Esta idea brotó de Fidel Castro, quien entendió como nadie que el imperialismo no negocia, conquista.
Estos tiempos no son para acostarse
con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada
José Martí
Editorial de La Tizza
Una reedición de las incursiones militares en pequeñas lanchas provenientes de los Estados Unidos —práctica nunca abandonada desde su estreno en los años sesenta— con el propósito de provocar un conato de rebelión en el país, volvió a fracasar estrepitosamente la mañana del 25 de febrero, cuando diez mercenarios armados hasta los dientes fueron derrotados por cinco guardafronteras cubanos, uno de ellos herido. El intento de medir la disposición combativa fracasó y solo queda la alharaca mediática en Miami. Nada nuevo bajo el sol.
Como habíamos advertido en anteriores momentos, el régimen de Washington, envalentonado por los resultados de su agresión contra Venezuela el pasado 3 de enero y el consiguiente cambio de régimen en Caracas, dirigiría sus acciones contra Cuba, cuya Revolución no ha sido nunca «la siguiente» en ninguna lista, sino la primera.
Los 32 cubanos caídos en desigual combate la madrugada del 3 de enero en Venezuela, sus compañeros que los sobrevivieron y los cinco guardafronteras del 25 de febrero demostraron lo que puede hacer un combatiente, aun aislado, frente a un enemigo superior en número y medios, cuando tiene fe en la justeza de su causa.
La palabra rendición no forma parte del lenguaje de nuestros soldados y, en última instancia, solo estaría asociada a la solución que los mambises propusieron para ella en el siglo XIX: guásima, cabuya y sebo. La valentía de los cubanos tiene una lectura por parte de los personeros de la junta militar-empresarial de Estados Unidos: con el pueblo cubano y su brazo armado no habrá un combate fácil que se decida en la víspera con el chantaje de una potencia atómica amenazando con borrarnos de la faz de la tierra.
En adición, herida e indignada, la fibra patriótica de nuestro pueblo se ha levantado en medio de las escaseces y privaciones materiales más inimaginables para protagonizar jornadas de homenaje a los mártires y al coraje de nuestros soldados, bajo aquella consigna que no pierde vigencia: «¡Aquí no se rinde nadie!».
Ante las amenazas de Donald Trump, así como de sus empleados de menor rango como Marco Rubio, se han movilizado el pueblo uniformado, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior. Sucesivos Días Nacionales de la Defensa, con amplio despliegue de tropas y medios, dejaron poco margen a las dudas de lo que significaría para el imperialismo una aventura guerrerista en Cuba.
La nuestra es una revolución armada y, como tal, procurará alcanzar por medios pacíficos el respeto del enemigo, pero no dudará un segundo en defenderse con las armas en la mano ante cualquier amenaza: «son tiempos para acostarse con las armas de almohada», como diría José Martí.
Es en esas circunstancias y en medio de la cortina de humo que intentan levantar con presuntas conversaciones entre ambas partes, que ha aparecido la opción de la «toma amistosa de Cuba» por parte de EE. UU., de acuerdo con algunas declaraciones del jefe del régimen, Donald Trump, y otros funcionarios.
El timing de las declaraciones del encargado de la junta, unidas a las divagaciones de otros personeros menores, no es de poca importancia: se producen en medio de las amenazas, finalmente hechas realidad este 28 de febrero, de una agresión a Irán. En medio de esto, los extremistas de la emigración cubana huelen sangre y aprovechan la coyuntura para reactivar su viejo sueño de invasión.

Bajo el disfraz de una «intervención amistosa», buscan legitimar lo que no es más que la reedición de la violencia imperial. El ruido de la guerra les sirve de coartada para empujar sus obsesiones contra la Isla. Así, pretenden convertir la distracción internacional en plataforma para su cruzada reaccionaria. Es útil recordar, en esta coyuntura de guerra, un pasaje descrito por Bob Woodward en su libro Negar la evidencia, cuando uno de los anteriores jefes de la junta militar-empresarial de Washington, George W. Bush, también envalentonado por los resultados de un reciente cambio de régimen (el del Irak de Sadam Hussein), preguntó con entusiasmo al general de tres estrellas y procónsul yanqui en Irak, Jay Garner, si quería también «ocuparse» de Irán.
La respuesta de Garner fue que «los muchachos» y él mismo «se ofrecían» para Cuba, donde «las mujeres son más bonitas». Bush espetó: «Es tuyo, cuenta con Cuba». La historia, sin embargo, es bien conocida: Irak se volvió ingobernable, Garnier no tuvo a Irán, Bush pasó al basurero de la historia y Cuba resiste hasta hoy. Ni Garnier, ni Bush, ni Rumsfeld, ni Condoleezza Rice, ni Cheney, ni Colin Powel, ni la jauría miamense tuvieron a Cuba.
Más de veinte años después, pareciera que vuelven a rodarse las mismas imágenes. La historia no se repite, pero rima: envalentonado con los resultados de la invasión a Venezuela, el régimen de Trump-Vance-Rubio apuesta por una guerra contra Irán, cuyo desenlace no ha de ser ni el de Irak de 2003 ni el de Venezuela de 2026, y acentúa el bloqueo contra Cuba, como arma de aniquilación física.
Disminuida la adrenalina de enero pasado tras la agresión a Venezuela y rotos los augurios de una rápida e inminente caída de la Revolución cubana mediante alguna acción armada combinada con una explosión popular, Trump y sus secuaces han comenzado a hablar de una «toma amistosa» de Cuba.
El imperialismo y sus cipayos externos e internos no entienden otro lenguaje que no sea el de la fuerza y el de demostrarles que ni comemos miedo, ni defecamos susto. Cualquier muestra de debilidad es combustible para que avancen sobre nosotros sin piedad alguna. El imperialismo no quiere concesiones nuestras, quiere nuestra rendición en pleno y no tiene sentido presentarnos como conciliadores y «reformadores» en abstracto, como nueva forma de un deshonor que evite una guerra. La historia demuestra con demasiada elocuencia que, puestos a elegir ante un enemigo poderoso y cruel, entre el deshonor y la guerra, quien elija lo primero para evitar el conflicto, tendrá, en definitiva, deshonor y guerra.
Los más recientes casos de agresión imperialista (Venezuela e Irán) se han producido en medio de negociaciones en las cuales tanto Caracas como Teherán habían ofrecido concesiones. Su voluntad de negociar y de conceder no logró evitar la agresión en definitiva. El rugido de los cañones con los cuales Irán responde ahora a la intervención norteamericana es su mejor carta de negociación: la otra opción es ceder la soberanía. El corolario es claro y ha estado siempre en el centro de nuestra doctrina militar: disuadir al enemigo de una guerra, haciéndole ver lo caro de una aventura militar. Como dijo el Che, «no se puede confiar en el imperialismo ni tantito así, nada».
Cuba no tiene nada que negociar con el régimen de Washington que no sea el levantamiento total e incondicional del bloqueo y la guerra económica, el cese de la hostilidad política y la renuncia a la política de cambio de régimen, la salida del ejército estadounidense del territorio ocupado ilegalmente en Guantánamo y el reconocimiento de que los destinos de Cuba se deciden en Cuba y no en Miami.
Quienes creen hablar por y en nombre del pueblo de Cuba —y aun estando en Cuba hay quienes piensan y actúan como en Miami y en nombre de los intereses del capitalismo miamense— y proponen la rendición a plazos, una especie de Zanjón a crédito que salve el pellejo de sus intereses de clase, deberían tomar nota de lo sucedido en Venezuela e Irán.
También debería servir de advertencia para quienes creen, desde una parte de la burocracia cubana —más atenta a veces a cuidar sus status quo que la soberanía nacional— que las élites imperialistas no preferirán antes administradores más eficientes y leales de lo que ellas han resultado ser.
Entre tanto, el pueblo cubano ha sido forzado, por el bloqueo, por el subdesarrollo, por los incontables errores internos, a una lucha por la supervivencia. Quizás muchos, cansados de esa agotadora batalla diaria, crean que ya no vale la pena resistir, que el gobierno debería conceder a una coexistencia pacífica con el imperialismo yanqui. Pero quien lo haga no debe olvidar que dicha coexistencia estaría condicionada al abandono de la soberanía. Como ha dicho Marco Rubio, se conformarían con un cambio del modelo socioeconómico, es decir, con una transición al capitalismo a la antillana: con sistemas políticos corruptos y entreguistas, una sociedad altamente desigual, sin políticas sociales, con una economía deforme y con las mafias del narco como un Estado paralelo. No hay ganancias para el pueblo en esa transición, solo empeoramiento.
En las actuales y previsibles circunstancias conviene recordar el daño extraordinario que ha significado la agresión sostenida de EE. UU. contra nuestro pueblo. Nuevamente solos frente al imperialismo, el régimen de Washington cree que ha llegado «la hora final de la Revolución» y han desplegado su enorme diapasón de medidas de bloqueo selectivo y cada vez más clasista, que buscan alejar cada vez más al pueblo del Estado —heredero simbólico de la Revolución de 1959— y con ello preparar una «toma amistosa» de Cuba. Juegan a la vieja estrategia de combinar el garrote y la zanahoria. Hay quienes se asustan con el garrote y hay quienes aspiran a comer de la zanahoria en un pastel que, por definición, deja fuera a buena parte del pueblo cubano: todos son, por igual, traidores y cómplices.
Un hombre o una mujer pueden ser comprados, vencidos por la superioridad del enemigo y derrotados por la falta de fe en su gente, pero nunca un pueblo entero. ¡No somos los primeros revolucionarios en pensar así! Y, como demostraron nuestros compañeros del 3 de enero, ¡no seremos los últimos!





