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La Revolución siempre tiene nombres y apellidos. Apuntes sobre el pensamiento antirracista de Fidel Castro

Foto: Volker Figueredo Véliz, de la serie «Los cubanos»

Por Zuleica Romay Guerra

Este texto fue incluido en Ana Cairo Ballester (comp.): Audacia Cultural. Fidel. Imaginarios, tomo 1, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2018, pp. 358–375. La presente edición es su versión definitiva.


Durante este proceso, en el cual solo existían gérmenes de socialismo, el hombre era un factor fundamental. En él se confiaba, individualizado, específico, con nombre y apellidos, y de su capacidad de acción dependía el triunfo o el fracaso del hecho encomendado.

Ernesto Che Guevara, El socialismo y el hombre en Cuba


La posición de Fidel Castro ante la cuestión racial cubana,[1] así como la influencia que su discurso y ejecutoria política han tenido sobre la evolución de las relaciones interraciales en el país, constituyen temas recurrentes en el debate público sobre la permanencia y reproducción social del racismo. Las argumentaciones, tanto las que consideran que Fidel «hizo personas a los negros cubanos», como las que aseveran, desde el otro extremo, que «los negros en Cuba viven igual o peor que en 1959 y el discurso del gobierno es propaganda», suelen centrarse en las referencias directas que sobre este asunto aparecen en sus discursos oficiales, emprender lecturas interpretativas de las estadísticas sociales, o valorar el papel de los negros y mestizos en procesos y sucesos de la historia reciente.

Tales abordajes intentan compensar la relativa escasez de pronunciamientos del líder cubano sobre la cuestión racial, si bien dilucidar sus obstáculos y vericuetos resulta vital para el afianzamiento de un propósito cimero del modelo sociopolítico cubano: la unidad nacional en torno al proyecto social que, delineado en La Historia me absolverá, ha sido enrumbado, precisado y reconceptualizado más de una vez, ante diferentes amenazas al desarrollo endógeno del socialismo cubano.

Que de forma oficial Fidel Castro ha abordado el tema con poca frecuencia, lo confirma la apelación constante de estudiosos cubanos y extranjeros a los mismos discursos y, dentro de ellos, a algunas frases clave, suficientemente contundentes para ejemplificar o sustentar un argumento. De forma recurrente, se citan las alocuciones que en marzo de 1959 provocó un artículo de Juan René Betancourt en el que este demandaba al liderazgo revolucionario atención a la problemática racial;[2] la archiconocida afirmación de la Segunda Declaración de La Habana, en la que el asunto de marras ocupa apenas un renglón; los pronunciamientos de condena al extinto régimen de apartheid, favorecedores de la independencia de Namibia y el respeto a la integridad territorial de Angola, entre otros asuntos de geopolítica africana; y las autocríticas expresadas ante los pobladores de Harlem, en septiembre de 2000[3] y los delegados al Congreso Internacional de Pedagogía celebrado en La Habana casi tres años después.

Las referencias relativamente escasas del líder cubano a tema tan controversial; el mal servicio brindado por quienes se muestran más preocupados por evitar revolucionarias disensiones que por clarificar su pensamiento en torno a la cuestión; y el pequeño número de autores que aplican su talento interpretativo a este asunto concreto, han generado cierto vacío en los abundantes estudios que sistematizan, desde Cuba, diferentes aspectos del pensamiento de Fidel Castro.

La práctica positivista de aislar los problemas sociales para su estudio, tal como los biólogos hacen con los virus, o de considerar «variables controladas», sumada a cierto fervor reivindicativo de colegas inconformes con la relegación académica y política que la cuestión racial y sus problemas sufrieron durante años, también han fomentado el tratamiento parcelado, e incluso sectario de una problemática relevante para nuestra inconclusa cubanidad.

Para rastrear la huella antirracista en el pensamiento social de Fidel Castro, he prestado mayor atención a sus experiencias de niñez y juventud y a los testimonios de quienes le conocieron en esa época; examinado las opiniones contenidas en sus entrevistas autobiográficas;[4] revisitado reportajes periodísticos y audiovisuales relacionados con la erradicación de barrios insalubres en la capital cubana; y leído sus intercambios con intelectuales presentes en el VI Congreso de la UNEAC y con estudiantes y egresados de los cursos de Trabajadores Sociales, en la primera década de este siglo. Estos últimos diálogos — nunca publicados en periódicos nacionales ni difundidos en formato audiovisual en plataformas de libre acceso— son comparecencias públicas en las que el talante pedagógico de Fidel, su estilo oratorio más laxo e informal y el ambiente de confianza generado entre los participantes emulan la calidez de las charlas entre viejos conocidos. Mi perspectiva expresa el interés en el estadista que, un tanto desligado de la tribuna, medita cuidadosamente las palabras, tantea como si dudara y, menos enfático que de costumbre, habla en primera persona y en singular la mayor parte del tiempo.

Fidel Castro fue educado en una familia consciente tanto de la existencia de colores de piel y culturas diferentes como de sus consecuencias, pues en Birán la presencia de braceros antillanos — sobre todo de Haití—, era numéricamente significativa. Los diálogos interculturales y las prácticas sociales que allí se produjeron condicionaron su percepción sobre la influencia que la pobreza, el retraso cultural y las duras condiciones de existencia tienen sobre la trayectoria vital de las personas, le inculcaron una concepción de las relaciones sociales mucho más democrática que las presumibles en el vástago de un terrateniente y le mostraron el valor de la solidaridad:

[…] allí, en la propia finca de mi padre había los barracones de haitianos. Estaban allá, en casitas de guano, había dos o tres mujeres y había como 60 o 70 inmigrantes; trabajaban durísimo y aquello estaba rodeado por latifundios […].[5] Todos los compañeros con los que yo jugaba, en Birán, con los que iba para arriba, para abajo, por todas partes, era la gente más pobre, algunos de los cuales, incluso, a la hora del almuerzo, yo les llevaba una lata llena de comida excedente, por no decir sobrante, de mi casa. Yo iba con ellos al río, a caballo o a pie, por todas partes, a tirar piedras, a cazar pájaros, una cosa condenable, pero era la costumbre de usar el tirapiedras […].[6]

El testimonio de un antiguo compañero de juegos — entrevistado en Haití para el documental Reembarque[7]— confirma que en Birán las diferencias epidérmicas no tenían mucha importancia. Esto no solo evidencia el ejercicio de un antirracismo naturalizado en la vida cotidiana, sino también una educación liberal, en el más amplio sentido del término. Es la ética familiar que Fidel ratifica cuando comenta la actuación de sus padres:

A ellos no les preocupaba que nos mezcláramos con los haitianos, sí que nos enfermáramos comiendo alimentos que pudieran indigestarnos. Nunca en la casa nos prohibieron tratar con los obreros, relacionarnos con los haitianos, blancos, negros. Tal tipo de manifestación nunca la vi en la casa. No se discriminaba a nadie por el color de la piel, la pobreza, la posición social. Nunca vi una manifestación de tal tipo. Los conflictos eran porque se preocupaban por nuestra salud, por lo que comíamos o por lo que hacíamos, no fuera a ser que enfermáramos.[8]

Fidel crece al amparo de los valores observados por sus progenitores: pobres, analfabetos y migrantes — internacional él, interna ella— que echan raíces al pie de un lomerío, decididos a proveer bienestar a su descendencia. El hijo cuenta que ambos aprendieron a leer y escribir casi por su cuenta y que Ángel, pese a sus pocas letras, llegó a administrar unas 11 mil caballerías de tierra entre patrimonio propio y ajeno. Firmeza de carácter, justeza, austeridad, capacidad organizativa y dedicación al trabajo son cualidades que Fidel aceptará como herencia familiar y que estimulará en otras personas a lo largo de su vida. En la heterodoxa sociabilidad de la familia Castro Ruz hay un ideal de fraternidad que sirve de sustrato a las lecturas de Fidel, un adolescente desprovisto de preceptor que oriente sus búsquedas cognoscitivas, sin más brújula que su sensibilidad ni otro incentivo que lo aprendido por sí mismo. En el bachillerato lee mucho a Martí, encuentra inspiración en su poesía, solaz intelectual en su refinado periodismo cultural y horizontes nuevos en sus escritos políticos, que reafirman su fe en un futuro mejor para Cuba. Ha constatado la complejidad y dureza de la lucha en la correspondencia de Antonio Maceo y estrenado su pensamiento estratégico con el estudio de los combates liderados por Máximo Gómez.

Jacobino por vocación, toma de los ilustrados y revolucionarios franceses los rudimentos de lo que más tarde convertirá en portentosa filosofía de la igualdad. La admiración y la emoción guiarán su aprendizaje y sedimentarán referentes éticos y herramientas de análisis aplicables a la realidad cubana. Su particular paradigma de igualdad emula la erudición de Voltaire y su habilidad para conectar pasado y presente; apela a Rousseau para construir estrategias argumentativas y estudia a Danton para pulir su estilo oratorio. Su insaciable curiosidad, principal estímulo para una precoz y cada vez más sólida formación autodidacta, da sustento a su fe en el papel de la educación y la cultura como propulsores del ascenso social de las clases y grupos preteridos en la sociedad.

Había leído la historia de la Revolución Francesa, sobre las asonadas, las manifestaciones y la insubordinación popular. Cuando estaba en el bachillerato, y ya en la Universidad, una de las cosas que más me impresionó fue el texto de la Revolución Francesa — confiesa a su más joven biógrafa—, conocía lo que era un terrateniente, una propiedad terrateniente; una familia terrateniente; quiénes eran los trabajadores, los obreros, que no contaban con nada, que producían una riqueza que no disfrutaban y eran despojados del fruto de su propio trabajo. Podía entenderlo perfectamente, había tenido la oportunidad de verlo muy de cerca, con mis propios ojos. Para mí tales ideas eran irrebatibles, al igual que las verdades de que habla la Declaración de Derechos del Hombre […].[9]

Esas convicciones explican su incorporación, en 1949, al Comité de Lucha contra la Discriminación Racial, constituido en la Universidad de La Habana por Juan René Betancourt, Walterio Carbonell, Calixto Morales y otros estudiantes. Fidel como Rousseau, piensa la emancipación a través del saber, con una mirada que aprecia integralmente a los desheredados de siempre sin atribuir el desamparo a alguna cualidad específica. Comienza a comprender que hay particularidades, circunstancias, que pueden acentuar la desventaja, la fragilidad de un grupo social determinado; y aunque en su primer diagnóstico público sobre la situación de Cuba — La Historia me absolverá— presenta los ejes que han de sustentar la transformación de la sociedad toda, su argumentación no se detiene en la consecuencia inmediata de cada uno de los problemas enunciados, sino en su trascendencia social.

Cuando en el juicio del Moncada denuncia la situación de «[…] los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están desfalcados, cuyas conquistas les están arrebatando, cuyas viviendas son las infernales habitaciones de las cuarterías, cuyos salarios pasan de las manos del patrón a las del garrotero, cuyo futuro es la rebaja y el despido, cuya vida es el trabajo perenne y cuyo descanso es la tumba […]»,[10] Fidel no se refiere, aisladamente, al problema de la vivienda, el empleo o la salud pública, ni problematiza, según sus tonos epidérmicos, la situación de los trabajadores mencionados, sino que caracteriza la deshumanizada explotación a que son sometidos los de abajo.

Armado de esta visión de la justicia y la equidad social Fidel Castro arriba al escenario de luchas de 1959, en una sociedad que, habiéndose cohesionado como nunca antes frente al poder militar y la decadencia moral de la maquinaria batistiana, llega al triunfo con una madeja de contradicciones sin resolver, entre ellas, las que atañen al color de la piel, sus significados y consecuencias. La contienda que entonces se libraba, no era entre blancos y negros, ni siquiera entre ricos y pobres, pues no pocos integrantes de las clases poseedoras contribuyeron, de una u otra forma, a la victoria de enero. La porfía, que sería a muerte después de abril de 1961, enfrentaba a los esbirros del batistato y los nacionalistas insurrectos, los explotadores y explotados, los anexionistas y patriotas.

Todavía no quiere Fidel que excesos de radicalismo clareen las filas de la Revolución y el 25 de marzo, en una conferencia de prensa realizada por el canal 12 de la televisión, comenta, cuidadoso, la pregunta de una joven, inquieta por sus declaraciones condenatorias de la discriminación racial en Cuba:

Yo no le dije a nadie que aquí íbamos a abrir los clubes exclusivos para que fueran a allí a bailar o a pasear los negros. Yo no dije eso. La gente baila con el que quiera, y pasea con el que quiera, señor. Y se reúne con el que quiera […] Respeto les pido a unos y les pido a otros; comprensión les pido a unos y comprensión les pido a otros; y a los que más, como siempre, les voy a pedir el sacrificio y a los que más les voy a pedir respeto, es precisamente a los cubanos negros, porque esa es la batalla que estamos librando para que se acabe la discriminación; y acabarse la discriminación no quiere decir, señores llenos de prejuicios y de tonterías, poner a bailar a la gente si no tiene ganas de bailar.[11]

Su respuesta, aunque enérgica, apela al ideal de integración fraternal que han interiorizado negros y mestizos desde la gesta anticolonial; les exhorta — como ya había hecho Martí— a no estimular con una actuación inmoderada el mantenimiento del statu quo; ratifica la extensión de límites de la acción social que la Revolución inaugura para los ciudadanos considerados no blancos; y fija el ámbito personal como frontera que el afán democratizador del proceso se compromete a no violar.

Bien sabe Fidel que la democracia social entronizada por las primeras medidas anticapitalistas logrará socavar los diques de hipocresía y oportunismo construidos por la sociedad colonial y reproducidos durante la república burguesa, en contraposición a la constante mixtura racial y cultural de la población; está convencido de que los hijos — tal como su generación acaba de hacer— clavarán su pica en alturas a las que los padres no pudieron o no osaron llegar.

Pero la tensión provocada por su antirracismo radical demuestra cuán frágil es todavía el consenso entre los sectores y grupos que apoyan a la Revolución. Por eso no espera a disponer nuevamente del poder irradiante de la televisión ni tener como auditorio una representación de los estratos urbanos, los más susceptibles a los prejuicios inferiorizantes que ha repudiado; y el 29 de marzo, ante miles de campesinos concentrados en el principal parque de Güines, Fidel insiste:

[…] planteé el problema de la discriminación racial. Y hablé claro, planteé el problema serenamente. Lo planteé claro, expliqué sus causas, dije bien claramente que era una cuestión fundamentalmente de educación. Y sin embargo, me encuentro con una triste realidad, que mucha gente no me había entendido, que mucha gente me criticaba […] Y yo me pregunté, entre otras cosas por qué no me comprendieron mucha gente cuando planteé el problema. ¿No era una injusticia igual que las demás? ¿Y por qué gente que aplaudía cuando rebajamos los alquileres o cuando hablamos de proscribir el latifundio me criticaron cuando planteé el problema de la injusticia de la discriminación racial?[12]

Hombre de formación humanista, comprometido con los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, no está dispuesto a ceder en lo que considera una cuestión de principios y elemental justicia. Por eso se arriesga:

Era como si hubiera revuelto todos los prejuicios que yacen en el fondo del pueblo, porque los hemos heredado a través de los siglos […] hubo gente que se confundió y que se dejó confundir […] Y si por querer esto para unos cubanos que son tan cubanos como los demás, tan hijos de esta tierra como los demás, seres humanos como los demás, me odian, pues que me odien, y si por eso me van a combatir, pues que me combatan.[13]

Está convencido de que los prejuicios y discriminaciones son atavismos culturales transmitidos de una generación a otra con relativa independencia del estatus social y las edades de los implicados. Razona que la reactividad a su discurso radical puede ser contenida mediante la participación consciente en la obra social de gran calado y alcance universal que la Revolución impulsa; y apuesta por concentrar la fuerza transformadora del nuevo poder en una equiparación de las condiciones de existencia que fuerce el cambio de mentalidades.

Con la promulgación de la primera Ley de Reforma Agraria se eliminó el pago de rentas que afectaba al 85 por ciento de los campesinos, aumentó su poder adquisitivo y se elevó la ocupación en la agricultura en 208 mil plazas, produciendo una redistribución de ingresos de entre 250 y 300 millones de pesos anuales. La rebaja de las tarifas telefónicas (Ley N° 122 de marzo de 1959) descargó los gastos de la población unos cinco millones de pesos, mientras que la Ley N° 135 del mismo mes, disminuyó los alquileres de la vivienda entre un 30 y un 50 por ciento, con beneficios aproximados de 113 millones de pesos. Ese mismo año, en agosto, la Ley N° 502 de agosto de 1959 aminoraría las tarifas eléctricas en alrededor de 15 millones de pesos, con un impacto económico similar al provocado por la reducción de precios de un amplio catálogo de medicamentos. La generación de decenas de miles de puestos de trabajo y medidas concretas para asegurar la elevación de los salarios de los trabajadores — que entre 1958 y 1960 reportaron alzas en los ingresos reales de entre 30 y 40 por ciento—, complementaron el esfuerzo estatal para dar más a los que tenían menos. [14]

Un déficit habitacional de 700 mil viviendas y las dantescas condiciones de vida de la familia campesina le compulsan a buscar soluciones. La Ley 218 de 1959 atacó la especulación con solares yermos para propiciar la construcción de viviendas y otras instalaciones. Fue un paso previo a la promulgación, el 14 de octubre de 1960, de la Ley de Reforma Urbana, la cual garantizaría, en tres etapas, el derecho de cada familia a tener casa propia.[15] El programa de construcción de viviendas — respuesta a una de las problemáticas planteadas en La Historia me absolverá— constituyó una positiva experiencia en la primera etapa de transformaciones revolucionarias. Entre 1959 y 1961 se puso en marcha el sistema de Esfuerzo Propio y Ayuda Mutua, una iniciativa que posibilitó construir sus casas a muchas familias interesadas en mejorar sus condiciones de vida y recibir, a su vez, ayuda financiera.[16] La materialización de ese esquema puso mucho acento en la erradicación de barrios insalubres urbanos, asentamientos poblados en su mayoría por negros y mestizos.[17]

Crecido en la sobria comodidad provista por su familia, Fidel Castro nunca se sintió tentado por el sofisticado estilo de vida de las elites burguesas de la segunda república. Al contrario, conoció desde el ejercicio de la abogacía la calamitosa vida de los estratos más empobrecidos del país, entre ellos los del barrio «La Pelusa»,[18] conminados al desalojo por los codiciosos contratistas de la futura Plaza Cívica, a quienes el bufete de Tejadillo 257 representó. Pocos años después, el esfuerzo constructivo del Gobierno Revolucionario ofreció una respuesta concreta a la erradicación de la marginalidad fomentada por la pobreza, al erigir 85 447 viviendas con este fin entre 1959 y 1963.[19]

El nuevo poder no solo inició la transformación radical del contexto material de los grupos sociales antes preteridos, sino que les convocó a construir un nuevo universo espiritual. La Campaña de Alfabetización liberó a más de 700 000 cubanos de los grillos de la ignorancia; la democratización de los espacios públicos decretó el libre acceso a las playas y los clubes de la burguesía y la reconstrucción de los parques con sendas segregadas; la nacionalización de la enseñanza juntó en el mismo pupitre a niños negros y blancos, pobres y acomodados.

La emancipación que las nuevas y útiles virtudes de la Revolución garantizaba a quienes fueron obligados a vivir en los márgenes de todo, trazó el itinerario de una marcha sin retorno.

En breve diálogo con Malcolm X, sostenido en la madrugada del 20 de septiembre de 1960, en el Hotel Theresa, en Harlem, al preguntársele por las acciones encaminadas a la emancipación definitiva de los cubanos negros, Fidel respondería: «Luchamos por toda la gente oprimida».[20] Para entonces, sus mayores esfuerzos en el campo de las relaciones interraciales se encaminan a consolidar la democracia social entronizada, para que esta — incorporada a la cotidianidad y transformada en hábitos— genere una cultura nueva. El propósito, mucho más evidenciado en el quehacer cotidiano del joven estadista que en su discurso político, le sería explicado a Ignacio Ramonet cuatro décadas después: «Al principio nosotros acabamos con algunos barrios marginales. Pero ya existía una cultura de la marginalidad: aunque tú construyas casas nuevas los fenómenos que se daban en aquel lugar tienden a prolongarse, salvo que surja una nueva cultura a partir de los conocimientos.».[21]

Así, estará muy atento a la concreción de las más radicales y universalistas medidas de la Revolución y su impacto en las condiciones de vida de los sectores postergados por la sociedad neocolonial, entre ellos los negros y mestizos; impulsará el conocimiento de África y su cultura y la reivindicación de su presencia en la constitución nacional cubana;[22] iniciará, con esfuerzos de cooperación médica y militar en Argelia, Guinea Bissau y el antiguo Congo belga el ejemplar reencuentro de Cuba con sus raíces africanas; y encabezará, casi sin excepción, la lista de mandatarios prestos a establecer relaciones diplomáticas con cada una de las repúblicas emergentes del proceso de descolonización en aquel continente.

Durante los años sesenta, nuevas instituciones culturales aportarían, desde el arte, un importante contenido a la campaña de bien público que se llevaba a cabo siendo el Instituto de Etnología y Folclor de la Academia de Ciencias de Cuba, el Instituto de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), el Teatro Nacional de Cuba, el Conjunto Folclórico Nacional y la Casa de las Américas las más relevantes entre ellas.

La exaltación de los aportes de África a la forja de la nación cubana, la apertura o ensanchamiento del diálogo con otras culturas afrolatinoamericanas y afrocaribeñas, y el análisis de las causas y formas de manifestación del racismo, fueron algunos de los emprendimientos más notables.

Una muestra del esfuerzo realizado en ese periodo es el El Negro, documental de poco más de 9 minutos, producido en 1960 con guion y dirección de Eduardo Manet, fotografía de Raúl F. Suárez y coordinación de Santiago Álvarez. Exhibido entre 1960 y 1962 en Francia, la República Federal Alemana (RFA), Reino Unido, Italia y Australia, fue reconocido en 1961 como «película notable» por el V Festival de Cine de Londres y felicitada por el jurado del Festival de Cine de Oberhausen (RFA) un año después.[23] Aunque su mensaje pudiera parecernos hoy didactista y poco autocrítico, ya que todos los ejemplos de prejuicios y discriminación por motivos de color expuestos en El Negro remiten a otros países, o a fechas pretéritas de la historia de Cuba, dicho documental me ayudó a comprender cómo el gobierno encabezado por Fidel Castro definió la historia y la cultura como bastiones fundamentales para la lucha contra el racismo y la discriminación.

Posteriormente,

tuvieron lugar el discurso de febrero de 1962 y sus diferentes interpretaciones, la más ligera de las cuales es la afirmación de que, al proclamar la supresión de la discriminación por motivo de color, Fidel Castro clausuró el debate sobre la cuestión racial en Cuba. Al «silencio por decreto» — recurso fácil de los que prefieren no bregar con los tonos y matices que un asunto como este tiene— puede oponerse una interpretación algo más realista, pues tirios y troyanos parecen haber aprovechado la contundencia y subsecuente tendencia a la simplificación de un discurso político de carácter asambleario, como el pronunciado por Fidel.

Me inclino a creer que el entusiasmo de las masas y la mayoría de la intelectualidad no les permitió aquilatar los obstáculos culturales y psicológicos que Fidel incitaba a vencer. El resto — una poderosa minoría de conservadores, medrosos y alguna que otra gente decidida a ceder poder, pero no tanto— presionó para silenciar el tema, como si ya se hubiese hecho lo suficiente para empoderar a aquellos cuya ascendencia africana les colocó siempre en el último vagón de «la civilización, la cultura y el progreso». Con esa interpretación burguesa de la equidad y su burocrático ideal de igualdad social hemos lidiado hasta hoy. Fidel se enfrentó a ella, una y otra vez, en sus reiterados esfuerzos por hacer avanzar, con el protagonismo de las masas, una política social radicalmente revolucionaria que garantizara toda la justicia a los excluidos de ayer y sus descendientes, como prometió Martí a su hermano Juan Gualberto Gómez.

El análisis de los debates teóricos que signaron la praxis revolucionaria cubana durante los años sesenta, acostumbra detenerse en las confrontaciones y negociaciones en torno al ejercicio del poder cultural; el papel de los intelectuales en los procesos políticos en marcha; la elección del modelo económico apropiado a una economía subdesarrollada, situada al margen del desate productivo capitalista y sus grandes movimientos financieros; la autoctonía y viabilidad de una cultura revolucionaria y tercermundista; la lucha contra el burocratismo; la unidad de acción de los movimientos revolucionarios; y los mecanismos de dominación capitalista que ya entendían la intersubjetividad social como infinito campo de experimentación. Era un debate que, protagonizado por una amalgamada vanguardia intelectual y política, colmaba los ámbitos de la práctica política, el pensamiento social y la gestión cultural, como han argumentado diferentes analistas.[24]

Parecería que la mujer y el hombre de la calle no figuraban entre los convocados a tal contienda del intelecto y la pasión. Pero allí estaban ellos, intentando absorber el marxismo de los manuales soviéticos recomendados en las Escuelas de Instrucción Revolucionaria; discutiendo durante los descansos en los batallones de milicias; desentrañando, con temblorosos índices, las frases largas que publicaban los periódicos; ocupando sillas junto a intelectuales y especialistas extranjeros para escuchar a Fidel, interlocutor y vocero de todos.

En las confrontaciones ideológicas de esa etapa participan algunos intelectuales negros, interesados en que la cuestión racial formara parte del gran debate nacional, entre ellos Juan René Betancourt, promotor de una «doctrina negra», un proyecto para el empoderamiento de negros y mestizos que fue tildado de racista por la franja más conservadora del espectro revolucionario; Walterio Carbonell, cuya reinterpretación de los preceptos de la ilustración reformista del siglo XIX y su plasmación en la narrativa histórica nacional desencadenó el silencio crítico y la relegación política del autor; y jóvenes afrodescendientes del grupo literario El Puente, portadores de poéticas identitarias percibidas como una innecesaria e inoportuna reivindicación de la filosofía black power.[25] La poca visibilidad social que tuvieron tan disímiles propuestas y la energía con que fueron abortadas, se corresponden con el carácter marginal que la práctica política de aquellos años asignó a la problemática racial.

El análisis de los discursos y comparecencias de Fidel Castro entre 1962 y 1968 nos muestra a un hombre que anda y desanda disímiles caminos, confronta la teoría con la práctica y reflexiona, una y otra vez, acerca del socialismo posible. Siempre en movimiento, observa, pregunta y empareja sudores con campesinos y macheteros, mientras recorre el país acompañado por gente tan curiosa como él mismo.

Sus discursos y entrevistas tienen referencias abundantes y cifras precisas sobre otras realidades, algunas geográfica y culturalmente distantes. Lee mucho, nadie sabe a qué hora, a qué velocidad, ni de qué recursos se vale para simultanear e integrar saberes tan diversos.

Cada 26 de julio reflexiona sobre los principales programas de desarrollo del país, compara estadísticas económicas y sociales, da noticias o somete a crítica los nuevos proyectos que escalan en el campo o en la industria. Parece satisfecho, pero no lo está; y cada vez confía más tareas a los jóvenes. Ha llegado al Primer Congreso del Partido con insatisfacciones y reveses, tras encabezar grandes movilizaciones sociales que no condujeron al éxito esperado: la Brigada Invasora de Maquinaria, el Cordón de La Habana, la Zafra de los Diez Millones, ambiciosas estrategias de desarrollo en los que el entusiasmo revolucionario es entibiado por la inconsistencia, la desorganización, la endeblez financiera o el irredento burocratismo insular.

Fidel no pierde de vista a la mujer y el hombre de la calle, no deja de conversar con ellos cada vez que surge — y, sobre todo, que busca— una oportunidad. Pero, por el momento, no repara en sus colores. Está convencido de que los debates de marzo de 1959 ya no tienen vigencia, trascendidos por una política social universalista que materializará los más altos ideales de justicia social. Su discurso del 10 de octubre de 1968 reivindica a los africanos esclavizados y sus descendientes y destaca sus aportes a la forja de la nación cubana; pero parece prestar poca atención a los lastres culturales del colonialismo y no cuestiona la subestimación con que la historiografía tradicional cubana, como norma, refleja la participación de los negros y mulatos en las gestas independentistas [26] y las luchas sociales de la primera mitad del siglo XX.

Tras la intensa crisis en las relaciones bilaterales acaecida entre 1965 y 1968, el ceñudo acercamiento que Cuba inicia con su aquiescencia a la invasión a Checoslovaquia por parte de la URSS, se completa con el ingreso de la Isla al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) en 1972. El Sistema de Planificación y Dirección de la Economía, el modelo de gestión entonces adoptado, entronizó una verticalidad estandarizante en el funcionamiento institucional.

El enfoque universalista de la política social impuso su desbordado optimismo y las huestes de la Revolución marcharon confiadas en que lo pensado como bueno para todos, lo sería, indefectiblemente, para cada uno de los ciudadanos del país, con independencia de sus disímiles historias familiares, condiciones de existencia y prácticas culturales.

A principios de los setenta, la aplicación del principio pedagógico de estudio-trabajo dio respuesta al vigoroso crecimiento poblacional con una amplia red de escuelas en el campo — las denominadas ESBEC e IPUEC—. Casi al mismo tiempo, surgieron las microbrigadas, cuadrillas constituidas en los centros de trabajo para resolver el déficit habitacional que afectaba, en primer lugar, a la clase trabajadora y a la clase media intelectual masificada por la Revolución. Integradas por treinta y tres trabajadores de ambos sexos, la faena constructiva de sus miembros era compensada por los colectivos de origen a través del plustrabajo. Esa innovadora metodología, devenida movimiento de masas por los resortes de carácter moral que utilizó, construyó cerca de 75 000 viviendas entre 1971 y 1978, pero comenzaba a decaer a inicios de la siguiente década, mientras los barrios insalubres se reinstalaban en la periferia capitalina con inconsecuente impunidad, hasta alcanzar, a mediados de los años ochenta, una población aproximada de 50 000 habitantes.[27]

El periodo 1985–1989 y su rutilante sensación de progreso ofreció la última oportunidad de nivelación social a los adultos jóvenes que habían asistido al deshielo del rock anglosajón, inaugurado las escuelas en el campo y adoptado la estética black panthers. En medio de los debates sobre la perestroika y la glasnost, protagonizados muchas veces por estudiantes regresados de Europa del Este y de la pérdida de referentes — más teóricos que ideológicos— de muchos militantes del Partido y la Juventud Comunista, Fidel Castro perseveró en revitalizar, con el quehacer de las masas, las políticas sociales de la Revolución. La construcción del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología sería la primera de las numerosas inversiones del Polo Científico del oeste de la capital; la formación de profesionales y técnicos de la salud creció cuantitativa y cualitativamente para respaldar el Programa del Médico de la Familia y la ampliación de los servicios hospitalarios; mientras que la construcción de viviendas adquiría un inédito ritmo, gracias a la restauración del movimiento de microbrigadas.

La imagen de Fidel Castro al timón de un buldócer, embistiendo las casuchas de cartón y tablas de «La Coronilla»[28] — el primer barrio insalubre eliminado por las microbrigadas sociales—, devino símbolo y promesa para «El Romerillo», «El Fanguito» y los restantes cincuenta y nueve barrios incluidos en un programa de transformación que concluiría en las postrimerías del siglo XX.

Hasta que la crisis económica de los noventa, provocada por la implosión del socialismo en la URSS y Europa del Este, postergó los sueños de muchas familias cubanas y frustró un nuevo esfuerzo masivo para acometer la impostergable dignificación existencial de los humildes ciudadanos en cuyo nombre se proclamó el carácter socialista de la Revolución.

Fidel no dejó de analizar la imbricación entre la transmisión intergeneracional de desventajas culturales y educativas, la pobreza y la disfuncionalidad social, cuestiones que abordó con sistematicidad durante los años ochenta, sobre todo en referencia a la América Latina. Durante esa década lideró una ofensiva política y comunicacional contra el intercambio desigual impuesto por las economías capitalistas más poderosas y demostró que la deuda externa de los países del Tercer Mundo era impagable. Llegó a esa conclusión no solo a través del estudio de indicadores macroeconómicos y sus posibles derroteros, sino, además, del diagnóstico social de la mayoría de nuestros países, en los que identificó las deformaciones estructurales que obstaculizaban la puesta en práctica de coherentes estrategias de desarrollo económico-social.

Nuevamente la gente empobrecida estaba en el centro de su atención, si bien su mirada abarcaba a las sociedades latinoamericanas. Sus lecturas le convencen de que los prejuicios y las discriminaciones, en tanto anclajes de relaciones sociales asimétricas, no pueden analizarse a partir de indicadores aislados, como el color de piel, el género o el origen social. Su juicio sobre el tema resulta coincidente con el de científicos sociales que argumentan el carácter multidimensional de los procesos de subordinación y marginación social. Se percató del estancamiento de la política económica cubana cuando los «mercaditos» aun mostraban anaqueles llenos de frutas en conserva, quesos, embutidos y licores provenientes de Europa Central. Sabía que en periodos de crisis primero se empantana la eficiencia como resultado de la disfuncionalidad de los procesos productivos y luego se tensan las finanzas, hasta que la fiebre, síntoma por antonomasia de las enfermedades infecciosas, llega a las estanterías. Por eso lideró

el hoy olvidado Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas y las resoluciones que sobre este adoptó la sesión diferida del tercer congreso del Partido. Para los tecnócratas, la esencia de la discusión eran los procedimientos de implementación de la política económica; para Fidel, los problemas de la conciencia.

El universalismo liberal trasvasado de la Economía Política soviética acentuó la óptica distributiva de la política económica cubana y los estimulantes incrementos de indicadores macroeconómicos disimularon de mil maneras la perpetuación de la desigualdad social. Las estadísticas sociales nunca dieron cuenta de cuántas familias no pudieron alcanzar las líneas de arrancada en el periodo de mayor progresión social en Cuba, y las diferentes realidades solo fueron perceptibles cuando la crisis disipó la sensación de bienestar social general originada por el optimismo de los ochenta. Una década después, en uno de sus discursos-charla con jóvenes recién graduados de Trabajadores Sociales, Fidel reconoció la falta de integralidad del pensamiento social que orientó los esfuerzos transformadores entre 1959 y 1989, asumiéndolo como un costo inevitable en el duro aprendizaje de hacer revolución:

El sueño de la justicia es la idea clave de una sociedad nueva; el sueño de la justicia es la idea esencial de lo que llamamos una sociedad socialista. La verdadera igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos y para todos los jóvenes y niños es el sueño de una sociedad que pretenda ser verdaderamente justa. ¡Cuántos años han tenido que pasar, y obligadamente tenían que pasar, antes de que nos percatáramos de estas realidades![29]

Mucho se ha escrito acerca del impacto social y cultural del llamado Período Especial; lo que perdimos, sufrimos y aprendimos. Para Fidel Castro, la nueva-vieja realidad cubana constituyó también una enseñanza, otra vez centrada su mirada en el día a día de la gente común. El estadista que en un congreso de la Federación de Mujeres Cubanas concitó sonrisas al recomendar extremo cuidado con las prendas más preciadas de los ajuares femeninos, anticipaba como nadie los tiempos que se avecinaban.[30]

Por entonces, la Revolución podía prescindir de la intuición y echar mano al acervo de las ciencias sociales, pues calificados especialistas estudiaban, desde inicios de los noventa, los múltiples impactos de la crisis, entre ellos el deterioro de las condiciones de vida de la población, la quiebra de referentes éticos, las estrategias personales y familiares de sobrevivencia y los cambios conductuales de diferentes generaciones de cubanos. Con pasión renacentista se discutían hallazgos y dirimían polémicas en el Instituto Nacional de Investigaciones Económicas (INIE), el Centro de Antropología y el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), instituciones académicas que aplicaban innovadores métodos al estudio de las problemáticas sociales.[31] Los resultados de las indagaciones se manejaban con discrecionalidad y palabras como pobreza y racismo todavía generaban reticencias, sobre todo en los diálogos entre la academia y la política, y en las instancias de aprobación de temas para maestrías y doctorados.

Como en ocasiones anteriores, Fidel atravesó todas las trincheras con el escudo de su autoridad histórica y la espada de su inteligencia. Rosa Elena Simeón, la sensible e inteligente mujer que, para suerte patria, era ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), ejecutó diligentemente sus encargos y puso en sus manos los resúmenes ejecutivos de las investigaciones más notables. Cuando en noviembre de 1998, durante el VI Congreso de la UNEAC, varios intelectuales expusieron preocupaciones y experiencias personales sobre la permanencia y los mecanismos de reproducción de los prejuicios raciales y las manifestaciones de discriminación basadas en el color de la piel, Fidel no se mostró sorprendido ni abrumado por la crudeza de los planteamientos e impactó al auditorio con sus consideraciones sobre el tema:

Parecía que dándoles oportunidades a todos y abriendo aquellos clubes aristocráticos a toda la población y el acceso a las playas y las escuelas, a las universidades, a todos todas las posibilidades, estábamos logrando hacer desaparecer la discriminación. Pero hemos comprendido que el problema es mucho más serio. Creímos incluso que desapareciendo las clases y los explotadores y ricos, se iba a crear la verdadera igualdad de oportunidades para todos. Pero después nos dimos cuenta de que la discriminación era un aspecto social y cultural. Si uno les da igualdad de condiciones a todos, no puede olvidar que hay sectores sociales que tienen mucho más nivel de cultura, de preparación. Ellos educan a sus hijos, tienen mejores viviendas, mejores condiciones para todo. Esos sectores sociales que también son revolucionarios y no ricos ni terratenientes, están por encima. Y entonces para entrar en una escuela selectiva, solo ingresan los hijos de los profesionales, y los vecinos de la Habana Vieja no ingresan […] Y podemos observar que entre quienes tienen acceso a determinadas instituciones, la proporción de personas de color blanco, aunque no sean racistas es mucho más alta que la proporción de personas de color negro. Y yo sí no creo en absoluto que sea un fenómeno genético ni mucho menos, pienso todo lo contrario.[32]

Fátima Patterson, Víctor Fowler, Roberto Zurbano y Carlos Martí — delegados al congreso con quienes conversé— reconocen haber experimentado una agradable sorpresa, no solo por la integralidad del razonamiento de Fidel y su comprensión de las causas más profundas de la problemática racial cubana, sino, además, por su compromiso personal con el empeño antirracista que el cónclave de escritores y artistas reinició. Que aquel congreso de la UNEAC estuvo en el origen de un nuevo planteo de las políticas sociales de la Revolución y de un relanzamiento — a través de la denominada Batalla de Ideas— de la radicalidad transformadora que caracterizó su primera y más trascendente etapa, fue reconocido por Fidel Castro en el primer acto de graduación de Trabajadores Sociales, realizado dos años después, en febrero de 2001.

Siempre me llamó la atención su lenguaje cuidadoso en alusión a la cuestión racial. Dado su dominio del castellano y entendimiento de las trampas semánticas de la cultura colonial, me parecían incongruentes sus referencias a lo étnico, una categoría sometida a crítica por la intelectualidad revolucionaria latinoamericana desde la conmemoración del quinto centenario de la conquista territorial e invasión europea de las Américas. El intercambio sostenido a finales de 2015 con la Dra. Lourdes Serrano, exdirectora del Centro de Antropología del CITMA, me hizo comprender que la reincidencia en el error no era fruto de la soberbia intelectual de alguien cuyo poder le permitía resemantizar a voluntad uno u otro vocablo, sino de la sutileza del político, preocupado por excluir de su conversación palabras con potencial ofensivo, por pequeño que este fuese.

No hay que pensar, sin embargo, que Fidel Castro tuviera miedo a las palabras. Ante los pobladores de Harlem, concentrados frente al hotel Riverside para escucharle, habla de marginalidad no para aludir a la dureza de las condiciones de vida, sino a la disfuncionalidad de las conductas.[33]

Cuando representantes de la academia y la política todavía discutían qué términos usar para referirse a la extendida precariedad asentada en desventajas históricas, Fidel fustiga la humillante iniciativa de repartición callejera de juguetes llevada a cabo por la embajada de España en el centro histórico de La Habana, el 5 de enero de 2001. En su valoración de los comportamientos que la pobreza podía inducir en los padres e infantes de las barriadas populares de la Habana Vieja,[34] no rehúye emplear el vocablo pobreza, ni acude a eufemismo alguno para explicar cómo debe combatirla una sociedad subdesarrollada y de vocación socialista como la cubana.

Sigue con interés los trabajos preparatorios de la Cumbre de Durban, que en América Latina parieron una identidad política: la afrodescendencia; solicita datos, criterios y análisis comparados de Cuba y otros países, también emergentes de sociedades esclavistas. Ha escogido como laboratorio el escenario social más complejo, que es la capital del país y, confiado en la mayor eficacia de entusiastas y desburocratizados jóvenes, promueve la constitución de Brigadas Universitarias de Trabajo Social que en unas pocas semanas realizan el más meticuloso inventario de problemáticas sociales que la Isla haya conocido. Su filosofía de igualdad social — más jacobina que nunca— ha integrado al fin el devenir de Cuba y el mundo en un discurso que remite a los orígenes del problema: el sistema esclavista de cuyo seno brotaron la nación cubana y sus reproducibles lastres culturales y sociopsicológicos. Entonces dirá:

Descubrimos marginados blancos y marginados negros, o a la inversa, marginados negros y marginados blancos; ya no era una cuestión de procedencia étnica. Sí sabíamos que los más pobres y los más explotados durante siglos, eran precisamente aquellos que fueron esclavizados y que, procedentes de África, fueron convertidos en esclavos […].[35]

La Batalla de Ideas, iniciada con el reclamo del pueblo cubano por el regreso del niño Elián González, sintetizó una nueva cruzada de Fidel Castro para diseñar políticas sociales ajenas al papeleo y la estandarización. El paralelismo institucional que algunos han criticado y cuya materialización ciertamente fracasó — no por su insuficiente capacidad de subversión, sino por el oportunismo y la desidia de parte de sus ejecutores principales— puede asumirse como un reto desde el poder a las rutinas de un funcionariado enredado en la telaraña burocrática del liberalismo económico y su burgués acortamiento de los horizontes de las políticas sociales.

Cuando proclamó: «Se acabaron los porcentajes […] Nosotros trabajamos con nombres y apellidos […]»,[36] Fidel Castro no rechazaba el sistema estadístico de la ONU y otros organismos internacionales, ni ignoraba la dimensión macroeconómica de la gestión de gobierno. Él solo llamó a humanizar un tipo de trabajo social que no puede sustituir las vidas por simples números porque no se trata de «gente promedio», ni siquiera de gente común. Exigió que se pusieran nombres y apellidos a los jóvenes ajenos a la influencia de un centro educacional o de trabajo, a quienes denominaba el «eslabón perdido»; a los privados de libertad antes de cumplir sus treinta años; a los niños con bajo peso al nacer o cuyos rendimientos escolares no eran buenos porque provenían de familias disfuncionales. Pidió que dejaran de ser simples números los ancianos que viven solos, se alimentan mal y no les alcanza la pensión; los inválidos y los encamados. Y reiteró: «[…] queremos nombre, apellido y dirección, y la atención al individuo, la atención al núcleo, la atención a la persona, la atención nuclear o molecular, si quieren […], un nuevo método que no se ha usado jamás en ningún lugar del mundo».[37]

Confieso que las evaluaciones económicas de los problemas humanos, de la atención a los llamados «vulnerables», no me confortan mucho, aunque estoy convencida de que los servicios sociales, siempre costosos por su especificidad y carácter permanente, tienen que ser sustentados por la comunidad nacional, según la riqueza que esta logre crear. Y estoy de acuerdo en que debemos lograr un funcionamiento económico que garantice prosperidad y sostenibilidad. Solo me resisto a que tan gratificantes palabras sean invocadas con más frecuencia que otros vocablos imprescindibles: sensibilidad, empatía, solidaridad. El capitalismo rebasa con relativa rapidez sus periódicas crisis al transferir los costos de sus inescrupulosas maniobras de recuperación a la «periferia en desarrollo» y las economías más débiles del Norte enriquecido. Termina siendo próspero y sostenible para unos pocos y deja al descubierto un flanco donde resignación e indiferencia se confunden.

En estos inevitables tiempos nuevos, resulta riesgoso evaluar las políticas sociales a partir de su eficacia administrativa o de su eficiencia económica. El análisis de los proyectos emancipatorios que Fidel lideró en la primera década de este siglo desborda el sistema de indicadores instituidos por la racionalidad burguesa y sus modelos de administración de negocios, pues se trata de una movilización social que solo puede ser «rentabilizada» con la participación consciente y solidaria de los ciudadanos. Cuba sigue necesitando un estilo fidelista de práctica política; un quehacer que reconozca a los hoy convocados como quedos asistentes el derecho a constituirse en poder popular verdadero, a cuestionar y subvertir, a imponer una praxis política que destierre la inercia y la falta de iniciativa de la gente, a la vez que desacralice al Estado, despojándolo de la indumentaria de oficial para vestirlo con la honorable chaqueta de soldado.

El pensamiento social de Fidel Castro me parece un instrumento imprescindible para que la Revolución — un torrente que abraza y arrastra— no mengüe hasta convertirse en riachuelo donde apenas podamos refrescar nuestros pies.

Referencias bibliográficas

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Notas:

[1] Empleo la expresión «cuestión racial» para aludir a la complejidad de las representaciones, discursos, relaciones y prácticas sociales que confiere significación el color de la piel y los rasgos fisonómicos.

[2] Juan René Betancourt: «Fidel Castro y la integración nacional», pp. 66 y 122–123.

[3] Fidel Castro Ruz: «Discurso pronunciado en el acto de solidaridad con Cuba efectuado en la Iglesia Riverside».

[4] Me refiero a Ignacio Ramonet: Cien horas con Fidel; y Katiuska Blanco: Fidel Castro: Guerrillero del tiempo.

[5] Fidel Castro: «Discurso pronunciado en el acto de graduación de Trabajadores Sociales de la sede de Cojímar».

[6] Ignacio Ramonet: Ob. Cit., p. 78.

[7] Gloria Rolando Casamayor: Reembarque.

[8] Katiuska Blanco: Ob. Cit., tomo I, p. 49.

[9] Katiuska Blanco: Ob. Cit., tomo I, pp. 456–457 y 520–521.

[10] Fidel Castro Ruz. La Historia me absolverá, p. 34.

[11] Fidel Castro: Revolución, 26 de marzo de 1959.

[12] Eugenio Suárez Pérez y Acela A. Caner Román (comps.): Fidel: en el año de la liberación, enero-marzo, tomo I, p. 288.

[13] Ibíd., pp. 288 y 289.

[14] Comisión Económica para América Latina (Cepal): «Estudio para la erradicación de la pobreza en Cuba». Santiago de Chile, 27 de junio de 1984, pp. 55 y 104–106.

[15] Al momento de promulgarse la ley cada familia amortizaría el valor de la casa en que habitaba con lo que abonara como renta, por un período de entre cinco y veinte años. En una etapa posterior, el Estado entregaría en usufructo permanente las viviendas de nueva construcción, mediante pagos mensuales que no excederían del 10 % del ingreso familiar. Finalmente, en una etapa, aún más avanzada, el Estado cedería en usufructo permanente y gratuito las viviendas a cada familia.

[16] Por este procedimiento se construyeron un total de 3400 viviendas en todo el país, con mejoras adicionales en los servicios de empleo y seguridad social, salud pública y educación. Ver: José Luis Rodríguez y George Carriazo Moreno: Erradicación de la pobreza en Cuba, pp. 141–144.

[17] La tesis defendida en 1945 por el joven Juan M. Chailloux para obtener su título de abogado, constató, sobre una muestra de 50 solares habaneros, que «[…] los negros y mestizos representaban el 97.5 % de sus ocupantes. Numerosos de estos solares no contaban con una sola persona blanca entre sus moradores». Ver de este autor: Los horrores del solar habanero.

[18] Barrio insalubre fomentado desde la segunda década del siglo XX por desahuciados habaneros y migrantes de otros territorios del país. Se localizaba entre el Castillo del Príncipe y la Ermita de los Catalanes, en la altura denominada Loma de Tadino o de los Jesuitas, hoy Plaza de la Revolución.

[19] Este acumulado, cuyo promedio anual asciende a 17 089 nuevas viviendas, solo sería alcanzado de forma estable a partir de 1973.

[20] Rosemari Mealy: Fidel y Malcolm X: memorias de un encuentro, p. 54.

[21] Ignacio Ramonet: Ob. Cit., p. 262.

[22] A propósito de este tema, ver: Pedro de la Hoz: África en la Revolución cubana.

[23] Eduardo Manet: El Negro.

[24] Al respecto, pueden consultarse a: Roberto Fernández Retamar: «Hacia una nueva intelectualidad revolucionaria en Cuba», pp. 4–18; Alfredo Guevara: Revolución es lucidez; Graziella Pogolotti: Polémicas culturales de los 60; Fernando Martínez Heredia: El ejercicio de pensar; y Néstor Kohan: «Pensamiento Crítico y el debate por las ciencias sociales en el seno de la revolución cubana».

[25] Para profundizar en estos temas pueden consultarse a: Juan René Betancourt: El negro, ciudadano del futuro; Walterio Carbonell: Cómo surgió la cultura nacional, 2da. edición; e Inés María Martiatu (comp.): Re-pasar El Puente.

[26] Treinta años después, en el VI Congreso de la UNEAC, expresaría una opinión cualitativamente superior, al comentar: «Hay hasta una especie de discriminación histórica porque los esclavos fueron los precursores de la independencia de este continente, aunque la independencia quedó como cuestión de blancos. Las guerras de independencia que se conocen en este hemisferio fueron las que iniciaron las clases dominantes, los criollos». Ver: Carlos Martí (comp.): Memorias del VI Congreso de la UNEAC, La Habana: Ediciones Unión, s/f, p. 101.

[27] Fidel Castro Ruz: «Discurso pronunciado en el acto de inauguración del Hospital “Julio Trigo”, en el municipio de Arroyo Naranjo», Granma, 7 de septiembre de 1987.

[28] Este asentamiento de viviendas improvisadas, ubicado en el flanco sureste del municipio Arroyo Naranjo, tomó su nombre de un popular aguardiente de bajo costo. Al momento de su erradicación, vivían en «La Coronilla» casi 600 personas, provenientes, en su mayoría, de otras provincias del país.

[29] Fidel Castro: «Discurso pronunciado en la graduación del primer curso de Trabajadores Sociales», 15 de febrero de 2001, Departamento de Versiones Taquigráficas del Consejo de Estado. Archivo de la autora.

[30] Ver: Fidel Castro Ruz: «Discurso de clausura del V Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas», 7 de marzo de 1990. Disponible en www.cuba.cu/gobierno/discursos/1990/esp/f070390e.html.

[31] Entre los colectivos pioneros en el estudio de estos temas pueden citarse a: el Departamento de Etnología del Centro de Antropología del CITMA, que entre 1993 y 2003 desarrolló la investigación «Relaciones raciales y etnicidad en Cuba»; el Departamento de Estudios Sociales del INIE y su programa «Efectos sociales de las medidas de ajuste económico en la ciudad de La Habana», iniciado a finales de los noventa y concluido en 2004; la colaboración del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial (CIEM) y el PNUD para realizar la investigación «Desarrollo Humano y Equidad Social en Cuba», terminada en 1999; así como los estudios sobre desigualdad social, sistematizados por el Grupo de Estructura Socio-Clasista del CIPS.

[32] Carlos Martí: Ob. Cit., pp. 100 y 101.

[33] Fidel Castro: «Discurso pronunciado en el acto de solidaridad con Cuba efectuado en la Iglesia Riverside».

[34] Por esos días, la prensa nacional criticó un desfile en el que tres funcionarios de la misión diplomática española, caracterizados como los Reyes Magos de la religión cristiana, distribuyeron anárquicamente golosinas y juguetes a los niños presentes, generando aglomeraciones y rebatiñas entre los espectadores del desfile. Al respecto, véase: Rosa Miriam Elizalde: «Magos de pacotilla».

[35] Fidel Castro: «Discurso pronunciado en la graduación del primer curso de Trabajadores Sociales».

[36] Fidel Castro: «Discurso pronunciado en la inauguración de la Escuela de Trabajadores Sociales en Holguín».

[37] Fidel Castro: «Discurso pronunciado en la inauguración de la Escuela de Trabajadores Sociales en Santiago de Cuba».

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