple vista, esos niños a menudo son indistinguibles de los chinos de sangre pura. Surgió el temor en la comunidad blanca de que si se permitiera a los niños chinos asistir a las escuelas públicas, esos mestizos chino-negros también lo hicieran. Como resultado, la ley estableció escuelas separadas para los chinos, costeadas por la comunidad. En teoría, esas escuelas son de la misma calidad que las escuelas blancas. En la práctica, es imposible hacerlas de igual calidad sin un gasto prohibitivo. Por lo tanto, los niños chinos no disfrutan de las mismas facilidades educativas que los niños blancos. Los líderes chinos, conscientes de la verdadera razón por la cual sus hijos son excluidos de las escuelas públicas, esperan algún día que se levanten esas barreras. Para ello, insisten en que sus hombres se abstengan de tener amantes negras e hijos mestizos. Cuando sientan que pueden demostrar, para beneplácito de la comunidad blanca, que los niños que presentan para ser admitidos en las escuelas blancas son chinos puros, se podría llegar a derogar la ley». God Shakes Creation, pp. 219 y 220. Si los chinos responden como se espera, probablemente mostrarán un odio incluso mayor hacia los negros que el de los propios blancos, pero la visión sobre esa situación racial estaría muy distorsionada si se intentara entender la relación chino-negra con independencia del prejuicio blanco dominante. Véase también Krishnalal Shridharani, «Minorities and the Autonomy of India» en Group Relations and Group Antagonisms, editado por R. M. MacIver, pp. 200–206.

[57] Op. cit., p. 28.

[58] El escritor no ignora la situación que se vive en algunas zonas de Brasil.

[59] Podemos ilustrar este punto. Después de lanzar una invectiva contra la supuesta superioridad racial de los blancos en la India, Krishnalal Shridharani declara: «[u]na abrumadora mayoría del pueblo indio pertenece a la llamada raza blanca, según todos los datos antropológicos y etnológicos. El sol tropical pudo haber impartido su pigmentación a la piel del indo-ario… pero el etnólogo sabe que el indo-ario es de origen caucásico». Warning to the West, p. 191. El etnólogo puede estar igualmente convencido acerca de la raza de los negros americanos de piel blanca, pero así como los británicos en la India no le prestan atención, tampoco los blancos americanos le hacen caso. Dice Robert Briffault, en su incisiva reseña sobre las costumbres de los blancos sahibs en la India: «[l]os hindúes fueron tratados, como lo han sido desde entonces, como “negros”». The Decline and Fall of the British Empire, p. 78.

[60] Veáse Report of the Committee on Emigration from India to the Crown Colonies and Protectorates, Londres, 1910. Warren S. Thompson comenta sobre la situación en África: «[c]uando se dice todo lo que verdaderamente puede decirse acerca de las prácticas nefastas de los indios en sus relaciones con los negros en África oriental, parece más que probable que la principal objeción a sus relaciones económicas con los nativos radique en el hecho de que dificultan y hacen menos rentable la explotación del hombre blanco sobre los negros. Naturalmente, esto suena a resentimiento y en verdad parece mejor objetar la nefasta explotación del negro por parte del indio que decir que el indio no es bienvenido porque obliga a los blancos a trabajar más para mantener sus ganancias y hace sus vidas menos placenteras de lo que serían si no tuvieran que competir con él. Esa es una confesión demasiado franca de sus propios propósitos explotadores». Danger Spots in World Population, p. 169. Véanse también India, Central Bureau of Information, India in 1930–31, pp. 49 y ss., y Maurice S. Evans, Black and White in South East Africa, p. 291. En 1919, la Kenya Economic Commission informó: «[f]ísicamente, el indio no es una influencia saludable debido a su repugnancia hacia el saneamiento y la higiene. En ese aspecto, el africano es más civilizado que el indio, al ser por naturaleza limpio en sus costumbres… La depravación moral del indio es igualmente perjudicial para el africano… La presencia del indio en este país es hostil al bienestar moral y físico y al avance económico del nativo». Citado por Raymond Leslie Buell, The Native Problem in Africa, vol. I, p. 291.

[61] Warren S. Thompson, op. cit., pp. 223ff.

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