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Prejuicio racial e intolerancia: una distinción

Por Oliver C. Cox

Traducción de Daniel Montañez Pico


Como parte de su dosier dedicado a Marx y a los marxismos, La Tizza comparte esta traducción de un texto de Oliver C. Cox. El original fue publicado en Social Forces, vol. 24, núm. 2, 1945, pp. 216–219.

Oliver Cox (1901–1974) fue un sociólogo y pensador marxista afroamericano, conocido por ser el «padre» de la teoría del capitalismo como «sistema-mundo» y en general por su análisis de la relación entre el racismo y el capitalismo. En su obra más influyente, Caste, Class, and Race (1948), desafió las teorías dominantes de su tiempo, argumentando que el racismo es una manifestación de la explotación de clase. En ese temprano texto ofrece una magnífica y aterrizada síntesis de su análisis marxista del racismo. [Nota del traductor].

Puedes leer los otros textos del dosier:

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«La normalidad no gusta de los grandes», de Fernando Martínez Heredia

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«No debemos permitir que no nos dejen insistir», Jorge Alemán conversa con Carlos Fernández Liria

Raza y racismo del capital: una breve reflexión en clave marxista y lacaniana, de David Pavón-Cuéllar

El capitalismo actual y la economía política, entrevista de Iramís Rosique al profesor y economista mexicano Oscar Rojas

El prejuicio racial y la intolerancia son actitudes sociales que no han sido bien definidas en las discusiones sobre el antagonismo entre grupos. Esas actitudes han sido confundidas particularmente en descripciones y comparaciones de judíos y negros como «grupos minoritarios» y ha resultado en una acumulación de muchas conclusiones espurias. En este intento de distinguir esas actitudes también consideraremos como ilustración las situaciones sociales de los negros y los judíos.

Intolerancia

La práctica común en los análisis de las relaciones raciales es asumir que el prejuicio racial y la intolerancia son hechos sociales idénticos. Por ejemplo, la Dra. Ruth Benedict dice:

La intolerancia anglosajona tradicional es un rasgo cultural local y temporal como cualquier otro… En este país obviamente no es una intolerancia dirigida contra una mezcla de sangre de razas biológicamente muy separadas, pues en ocasiones la excitación alcanza niveles igualmente altos contra el católico irlandés en Boston, contra el italiano en los pueblos fabriles de Nueva Inglaterra, o contra el oriental en California.[1]

Podemos ilustrar este punto aún más. Según Ellsworth Faris:

El conflicto entre los judíos y aquellos entre quienes viven es un conflicto racial. Que los judíos pertenezcan a una raza biológica separada es dudoso y quizá incierto. Sin embargo, el conflicto es sociológicamente racial, pues son considerados como una raza separada, son tratados como una raza separada y se mantienen unidos como si fueran una raza separada.[2]

La conclusión aquí es explícita: no hay diferencia entre el antisemitismo y el prejuicio racial; tal es la cuestión que tenemos ante nosotros.

El antisemitismo, para comenzar, es una forma de intolerancia social, una actitud que puede definirse como una falta de disposición, por parte de un grupo dominante, a tolerar las creencias o prácticas de un grupo subordinado, porque considera que esas creencias y prácticas son o bien perjudiciales para la solidaridad del grupo o una amenaza para la continuidad del statu quo. El prejuicio racial, por otro lado, es una actitud social propagada entre la sociedad por una clase explotadora con el propósito de estigmatizar a algún grupo como inferior, para que la explotación del grupo mismo o de sus recursos pueda ser justificada. La persecución y la explotación son los aspectos conductuales de la intolerancia y el prejuicio racial respectivamente. En otras palabras,

el prejuicio racial es la facilitación socio-actitudinal de un tipo particular de explotación laboral, mientras que la intolerancia social es una posición reaccionaria que apoya los intentos de la sociedad para librarse de grupos culturales contrarios.

Posición de los judíos y los negros

Podemos considerar la intolerancia como una actitud represiva y el prejuicio racial como una actitud limitante. El antisemitismo es una actitud dirigida contra los judíos porque son judíos, mientras que el prejuicio racial es una actitud dirigida contra los negros porque no quieren que sean negros. El judío, para el intolerante, es un enemigo dentro de la sociedad; pero el negro, para el que tiene prejuicio racial, es un amigo en su lugar. Como señala Joshua Trachtenberg:

[El judío] es ajeno, no a esta o aquella tierra, sino a toda la sociedad occidental, ajeno en sus costumbres, sus ocupaciones, sus intereses, su carácter, su propia sangre. Dondequiera que viva es una criatura aparte. Es el archidegenerado del mundo: infecta su literatura, su arte, su música, su política y economía con el veneno sutil de su insidiosa influencia; arranca su fundamento moral piedra por piedra hasta que colapse en sus manos.[3]

Así, para el grupo dominante e intolerante, el judío no es solo un extranjero sino también un agresor contra la sociedad misma: «El judío era el adversario sin igual de la cristiandad, e ipso facto debía ser clasificado junto con todos los que buscaban la destrucción de la Iglesia y de la sociedad cristiana, ya fuera que atacaran desde dentro o desde fuera».[4]

Esa concepción de los judíos como un pueblo huésped que critica e incluso condena la hospitalidad de su anfitrión se ha convertido en una hostilidad violenta contra ellos.[5] Un antisemita ha dicho: «¡Mientras rezamos por los judíos, nos persiguen y nos maldicen!».[6] De este modo, se concibe que los judíos son más que simplemente divisivos; también se les acusa de odiar y traicionar a la sociedad en la que viven.

El problema de la asimilación

Probablemente

la distinción más clara entre la intolerancia y el prejuicio racial es que el grupo intolerante da la bienvenida a la conversión y la asimilación, mientras que el grupo con prejuicio racial se siente antagonizado por los intentos de asimilarse.

Los judíos son un pueblo que se niega a asimilarse, es decir, a renunciar a su cultura y perder su identidad en la sociedad más amplia. Conciben los valores de su cultura como tan significativos o superiores que están dispuestos a sufrir una persecución considerable antes que renunciar a ellos. Por otro lado, se erigen todas las barreras efectivas contra la raza «inferior» para evitar que se asimile. Cuando los judíos son considerados como tercos, «como hombres que conocen la verdad y la rechazan deliberadamente», a menudo se despiertan emociones violentas contra ellos:

La única condición para la paz entre judíos y gentiles es que los judíos dejen de ser judíos. Y se les anima mucho a hacerlo. «Si yo fuera judío», declara Faris, «me casaría por amor, pero intentaría casarme con una chica no judía. Hay excelentes argumentos eugenésicos para este tipo de cruces y, si el destino se resolviera así, el gesto y el ejemplo serían muy valiosos».[7] Basta con sustituir la palabra «negro» por «judío» en el pasaje anterior para apreciar la distinción entre prejuicio racial e intolerancia.

Negros y judíos como aliados

Con frecuencia se ha planteado la cuestión de la posibilidad de que negros y judíos, como «grupos minoritarios», colaboren con el propósito de avanzar en su posición social. Recientemente, el Dr. Werner Cahnman lo expresó de esta manera: «tanto los judíos como los negros están amenazados por el mismo odio y la misma hostilidad. Sobre la base de eso podrían unirse en acción. Pero su reacción ante la situación es diferente: los judíos están defendiendo con cautela, mientras los negros están atacando militantemente».[8] Sin embargo, es dudoso que los judíos y los negros tengan una base común para una acción continua contra el grupo dominante. En realidad, no están «amenazados por la misma hostilidad»; y hay alguna probabilidad de que existan suficientes razones para el antagonismo entre ellos.[9]

En la medida en que los judíos tienen una mentalidad burguesa, de empresarios y fabricantes, es probable que sean, al menos implícitamente, prejuiciosos en cuestiones raciales. Comprenderán con mayor facilidad las políticas raciales restrictivas de la clase dominante que la ambición de los negros por la igualdad social. Dado que los negros son casi por completo un grupo proletario, mientras que los judíos tienden a ser profesionales y empresarios, existe una oportunidad particular para el desarrollo de una disparidad de intereses entre ellos. Por el contrario, a medida que los negros se asimilen cada vez más en la sociedad en general, lo probable es que ellos también se vuelvan intolerantes.

Dado que los judíos son un grupo tradicionalmente perseguido, no se debe esperar que hagan un espectáculo de su prejuicio racial. Un escritor indio sudafricano señala la base del sentimiento antagónico entre su raza y los judíos:

Los judíos intentan sacar a los indios de los campos comerciales… en general [ellos] pueden ser considerados como hostiles hacia los indios. Cierto escritor ha señalado que los judíos nunca luchan abiertamente; su premura es leve. Así ha sido en Sudáfrica. Los judíos nunca se han manifestado abiertamente contra los indios. Han estado jugando de manera clandestina.[10]

Parecería entonces que hay una razón real para la lucha separada de negros y judíos, pues sus discapacidades sociales están enraizadas en situaciones sociales diferentes y en apariencia dispares. Sin embargo, puede suceder que los motivos, tanto para el antisemitismo como para el prejuicio racial, exijan una expresión intensificada al mismo tiempo, hecho que puede conducir a la identificación de un enemigo común y así empujar a los judíos y a los negros a unirse en simpatía. Cuando, en 1934, por ejemplo, el partido nazi declaró que «la continuación de los matrimonios con portadores de sangre judía o de color es incompatible con el objetivo del partido nacionalsocialista», las personas de color y los judíos tuvieron que unirse en oposición al peligro común.

Naturalidad del prejuicio racial y la intolerancia

Es posible concebir cualquier hecho social como un fenómeno natural sin que ello implique que sea una función inseparable de la organización social.

Quizás la intolerancia sea tan antigua como la sociedad humana, pero el prejuicio racial se ha desarrollado solo recientemente en la sociedad occidental; y esa es una consideración de suma importancia. Un análisis insuficiente del prejuicio racial y la intolerancia puede llevar a uno a concluir que «el prejuicio hacia un grupo racial o religioso es un fenómeno colectivo con raíces en el pasado distante».[11] Los dos fenómenos, empero, no tienen la misma raíz.

Si asumimos que la solidaridad social es un desiderátum en todas las sociedades, los líderes del grupo intrasocietal dominante siempre serán intolerantes con los grupos culturalmente divergentes que amenacen la estabilidad del orden social. La presencia de una raza diferente no necesita ser, en sí misma, un factor desorganizador, pero un grupo que no quiere o no puede asimilarse suele producir una «indigestión social». Además, acaso no haya sociedad tan débilmente organizada como para permitir que grupos subordinados amenacen su existencia. Como un culto oriental insignificante, los seguidores de Jesús podrían haber sido tolerados o incluso ignorados. Pero cuando Jesús comenzó a predicar «a la multitud y a sus discípulos, diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados que por fuera en verdad se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”», había llegado el momento para que los líderes de los judíos fueran intolerantes y lo persiguieran a Él y a sus seguidores.

También podría haber sido posible para los líderes religiosos medievales y los nacionalistas modernos ignorar a los judíos como insignificantes; así como, por ejemplo, los gitanos son comúnmente tolerados, si no alentados. Pero los judíos rara vez son nulidades sociales: participan en la vida económica y política de la comunidad. Por lo tanto, el líder antisemita nunca está falto de ejemplos espectaculares de riqueza, poder y prestigio judío para vitalizar su argumento sobre la hostilidad cultural judía.

Al parecer no hay razón para creer que con el aumento de la organización democrática de la sociedad habrá una disminución correlativa de la intolerancia social. El foco de la intolerancia puede cambiar, pero dado que podemos esperar que incluso en una democracia avanzada los valores sociales serán celosamente defendidos, ningún grupo considerado como ajeno y perturbador de la armonía y la solidaridad social podría asegurarse una existencia pacífica y tolerada.

Por supuesto, solo es necesario que el grupo dominante crea en la amenaza que puedan representar los principios y prácticas culturales del otro grupo — lo importante no es si realmente son dañinos—. Desde el punto de vista de la civilización urbana moderna, por ejemplo, muchas de las persecuciones a los protestantes por parte de los Estados católicos romanos de Europa fueron, sin duda, malintencionadas; sin embargo, todavía nos parece una suerte que la Europa católica no se dejara inundar por el islam.

En efecto,

es la creencia en una amenaza al orden social o al statu quo, ya sea por incapacidad de asimilar o intransigencia religioso-política, la base de la intolerancia y la persecución.

Los primeros cristianos en Roma no pudieron escapar a la persecución y cuando finalmente dominaron la sociedad occidental fueron ellos quienes dieron al mundo sus lecciones clásicas en el oficio de la persecución. Podemos pensar entonces en la intolerancia como el medio por el cual el grupo busca proteger o aumentar su solidaridad social.

El prejuicio racial, por otro lado, se desarrolló gradualmente en la sociedad occidental de la mano del capitalismo y el nacionalismo. Es una actitud divisiva que busca alienar la simpatía del grupo dominante hacia una raza «inferior», un pueblo entero, con el propósito de facilitar su explotación. Aunque no se puede presentar aquí un relato detallado, puede demostrarse que el prejuicio racial es propio del sistema de explotación capitalista.

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Afirmar que los judíos han sufrido en todas partes mucha injusticia y persecución entre otros pueblos puede ser una súplica negativa en una situación de creciente sentimiento antisemita, ya que el remedio para el diablo es más, no menos, persecución. Sobre aquellos que no serán convertidos y se supone que han rechazado explícitamente la moralidad y las normas sociales del grupo, puede pensarse que se han colocado más allá del alcance de la conciencia social. Por otro lado, cuando el prejuicio racial está aumentando, puede ser inútil o incluso un agravante argumentar que el negro solo busca igualdad social, es decir, el derecho a vivir como los demás hombres en la sociedad en general; pues es contra ese impulso de los negros a identificarse con el grupo dominante que se despierta la hostilidad.

Conclusión

El grupo dominante es intolerante con aquellos a quienes puede definir como antisociales, mientras que mantiene prejuicio racial contra aquellos a quienes puede definir como subsociales. La persecución y la explotación son los aspectos conductuales respectivos de esas dos actitudes sociales.

Así pues, solemos ser intolerantes con los judíos, pero prejuiciosos contra los negros. En otras palabras, al grupo o clase dominante no le gustan los judíos en lo absoluto, pero le gusta que los negros estén en su lugar, a saber, en el lugar que se les ha asignado. Dicho de otro modo, la condición para que le guste el judío es que deje de ser judío y se integre a la generalidad de la sociedad, mientras que la condición para que le guste el negro es que deje de intentar volverse como la generalidad de la sociedad y permanezca como negro.

Desde el punto de vista del grupo dominante, el judío es el enemigo irreconciliable dentro de nuestro hogar, la antítesis de nuestro Dios, el perturbador de nuestro modo de vida y de nuestras aspiraciones sociales; el negro como nuestro sirviente, por otro lado, es nuestro amigo indispensable. Por lo tanto, es concebible que los negros estadounidenses puedan volverse antisemitas; y que los judíos, como buenos hombres de negocios, puedan llegar a aborrecer a los negros ambiciosos y progresistas. La intolerancia es acaso tan antigua como la organización social, pero que el prejuicio racial surgió solo hace poco, con la emergencia de una forma particular de organización social, a saber, el orden capitalista.

Cuando nuestra organización social se ve amenazada por una disrupción interna, podemos llegar a desesperarnos y masacrar a los judíos. Ellos son el grupo más obstinadamente separatista que podemos encontrar. Pero cuando estamos bajo presión económica, como durante una depresión, o enloquecemos por tener que hacer nuestro propio trabajo servil, mientras los negros «ociosos» no lo hacen, nos lanzamos sobre algunos de ellos, los golpeamos hasta que comprendan, y ordenamos a nuestra policía que los detenga como vagabundos. Un pogromo judío no es del todo similar al linchamiento de un negro. En un pogromo el motivo fundamental es la exterminación del judío; en un linchamiento, sin embargo, el motivo es darle al negro una lección mediante un castigo.

Queremos asimilar a los judíos, pero ellos se niegan a ser asimilados; los negros quieren ser asimilados, pero nosotros nos negamos a permitir que se asimilen.

Notas:

[1] Patterns of Culture (Boston, 1934), p. 11. En el mismo sentido, Carlton Hayes afirma: «La intolerancia hacia los negros en los Estados Unidos es quizás el colmo de la intolerancia racial en el nacionalismo moderno… un nacionalismo que ha sido comunicado de Occidente al Lejano Oriente puede llevar consigo al Lejano Oriente tanto la intolerancia racial como la guerra internacional que ha caracterizado a Occidente». Essays on Nationalism (Nueva York, 1926), pp. 237 y 238.

[2] The Nature of Human Nature (New York, 1937), p. 341.

[3] The Devil and the Jews (New Haven, 1943), p. 3. En el mismo sentido, Adolf Hitler ataca al judío: «Su tiranía chupasangre se vuelve tan grande que ocurren disturbios contra él. Entonces uno comienza a observar cada vez más de cerca al extranjero y descubre más y más nuevos rasgos y características repelentes en él, hasta que el abismo se vuelve insuperable. En tiempos de la más amarga angustia, finalmente estalla la ira contra él, y las masas explotadas y arruinadas toman la autodefensa para rechazar el azote de Dios. Lo han llegado a conocer a lo largo de varios siglos y experimentan su mera existencia con la misma aflicción que la peste». Mein Kampf (Boston, 1939), p. 426.

[4] Joshua Trachtenberg, op. cit., p. 81.

[5] En una expresión invertida de la agresión antisemita, Hitler desarrolla esta pasión por la exterminación de los judíos: El judío «sigue su camino, el camino de infiltrarse furtivamente entre las naciones y desgarrarlas desde dentro, y lucha con sus armas, con mentiras y calumnias, veneno y destrucción, intensificando la lucha hasta el punto de exterminar sangrientamente a sus odiados oponentes». Op. cit., p. 960.

[6] Trachtenberg, op. cit., p. 182.

[7] Ellsworth Faris, op. cit., p. 352.

[8] «An American Dilemma», The Chicago Jewish Forum, vol. 3, núm. 2 (Winter 1944–45), p. 94.

[9] Para un análisis de las relaciones entre negros y judíos véase Roi Ottley, New World A-Conming (Boston, 1943), pp. 122–36.

[10] P. S. Joshi, The Tyranny of Colour (Durban, Sudáfrica, 1942), p. 37.

[11] Ellsworth Faris, op. cit., p. 348.

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Etiquetas: , , , , , Last modified: 19 agosto, 2025