Los marxcianos

Por Guillermo Carmona Rodríguez

– Parece que esta va a ser importante. Fíjate en la mesa de la Presidencia, pomos de agua Ciego Montero sellados. Es increíble como puedes medir la trascendencia de las reuniones por el agua que sirvan. Si fuera a ser una basura, seguro ponían un vaso que parecía el culo de una botella lleno de agua turbia para criar mapos.

Camilo me ignoró. Tenía el mentón apoyado en el pecho, los ojos cerrados. Estábamos en un Salón de la Universidad. Era rectangular y grande. Había un pequeño escenario cuyo único mobiliario era una mesa grande y larga de madera nudosa. Las salidas eran una puerta en un lateral, cerca de la tarima, y otra al fondo del local.

La audiencia se puso de pie, cuando por la entrada del costado aparecieron los que presidirían el encuentro, los hombres Ciegos, los hombres Ciego Montero.

Camilo como un cazador de perlas de la isla de Jaba que se queda sin oxígeno y a toda velocidad nada hacia la superficie, resultó el primero en pararse. Me pregunté cuál perla del pensamiento sería tan valiosa para sumergirse a tal profundidad dentro de sí. En los últimos tiempos él caminaba y yo escuchaba el sonido de cristales quebrados, algo se rompía dentro de él, y todo lo sagrado que se desmorona se oye así, como vidrieras que revientan a pedradas.

Creo que el muy cabrón se sentía solo; pero una soledad mucho más compleja que la simple ausencia de la compañía física que se soluciona al sentarse en un parque para observar a los niños saltar suiza. El sábado pasado salimos a beber, celebrábamos algo, no recuerdo qué, y ya cuando nos íbamos medio borrachos para la casa, me dijo algo como «Isaac, me siento desfasado». Yo le contesté lo que se dice en esas ocasiones «¡Deja la guanajá y vámonos pal carajo!». Él se metió la mano en los bolsillos y se marchó mientras tarareaba algo.

– Un pomo de agua a cincuenta kilos CUC para no coger gyardias — le comenté por lo bajo.

Los cinco en la Presidencia tenían la misma figura, la misma ropa, el mismo corte de pelo marcial, lo único que cambiaba era el color de la camisa: Salmón, Beige, Durazno, Bermellón y Prusia. Si se les miraba desde un costado parecían una imagen estroboscópica, efectos visuales que se logran con el LSD o en rituales para pedirle a la Pachamama una cosecha abundante, un Andy Wharhol de la política de cuadros.

– ¡Cállate! — ordenó Camilo

Las notas del himno comenzaron a sonar y él se cuadró en su saludo. Su postura rayaba en la locura de la perfección: el pecho erguido, la mirada perdida en la pared del fondo donde alguien había colgado un cartel de cuatro mártires. Cada fotografía se tomó cuando los retratados tenían disímiles estados de ánimo: de los dos del centro, uno estaba alegre y el otro, estresado; y los de las esquinas, el de la izquierda, molesto, y el de la derecha, indiferente. Hidra de polietileno con trastorno tetrapolar.

Yo jugué a imitar el saludo de Camilo; pero, aunque colocara cada parte de mi cuerpo en la misma posición que él, como si lo calcara, no me salía. Faltaba algo subjetivo. La ideología que transmuta el cuerpo: la fe es una piedra para afilar la mirada; el fervor convierte en mármol los músculos, entrenamiento de la carne para cuando se vuelva piedra y la coloquen en un pedestal; la intransigencia revolucionaria te abre el tercer ojo del chacra y te rodea con el halo divino que se encuentra en grabados de Siddhartha en las paredes de los templos de Cambodia «¡Karma, pueblo!» Con todo esto de las posturas recordé a Marx y la frase que la historia está condenada a repetirse, una vez como farsa, la otra, como tragedia. Si yo era la farsa, entonces Camilo sería la tragedia; ello me asustó.

– (…) — Dijo Bermellón.

Camilo se inclinó hacia la butaca de la fila del frente, colocó los codos en el filo del espaldar, cruzó los dedos como si fueran una red y apoyó el mentón encima de ellos. Yo mientras tanto me dediqué a detallar el auditorio. Tres filas detrás de nosotros un medio rubio le hacía cosquillas en la nuca a una mulata que se erizaba y se volvía hacia él para pelearle, y el muchacho la besaba en la oreja como ofrenda de paz. Más arriba de ellos, casi pegada al fondo del Salón, había una señora de unos cuarenta años arrellanada por completo en el asiento, miraba embelesada a su móvil, seguro en ese momento mataría zombies con disparos de guisantes, llevaba unos espejuelos que le hacían equilibrio en la punta de la nariz. Aguardé que se les cayeran de un momento a otro, pero no sucedió nada.

En la primera línea de asientos, se agrupaban unos cinco ancianos, todos andaban, como Camilo, absortos en el discurso de Prusia, pero de repente el de la esquina derecha le pasó un papelito al que estaba a su lado y así sucesivamente hasta que llegó el mensaje hasta el señor sentado en la última butaca de la izquierda. En la misma fila que nosotros, a unas seis butacas de mí, un muchacho hojeaba un libro que apoyaba sobre los muslos para que no lo sorprendieran desde la Presidencia. Esperé cerca de tres minutos para que colocara la caratula en tal posición que pudiera ver el título, «Veinte poemas para leer en una tranvía» de Oliverio Girondo.

– Atiende — me reclamó Camilo.

– ¿De verdad te interesa escuchar lo que dicen allá adelante? Aquí nadie le está prestando la más mínima atención.

– Es importante lo que tienen que decir, porque…– dudó por un segundo — creo…

– (…) — intervino Salmón.

– Atiende y ya — Camilo se calló y volvió a mirar hacia la mesa de la Presidencia.

Regresaban a mí sus palabras del sábado en la noche. Existen muchas maneras de estar desfasado, solo que el uso más comercial del sintagma es el de la ruptura entre el tiempo interior y el tiempo exterior, lo más probable es que se refiriera a ello, pero, tal vez, también hablara de un quiebre entre el instinto y la razón, como aquellos que sueñan con ponerle un traspiés a los ciegos, o entre el cuerpo y la mente, como quienes aún no han entendido que una idea caliente no es sopa de pollo y que la mayéutica no se sirve con salsa Bechamel. Quizás todas ellas se mezclaran en él; es decir, sintiera un desfasaje totalizador, como al forajido que le amarraban cada miembro a caballos que corrían a cada uno de los puntos cardinales: el desmembramiento-rosa náutica, la ruptura absoluta.

Camilo estaba en silencio de nuevo. Yo miré a la señora del fondo para comprobar si los espejuelos ya le habían saltado desde el trampolín de la nariz, pero esta ya no estaba. Seguro aprovechó su posición privilegiada cerca de la puerta de salida para escabullirse con discreción. En ese momento la envidié con toda mi alma.

– ¡Socio, socio! ¡Déjame ver el libro! — llamé por lo bajo al muchacho que leía en la misma fila que nosotros. No me escuchó; concentrado marcaba las páginas con un bolígrafo. — ¡Socio, socio! — Sentí de repente un intenso dolor en el costado.

– ¡Pipo, tranquilízate! — Camilo me había propinado un codazo en las costillas. — Hay gente que la reunión les interesa.

– ¿En serio? — Observé a los señores mayores de la vanguardia, casi todos, estaban con la cabeza echadas hacia atrás y los ojos cerrados, como si interiorizaran más cada palabra al desposeerse del don de la vista, al quitarse de encima cualquier distracción sensitiva que no fueran las ondas de sonido provenientes de la mesa de la Presidencia. En cualquier punto, se quedarían dormidos y entonces alcanzarían la nulidad.

– Sí, en serio. ¿Nunca has pensado que no es lo que hablan, si no lo que representan?

– ¿Y qué representan entonces? — Camilo caviló por unos segundos.

– Una postura.

– ¿Cómo las del Kama Sutra?

– No jodas. Tú sabes de lo que hablo, tomar partido por algo.

– ¿Es decir que para ti esta reunión es un acto de fe?

– La fe es la creencia irracional en algo. Tal vez… — dudó un momento — intento comprobar si la fe se puede volver tangible — calló de nuevo.

– (…) — explicaba Salmón.

Tal vez este resultara un acto de flagelación para Camilo, como el de los monjes en algún tétrico monasterio en Rumania, pero no lo creía, porque para ellos constituía un acto de expiación y él no pedía perdón por nada, él no buscaba un pase VIP para el San Pedro Night Club; en todo caso yo lo imaginaba como un acto de alineación, la conversión de una dicotomía en una utopía, evitar el desmembramiento-rosa náutica a través de una prueba de resistencia y empatía.

Escuché a mi espalda unos susurros, un rozar de voces. Con discreción miré hacia el sitio de donde provenían. Era la pareja que conversaba algo. A los cinco minutos ella extrajo de su bolso un pedazo de papel sanitario que agitó en el aire por un segundo, para que todos supieran que solo iba al baño, pero que regresaba. El muchacho esperó unos diez minutos e introdujo el bolso de ella en su mochila y sacó una fosforera de su bolsillo y comenzó a pasársela entre la intersección de los dedos, para que todos supieran que solo iba a fumarse un cigarro, pero que regresaba. Ninguno de los dos regresó; el plan, aunque teatral y ridículo, dio resultado.

Sentí un murmullo próximo a mí. Camilo tarareaba por lo bajo, la misma canción del sábado, al aprovechar que Salmón había interrumpido su discurso para abrir su pomo Ciego Montero.

– ¿Qué tarareas? — lo toqué por el hombro.

– ¿Qué? — preguntó un poco molesto.

– ¿Qué tarareas?

– La canción de los marcianos. Tú sabes «los marxianos llegaron ya y llegaron bailando chachachá». La pusieron el otro día en la radio. Creo que nunca la había escuchado completa.

– No cantes por favor o vas a terminar de espantar a los cuatro gatos que quedan aquí. — por primera vez en la tarde sonrió. — Leí en alguna parte que la canción se compuso porque cuando Orson Welles hizo la versión para la radio de La guerra de los mundos, la gente pensaba que los marcianos nos invadirían de un momento a otro y aquí hubo un avistamiento de un platillo volador en un estadio de La Habana y entonces….

Prusia carraspeó en ese momento para llamar a silencio al salón.

– Esto es por tu culpa, por estar hablando tanto — me dijo Camilo por lo bajo.

Yo solo me encogí de hombros. Ahora comprendía el propósito de su comportamiento estoico en la reunión. Él era el soldado al que el teniente le grita a dos centímetros de su cara y lo llena de gotas de saliva que se deslizan por su frente, por sus carrillos, pero que no se mueve, porque sabe que hay que someterse a mínimas inmolaciones personales por el Ideal. No teníamos la posibilidad del Gran Sacrificio — el Héroe que con su cuerpo para en seco a los tanques de guerra, porque las astillas de sus huesos atascan las esteras — , sino de los pequeños, de esos por los cuales no incluirán tu rostro en una hidra de polietileno.

Sin embargo, los pequeños sacrificios tienen un efecto acumulativo y te matan de a poco. No es el fin glorioso de los bombillos incandescentes que explotan de repente y por un segundo brillan en toda su gloria; sino el intermitente, el del falso contacto, te apagas y te enciendes, hasta que el fusible se rompe y nunca logras llegar más allá de la luz standard. Y Camilo, y Camilo se pensaba desfasado, como si en esta época hasta mantener la luz standard resultara cada día más complejo.

– Permiso necesitan con urgencia a los compañeros en la Rectoría ­– gritó una señora desde la puerta al costado de la tarima. Los cinco de la Presidencia se giraron hacia ella al unísono.

– (…)

– (…)

– (…)

– (…) — parlamentaron.

– (…) — confirmó Salmón y dos de los compañeros se retiraron junto con la mujer.

De reojo observé como el muchacho cerraba el libro y lo echaba en su bolso. Parece que solo veinte poemas para leer en un tranvía no le eran suficiente y al concluir su trayecto correspondía apearse. Caminó parsimonioso hasta la salida del fondo; él sí que no necesitó ni teatralidad ni subterfugios. Bermellón lo siguió con la vista y por la expresión de su rostro pensé que lo iba a regañar, pero, al final, no dijo nada.

– (…) — retomó el hilo de su discurso Salmón en ese instante.

– … y entonces se armó tremendo revuelo con eso del platillo volador — le hablaba en el oído a Camilo — al final, el platillo estaba hecho de cartón con un recubrimiento de celofán y de adentro salieron unas bailarinas medio encueras y creo que hasta Rosita Fornés.

Él no reaccionaba, por lo menos no con un gesto enfático, pero un ansia contenida se notaba en un leve temblor en los párpados, en la manera que apretaba la boca como si las palabras fueran una tatagua que aprisionara entre los labios y a la menor apertura se le escapara como un presagio de muerte.

– Resulta impresionante la capacidad que tenemos en este país para volver el caos, gozadera, — la mariposa agitaba sus alas negras con más furor y los cerezos en Japón se deshojaban en ráfagas rosadas, ante los embates de un tifón. El efecto tatagua.

– ¡Pinga! ¿Isaac, por qué haces eso? — explotó de repente y una estela negra lo sobrevoló.

Camilo, yo he observado como guardabas silencio cuando la gente contaba un chiste sobre el gobierno o como la vez que nosotros agarramos las pancartas del sindicato metalúrgico en un desfile del primero de mayo e improvisamos una conguita con La Internacional, tú bajaste la cabeza y cantaste para ti, o como cuando pedían un voluntario para ser jefe de destacamento o de colectivo y todos manteníamos las manos dentro de los bolsillos y la tuya se levantaba como si quisieras acariciar una nube. O como casi lloras cuando la gente del aula del lado en el pre le pintaron un chivo y unos bigotes de Dalí a un retrato del Che. Camilo yo observaba tu miedo a que la apatía tocara a tu puerta un sábado en la mañana y te robaran de tu sueño y no tuvieras más remedio que abrirle e invitarla a tomar un café.

Camilo, te pienso como los veteranos de guerra que en invierno le duelen las viejas heridas y se frotan un poco las cicatrices para calmarlo. Y este invierno es muy crudo y se demora demasiado y tus cicatrices no se pueden frotar porque no se encuentran en la carne. Y esta reunión concebida en la imaginación de Luis Buñuel, el discreto encanto de la burocracia, es tu acto y auto de fe. Y dentro de ti hay comisiones y colisiones y colibríes. Y sé que piensas que si soportas todo ello sin quebrantarte adquirirás el desparpajo uniforme del ondear de las banderas. Y yo de sádico social solo quiero ayudarte, porque sé que entre más difícil sea el reto para ti, más ligero te sentirás después, cuando lo rebases.

– Yo… — comencé a contestarle.

Dos señores de la primera fila, los de la esquina derecha e izquierda, se pusieron de pie y ambos señalaron el reloj en su muñeca para dar a entender que llegaban tarde a algún sitio. Beige afirmó con la cabeza, como para permitirles marcharse, y ellos se fueron por la puerta del costado. Además de Camilo y yo solo quedaba en el auditorio un compañero desnucado en la butaca que, de vez en cuando, se le escapaba un ronquido: había alcanzado, al fin, la nulidad.

– (…) — tomó la palabra Durazno.

Camilo volvió a su tarareo. Concebí ese pequeño acto de rebeldía como su forma de descompresionarse, las burbujas que liberan los buzos cada vez que descienden par de metros para que la presión no les aplaste los órganos internos; y él estaba sometido a más presión por cada minuto que se alargaba la reunión.

–Los marcianos llegaron ya y llegaron bailando chachachá… — yo me monté arriba de su melodía y comencé a cantar — Los marcianos llegaron ya y llegaron leyendo el Capital — parodié — Los marcianos llegaron ya y llegaron leyendo el Capital.

Camilo se rio, se rio de repente y me contagió y ambos reímos como dos imbéciles. Las carcajadas resonaban por todo el lugar gracias a su acústica de anfiteatro griego y al retornar a nosotros, nos reíamos de nuestra propia risa, y así in crescendo y en un ciclo que amenazaba con volverse infinito.

– (…) — nos regañó Durazno

– (…) — nos regañó Salmón

– (…) — nos regañó Beige

– (…) — nos regañó Prusia

– (…) — nos regañó Bermellón

– Disculpen, compañeros, no va a pasar más — gritó Camilo hacia el escenario, aún con los ojos aguados, y me dio otro codazo por la costilla para que yo parara de reír.

Sobrevino un silencio sinfónico, solo roto por el rítmico ronquido del señor de la primera fila — silencio, silencio, ronquido, silencio, silencio, ronquido — que con todo el barullo no se había despertado. Camilo colocó de nuevo los codos en el espaldar de la butaca del frente y apoyo el mentón sobre sus dedos cruzados en red para atender a la presidencia; yo lo imité.

– (…) — prosiguió Prusia.


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