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La palabra pública en Revolución: prensa y política en Cuba

Por Raúl Escalona Abella

Para nosotros es indiscutible que el socialismo puede y debe auspiciar una prensa más veraz, atractiva y de mayor calidad que el capitalismo. Pero esto implica resolver interrogantes que deben ser pensadas nuevamente, desde el principio.

Julio García Luis. Hora crucial del periodismo cubano, 1988.


Mientras se prueban los altoparlantes de la Plaza, la gente llega. Van de a grupos, uno toma un refresco, otros sonríen, la asamblea se va armando de a pocos, es un gran hecho colectivo, pero en su esparcimiento molecular hay cientos de miles de conexiones que la fundan: sindicatos, organizaciones políticas, combatientes de la guerra, veteranos de la independencia, familias; jóvenes y viejos van creando la masa informe, el enjambre de pueblo que capta Titón en su documental Asamblea general (1960).

El acontecimiento es el discurso de Fidel en la Plaza de la Revolución el 2 de septiembre de 1960, en respuesta a la Declaración de San José, que sería recordado como Primera Declaración de La Habana. A Titón le preocupa la asamblea como sujeto, su vida, el modo en que nace, la forma irregular que toma en sus primeros momentos. Quiere capturar la singularidad que representan esas grandes concentraciones, absolutamente novedosas para el pueblo cubano de entonces. Quiere observar el caos subyacente en el gran cuadro de la inmensa concentración popular. Si la famosa foto de Raúl Corrales captura a Fidel en primer plano, de espaldas, la mano derecha señalando al frente y el pueblo de cara a la cámara, indistinguible, como mar humano, como forma concreta y presente, pero abstracta por alusiva e indistinguible, Titón va a penetrar en la asamblea, en su vida, en la forma de latir de los sujetos que la componen.

Llega Fidel y comienza la palabra del líder a resonar, sin embargo, los planos de Fidel hablando son escasos. Fidel llama al pueblo a acercarse, quiebra la distancia, la gente se precipita, corre hacia a la tribuna. «El pueblo se ha reunido hoy para discutir importantes cuestiones», dice Fidel, pero la imagen no lo captura, en cambio, va hacia el pueblo. Fidel habla y hay una mujer sentada en el suelo, cubriéndose del sol inclemente. Fidel habla y hay gente gesticulando y riendo, gritando y aplaudiendo.

Una anciana porta un sombrero de yarey coronado por una bandera de papel y en su camisa humilde lleva una escarapela con la foto de Fidel; sus brazos sostienen una enseña nacional pequeña que agita suavemente. Un hombre con sombrero de cartucho fuma. Un señor con un yeso en el brazo izquierdo escucha atentamente. Fidel no para de hablar, pero a Titón no le interesan sus gestos, le interesa la vida interior de la asamblea, su sentir, su forma de existir.

La asamblea general es una forma singular y novedosa que la Revolución cubana introdujo en nuestra historia, es el punto culminante de la relación entre el líder y el pueblo, es a la vez forma y contenido porque la propia movilización significa, transmite, comunica qué es la Revolución; pero lo que nos interesa es la forma en que la palabra pública se produjo en esos espacios, una esfera pública singular, acotada, unidireccional si se simplifica la relación masas — líder, pero múltiple si se aguza la mirada, como Titón, y se observa el detalle burbujeante de la vida de la asamblea, lo que sucede mientras el líder habla.

Pensar nuevamente, desde el principio

Si hay un debate consustancial a la Revolución Cubana de 1959 son las formas de la libertad de expresión y los rasgos de la expresión pública en Revolución. Recientes polémicas han desatado –una vez más– un aluvión de críticas sobre los medios públicos/estatales cubanos. La crítica como práctica, más libertad desde el poder político para cuestionar la acción gubernamental, participación legítima de los sectores que dentro del campo de la Revolución disienten, y que reflejen la diversidad de criterios y de cuestionamientos existentes dentro del entramado social cubano, parecen ser las principales demandas.

Parte de la crítica que se realiza sobre los medios tiene dos imágenes fundamentales: o bien los medios de comunicación se hallan controlados al extremo por el Partido/Gobierno, que impide cualquier tipo de crítica a sus instancias de poder, o bien los medios son productores de irrealidad en beneficio de la propaganda gubernamental.

He planteado la relación en los términos de Gobierno-prensa porque tal énfasis es propio de este discurso crítico: para la derecha es un argumento para considerar a Cuba un régimen «totalitario», para la izquierda, es una de las bases de la fractura de credibilidad que sufre el Gobierno y el proyecto social cubano.

El debate antes planteado, encuadrado en fórmulas dogmáticas o procedentes del liberalismo, tiene un efecto empobrecedor porque solo contempla la existencia de una prensa controlada y un Gobierno que no quiere ser criticado, cuando la cuestión es más compleja.

Es necesario, pues, abrir el debate sobre la prensa y plantearlo como un problema de «expresión pública en Revolución».

Consideraciones sobre palabra pública, verbalización de la sociedad y hegemonía

«Primero hay que transformar la sociedad verbalizándola, para luego poder criticarla con sentido»,[1] escribe Boris Groys en La posdata comunista. Para ese filósofo alemán, verbalizar la sociedad es subordinar la economía a la política, «para que esta actúe con libertad».

«El medio en el que funciona la economía es el dinero. La economía opera con cifras. El medio en el que funciona la política es la lengua. La política opera con palabras: con argumentos, programas y resoluciones, pero también con órdenes, prohibiciones, decisiones y disposiciones. La revolución comunista es la transferencia de la sociedad desde el medio del dinero al medio del lenguaje».[2]

Ese giro hacia la lengua, hacia la palabra, hacia el peso decisivo de la expresión es lo que Groys identifica como constitutivo de toda política comunista. El capital es mudo, no se puede dialogar con él, no se le puede convencer, su forma de expresión es la ganancia. Sin embargo, la política es el campo de la crítica en el registro de la lengua, de la palabra enfrentada, de la vida atravesada por la expresión en su más descarnada publicidad. Por ello, Groys afirma:

«para que la sociedad sea criticable primero tiene que volverse comunista».[3]

En su propio devenir histórico, la Revolución cubana produjo ese giro lingüístico. La vida social en su conjunto estaba atravesada por la palabra y la palabra dominaba a su vez las formas en que los cuerpos existían, por ello se daba un hablar, un vestir o un cantar revolucionario o no.

La Revolución cubana establecía un gobierno de la palabra revolucionaria sobre la economía, pero también proyectaba en su discurso un gobierno de su destino como nación frente a la condición colonial. El proyecto revolucionario se planteaba la posibilidad de «gobernar, de organizar, de administrar políticamente en la lengua y a través de la lengua».[4]

Ese gobierno de la palabra por sobre el conjunto de la realidad no establecía su campo de acción en procedimientos formales, ni en instituciones concretas, sino que tenía su contenido verdadero en una ética de máximos que anclaba su raíz histórica en las luchas del pueblo cubano desde el siglo XIX para la realización de un proyecto nacional que propiciara a su vez la liberación social. La ética desarrollada en Revolución no era procedimental, atada a las formas de discusión, sino una ética de contenidos concretos, vinculada a la historia. Cintio Vitier condensa en un párrafo de su antológico ensayo Ese sol del mundo moral lo que representa la ampliación de la moral en una revolución:

«Lo primero que se descubre, en efecto, cuando un país entra en revolución, es la consistencia moral de la vida humana. Lo que era el saber y el sufrimiento de unos cuantos solitarios, se convierte de pronto en un hecho masivo. Al plantearse las contradicciones económicas e ideológicas como alternativas de vida o muerte, cada hombre, cualquiera que sea su extracción social y su instrucción general o política, se ve obligado a tomar partido y a militar. Aun la indiferencia constituye, en tales circunstancias, una decisión que comporta determinados riesgos; pero a medida que la hoguera avanza la indiferencia se va haciendo objetivamente más imposible y los riesgos tienden a hacerse cada vez más graves. La toma de partido, por otra parte, pierde los matices aparenciales que la hacen llevadera en tiempos de paz: cada hombre, en suma, sabe que tiene que escoger entre lo justo y lo injusto, a la altura de su momento histórico, sin máscaras ni subterfugios. Una revolución es, en cuanto vivencia, la objetivación multitudinaria de la eticidad en que el hombre, como tal, consiste».[5]

Hablar, articular la palabra en su publicidad será una de las dimensiones movilizativas más importantes de la historia política de la Revolución. Martí escribió también: «Hacer, es la mejor manera de decir». La Revolución hablaba en sus actos, su discursividad no solo era retórica, sino que los sacrificios de los que la hicieron eran también motor de la ética que se imponía.

Es desde ese punto de vista que opto por enfocar el debate sobre el periodismo en la Revolución cubana. Si esta constituyó un marco de verbalización de la sociedad, si hubo una expansión de la palabra pública en discursos políticos, en asambleas de base, en congresos, balances, etc., si todo era decidido en el lenguaje, todo podía ser sujeto a una crítica verbal.

Entonces, en esa sociedad el periodismo no detenta el privilegio de la voz que posee en las sociedades liberales tradicionales, sino que constituye un espacio más de producción de palabra pública.

El poder constituye una relación y debe estudiarse en los términos en los cuales actúa.[6] La prensa y sus posibilidades de intervención en el período revolucionario solo pueden estudiarse en las redes de poder que se insertaban y las formas en que los otros poderes interactuaban con ella. Es en este sentido que debemos entender la palabra pública y la expresión pública en Revolución como un campo de poder en disputa. ¿Por qué plantear estos términos de disputa? Porque no toda la historia de esos sistemas de regulación de la prensa ha sido estable, sino que hay variaciones significativas, fluctuaciones que indican períodos de mayor liberalización de la crítica y períodos de mayor control sobre el campo periodístico, sin embargo, hay algo invariable:

la prensa del período revolucionario se ha encontrado bajo arduos controles externos desde finales de los sesenta del siglo pasado, como nos recuerda Julio García Luis en su texto Revolución Socialismo Periodismo.[7]

De ese rasgo de control externo que ha tenido la prensa cubana en el período revolucionario se pueden sacar dos ideas generales: 1) la libertad absoluta de la prensa no constituyó un factor para la producción de hegemonía revolucionaria; sin embargo, no siempre existió el control burocrático sobre la prensa, como recalca García Luis al referirse a la primera década de la Revolución; 2) el control burocrático no es el único tipo de control que el poder revolucionario puede establecer sobre el sistema de medios de comunicación.

Consolidación de la Revolución y control de la prensa coexistieron, así como coexistieron a su vez distintos aparatos de control sobre los medios de la Revolución, y no solo el control burocrático partidista. Sin embargo, eso no había significado una crisis de la hegemonía revolucionaria tan profunda como la actual.

Retomando la visión foucaltiana del poder, no podemos concebir ese «control externo» solamente con un carácter represivo, sino que ese control durante décadas ha tenido una función orientadora, de producir discursos en un sentido, de visibilizar determinado tema y de silenciar otro; es decir, ese control estructura su propio campo de visibilidad. Por tanto, el problema no sería el control, sino la zona sobre la que se decide proyectar luz, y cómo se decide. En efecto, en esas relaciones de poder encontramos un campo de disputas complejo donde control de la prensa, crítica social y política revolucionaria han podido convivir.

Si consultamos los periódicos cubanos del período 1979–1991 encontramos que los debates públicos se tornaron más críticos, que se atacó la corrupción, se denunciaron problemas sociales y económicos — hay que recordar los Noticieros ICAIC Latinoamericanos de Santiago Álvarez y Daniel Diez Castrillo — e incluso se escribió «El caso Sandra»,[8] que si bien se convirtió en un caso de censura emblemático, lo fue porque colisionó la prensa revolucionaria con el líder de la Revolución, y ahí se manifestó un límite de esa esfera pública, pero también la diversidad de sus elementos, porque solo lo diferente puede encontrarse y colisionar.

Es entonces necesario proponer la reconfiguración de la palabra pública en Revolución no atada a una idea de libertad individual, sino a una forma de expresión colectiva, subordinada al proyecto de justicia y dignidad de la Revolución.

En ese sentido, se va a conformar un tándem a tres voces, una esfera pública situada en tres grandes momentos: 1) el discurso del líder; 2) la asamblea y 3) la prensa. La existencia de la palabra pública en Revolución, al menos en la era previa a 2018 –a la que la masificación de internet le introduce cambios radicales– transcurría por uno de estos lugares.

El líder

Desde el propio triunfo revolucionario el discurso de Fidel se convirtió en una forma determinante de la palabra pública en Revolución. Su voz concreta tomaba cuerpo como la voz de los cambios que se avecinaban. El discurso del líder incursionaba en todo el registro, era capaz de hablar de lo nimio y de los profundos problemas; su carga simbólica permitía realizar y legitimar los ajustes económicos o políticos necesarios, así fue con Fidel durante cincuenta años y con Raúl luego de 2008 en el proceso de reformas del modelo socialista cubano.

El líder introduce en el debate público la formación de la idea misma de lo revolucionario y reserva para sí la posibilidad de marcar la pauta moral y política del campo; otros pueden hablar u opinar, pero su voz es singular porque puede realizar la potencia en acto, es la que indica el cambio e instituye la posibilidad de la crítica y su profundidad.

Un ejemplo llamativo fue el proceso de balance de la zafra de 1970 donde es el propio Fidel quien protagoniza la más descarnada crítica hacia los dirigentes de la Revolución y personalmente pone a disposición del pueblo su responsabilidad como Primer Ministro.

Fidel, en su práctica política y revolucionaria produce el espacio del líder como una novedad histórica en Cuba. Su aparición instituye un nuevo sujeto discursivo porque articula la palabra desde un lugar diferente, produce un yo y nosotros inexistente, funda una nueva y superior forma de sacrificio por la nación y reintroduce el patriotismo en un nivel otro de compromiso nacional hacia un nuevo sujeto ético-político: el revolucionario.

Es decir, como sujeto discursivo nuevo en la historia de Cuba, como sujeto hablante, Fidel hace hablar mediante sí el pasado de derrotas del radicalismo revolucionario cubano, los ata a su destino y al de su grupo de revolucionarios y lo convierte en el destino de la nación cubana. He ahí la singularidad del discurso del líder.

En la perspectiva de una sociedad verbalizada, no es una mera función sistémica ajustada con el tiempo en el entramado institucional, sino que constituye el hablante de la totalidad, y como tal, un momento fundador de la cultura política y la experiencia revolucionaria y, un elemento central en la formación directa de los revolucionarios y revolucionarias cubanos durante cinco décadas — no olvidemos que el Manual de las Escuelas de Instrucción Revolucionaria se componía sobre todo de discursos de Fidel — .

Escuchar a Fidel, ser interpelado, ser activado política y éticamente por su palabra y ser movilizado a actuar por sus orientaciones es no solo un dato histórico, sino también un rasgo del proceso revolucionario y de la forma concreta de vivir la política en Cuba posterior a 1959.

En el momento actual se da una particularidad en el discurso del líder. La jefatura del Estado y el Partido están formalmente en un individuo, pero el liderazgo de la Revolución permanece en un lugar otro. Díaz Canel detenta las responsabilidades estatales y partidistas, pero Raúl es denominado el «líder de la Revolución», y esa diferencia pauta dos espacios que nunca fueron iguales, aunque se encontraron unidos en la práctica política de la dirección histórica.

Raúl, tras su retiro de la dirección estatal y partidista ha reservado para sí un simbolismo mudo. Sin desearlo, y quizás queriendo dejar espacio para que otra generación de dirigentes gobierne, produce un vacío en la hegemonía revolucionaria: la ausencia del discurso del líder.

Entonces si el líder se convierte en una figura elidida de un sistema político articulado sobre su permanente presencia creadora de lo nuevo. ¿Qué efectos trae eso? La sobrexposición pública del discurso de Fidel — continuo, permanente, atado a lo cotidiano y a lo profundo — podía parecer una característica del ser humano, pero su práctica sostenida lo convirtió en un rasgo del sistema político cubano y en un asidero de la hegemonía revolucionaria.

En ese sentido se puede hablar de una «máquina-líder» — pensemos en máquinas o dispositivos para la producción de hegemonía en el orden revolucionario cubano — , que produce un líder puro, incapaz de errar, que contiene la razón, la virtud, y más importante, la agencia política; es decir, el líder puede activar políticamente la realidad, lo que se hace ocurre bajo órdenes del líder o por su indicación.

En el sentido moral, el líder es también «contenedor del Bien, pero este Bien es tan absoluto que se encuentra más allá del bien mundano que propone la máquina unidad. Y como Bien supremo existe siempre, casi al margen de la historia, es una ‘necesidad’ estructural».

«…[la] máquina líder, lo que demuestra no es la inexistencia absoluta de líderes sino su absoluta escasez. La Revolución tiene millares de dirigentes, pero muy pocos líderes — si entendemos como tales a individuos que canalizan y expresan el deseo del pueblo sin mediaciones de poder — , y esa es una carencia estructural que la máquina tiende a reforzar».[9]

Desde el punto de vista de la relación que estamos tratando de describir — la producción de palabra pública en el orden revolucionario — , cabe la necesaria reflexión sobre si los elementos del dispositivo deben relacionarse de la misma manera cuando existen ajustes importantes en su estructura. Si bien el discurso del líder produce el paso de la potencia en acto y moviliza la agencia política colectiva, la relación con el dirigente es otra, el dirigente no es el líder, por tanto, ¿cómo debe ser la práctica del dirigente en este dispositivo de producción de palabra en Revolución cuando no opera la máquina de igual forma porque son otros sus componentes?

«En un escenario en el que no existe un gran líder, la convivencia de múltiples liderazgos revolucionarios es deseable para mantener abierta una comunicación directa entre Estado y pueblo con un saldo lo más favorable posible al proyecto de emancipación de la Revolución».[10]

No se trata pues de la sustitución de líderes por dirigentes, de la dejación de las prácticas políticas revolucionarias por un funcionamiento político institucional, tampoco de reemplazar la máquina líder, sino de ajustar su operatoria a las necesidades que plantean las nuevas condiciones, a saber, nuevos liderazgos, nuevas formas de lo político.

Esas nuevas formas deben realizar con su voz el proceso de verbalización de la realidad. Es ese paso hacia la verbalización el que permite liderar la producción de palabra pública revolucionaria. Al decir de Groys: «el sujeto filosófico, es decir, revolucionario, se constituye precisamente al apropiarse de la razón diabólica, que se mantiene oculta y opera en la oscuridad, y transformarla en la razón dialéctica mediante su verbalización».[11]

La asamblea

La expresión pública asamblearia y su importancia para producir consensos a nivel microfísico en el entramado público revolucionario es uno de los espacios más invisibilizados en el debate sobre la prensa en Cuba. Las reuniones de las organizaciones, el estudio de documentos — discursos de Fidel, informes organizacionales, etc. — , el debate de actualidad nacional o internacional, el análisis de problemas institucionales concretos, constituían un momento de activación política colectiva que permitían transformar cosas en el espacio social inmediato, formar criterios, emitir opiniones, posicionarse.

La Revolución produjo un entramado de organizaciones políticas y de masas atado en su conjunto como expansión de la palabra pública y como captura del espacio social por la palabra revolucionaria.

¿Cuál es el lugar de lo asambleario en la totalidad del gobierno de la lengua?

En la Revolución Cubana la asamblea ha tenido formas diversas, y pueden agruparse en un conjunto extenso de clasificaciones en dependencia del sector, el propósito, la temática, etc. Sin embargo, lo que nos interesan son las formas asamblearias con respecto a su intervención en la sociedad verbalizada; en ese sentido encontramos dos modalidades básicas: lo asambleario total y lo asambleario molecular.

Situemos un ejemplo hipotético: una mujer trabajadora de un sector del funcionariado estatal de los años ochenta que es madre y militante del Partido. Si abrimos el círculo de sus pertenencias políticas encontramos: en el espacio comunitario, debe participar en las reuniones de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), en las del bloque de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y en las asambleas de rendición de cuentas del delegado del Poder Popular; en tanto trabajadora de un sector participa en las reuniones de su sindicato correspondiente, en tanto militante del Partido Comunista, en las reuniones de su núcleo; y como madre participa también en la organización de procesos escolares mediante las reuniones de padres; y asiste además a las movilizaciones populares convocadas a la Plaza de la Revolución. Esa persona hipotética participa, entonces, en al menos siete espacios de expresión pública asamblearia.

Como vemos, las diferencias entre los espacios son de sector, propósito y pertenencia, pero la única particularidad estructural se encuentra entre lo total y lo molecular. El espacio asambleario total es el capturado por Titón en Asamblea General (1960). La masa del pueblo reunida para escuchar al líder. Hay cierta univocidad en la verbalización de la política. El líder lanza sus ideas, moldea la realidad, produce criterio sobre acontecimientos nacionales e internacionales, indica lo justo y lo injusto; sin embargo, la mirada de Titón devela que la masa no es inactiva, que no es solo receptora, sino que se da un diálogo al que el líder se ajusta: vibra con ella.

Por tanto, lo asambleario total en las formas más auténticas de la Revolución no es una transferencia unívoca del líder al pueblo, sino que es una vibración conjunta, un diálogo con el pueblo.

Por otra parte, lo asambleario molecular es el momento de participación cotidiana del individuo común en la producción de la política, en la expresión pública revolucionaria.

El amplio entramado de organizaciones políticas y de masas fundado por la Revolución en su historia tuvo la función de capturar la soberanía popular en la soberanía estatal, y este proceso de captura no se daba fundamentalmente, como es el caso en las sociedades liberales[12] mediante el voto y la representación, sino mediante la participación continua en ese entramado organizacional.

«La asamblea ya habla antes de pronunciar ninguna palabra»,[13] los cuerpos expresan con su sola presencia y la captura de la soberanía popular no se encontraba solamente en el apoyo masivo a la Revolución en sus grandes movilizaciones. Esos eran los momentos de la gran producción política, del gran relato; pero no podemos subestimar la importancia de lo asambleario molecular para capturar la soberanía popular en favor de la Revolución.

Butler insiste en que «la soberanía popular es una forma de autocreación reflexiva que está separada del régimen representativo que ella misma legitima».[14] Por lo tanto, siempre hay una diferencia entre la soberanía popular y el orden que legitima mediante su participación y ese desbordamiento puede sentirse cuando el pueblo trasciende los espacios políticos establecidos y los desborda mediante otras formas de lo político en búsqueda de sus demandas — un ejemplo claro de esta ruptura entre soberanía popular y soberanía estatal fueron los sucesos del 11 de julio de 2021 — , en ese momento se manifiesta la crisis de lo asambleario como forma política de la participación revolucionaria.

El nosotros que verbaliza la Revolución en su historia depende de los cuerpos que se encuentran en la misma reunión, en la misma asamblea.

Reducir a la Revolución a un sentimiento o a un conjunto de valores sin agencia es comenzar a reconocer su derrota.

Retomando a Butler: «El nosotros verbalizado en la lengua está ya representado en la reunión misma de los cuerpos, en sus gestos y movimientos, en sus manifestaciones y en sus formas de actuar conjuntamente».[15]

Los espacios legítimos para realizar la política y transformar la realidad en la Revolución necesitan la presencia masiva de la mayoría del pueblo en ellos para que la palabra pública revolucionaria circule, la soberanía popular sea capturada por el proceso revolucionario y para que la vida cotidiana de los individuos tenga una relevancia decisiva en la prevalencia hegemónica de la Revolución.

A mediados de la década de 1980, la Editorial Oriente publicó un divertido manual con consejos sencillos y técnicos para dominar la palabra pública. El texto, de los periodistas Alexis Slachter y Luis Rodríguez, pretende capturar con un lenguaje coloquial y directo el problema de «hablar en público». El propósito didáctico se encuentra en el título mismo: Hablar en público es un arte: ¡apréndalo!

El folleto incluye consejos para los electores que intervienen en la asamblea, sobre la forma de realizar un planteamiento, de ejercer la crítica, de conducir un debate. Los consejos a los delegados del Poder Popular encuentran asiento en dos principios fundamentales: 1) formal: «El delegado evitará el desorden en las discusiones, de manera que cada quien vea respetado su derecho a ser escuchado» 2) moral: garantizar la verdad de las explicaciones, esto basado en un principio de Fidel perteneciente a un discurso del 26 de julio de 1974 que cita en extenso: «Lo que no se puede dejar de hacer es dar una explicación a cada ciudadano que vaya a pedir algo o solicitar algo: explicarle con honestidad, con FRANQUEZA, SI SE PUEDE; SI NO SE PUEDE, NO HAY QUE ENGAÑAR A NADIE NUNCA».[16]

La forma de lo político — el respeto al derecho de todos a ser escuchados — y el contenido de lo moral — garantizar la verdad en todas las explicaciones brindadas — constituyen el núcleo que debe pautar la práctica del representante socialista en la asamblea popular.

Este pequeño folleto demuestra una voluntad normativa sobre la expresión en el espacio público. La disposición de normar las formas expresivas mediante consejos y casos ideales de discursos que deben darse en la asamblea, de pautar los modos de oratoria ideales para intervenir, tanto en la crítica como en la discusión pública ante criterios divergentes, indica un espacio de tensión en la asamblea y su concepción: tensión ante la realidad caótica que debe existir cuando se publica un folleto como ese. Si bien es difícil conocer los rasgos exactos que las asambleas reales tuvieron, la publicación del folleto es una proyección que pretende incidir sobre un espacio público que funciona de forma diferente. Pautar la expresión pública asamblearia es una extraordinaria evidencia de la preocupación del discurso revolucionario por las formas en que se produce lo público.

Dos acontecimientos recientes evidencian, cada uno, las potencialidades y la realidad del espacio asambleario en el socialismo cubano: las protestas de junio del estudiantado universitario en contra del alza de precios de la Empresa Cubana de Telecomunicaciones (ETECSA) y las declaraciones de la ministra de Trabajo y Seguridad Social en la sesión de julio de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

El viernes 30 de mayo ETECSA anunció un aumento en las tarifas de sus servicios. En los días siguientes, varias facultades de la Universidad de La Habana y otras universidades del resto del país comenzaron a pronunciarse contra la medida que se interpretó como injusta, pues dejaba fuera no solo a su sector, sino a grandes capas de la población.

Los estudiantes eligieron, para organizar su posición, la forma de la asamblea estudiantil: en ese espacio se dieron los intercambios entre la FEU y la institucionalidad.[17]

Desde la primera declaración del 31 de mayo las facultades de la Universidad de La Habana colocaron la demanda en la forma de un derecho constitucional cercenado: el derecho universal al acceso a la información para el conjunto de la población y la afectación al derecho a la educación para la población estudiantil.

No obstante, en declaraciones posteriores la protesta cobró otra tesitura, no era ya un reclamo sectorial por ajustar el acceso estudiantil, sino un reclamo popular que los estudiantes encarnaban, un reclamo de justicia social que solo cobra sentido dentro del paradigma ético y político de la Revolución.

Ante una medida claramente impopular — más allá de si es justificada o no por la gravedad de la situación financiera de la empresa — los estudiantes plantearon su disenso desde la justicia social y el acceso universal a los derechos a la comunicación y la información, y para ello no transgredieron las organizaciones tradicionales de la Revolución, sino que condujeron el reclamo mediante sus formas políticas.

La recuperación de la asamblea como forma, la declaración como instrumento de intervención pública y el uso de una retórica muy influida por el lenguaje de la justicia y la rebeldía estudiantil de la Revolución, colocan este acontecimiento en la potencia de la asamblea revolucionaria, es decir, la asamblea que dialoga con la realidad, criticándola, para incidir en su transformación radical.

El 14 de julio del presente año la entonces ministra de Trabajo y Seguridad Social, María Elena Feitó, intervino en una reunión conjunta de dos comisiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular cubana en la que daba cuenta de la gestión de su ministerio.[18] En su intervención negó algunas matrices de opinión sobre la existencia de mendigos, deambulantes, personas empobrecidas en situación de calle, etc. Literalmente llegó a decir que en Cuba no existían mendigos, sino personas que «se disfrazaban de mendigos».

Las declaraciones de la ministra fueron masivamente repudiadas en redes sociales, lo que provocó su renuncia.[19] Lo que nos interesa del caso es lo sucedido después de la intervención de la ministra en la Asamblea Nacional. Las grabaciones recogen dos momentos: los aplausos y la siguiente intervención de un diputado que no contradice a la ministra, sino que agradece su trabajo sin cuestionar el contenido de lo dicho.

Y ese es el problema, en ese espacio público asambleario la forma de lo político ha subsumido al contenido.

En ese marco de subsunción, la expresión pública posible se aliena, se convierte en pura retórica. Es por eso que la asamblea no puede reaccionar, porque el espacio expresa una mera forma de relación, ni la ministra espera ser refutada, ni los diputados pretenden refutar, al menos no en el espacio público. Ese acontecimiento no es el inicio de la crisis de la expresión pública asamblearia en Revolución, pero sí es su ejemplo más escandaloso y reciente, donde una funcionaria pública niega de hecho un problema que es palpable de forma cotidiana por todo el pueblo y recibe, empero, aplausos y alabanzas a su gestión.

La prensa

En ese tándem de tres voces que produce la sociedad verbalizada ¿cuál es el lugar de la prensa? La tesis de este ensayo es que no es posible comprender la prensa de la Revolución sin observar sus relaciones con otros espacios de expresión pública.

No es ocioso remarcar el lugar de la Revolución en la actividad periodística cubana posterior a 1959. La crudeza del enfrentamiento político que significó lograr el afianzamiento de la Revolución precisó privilegiar la defensa por encima de otras funciones clásicas del periodismo.

Parte de la academia o de los articulistas que han tratado de diseccionar el problema de la prensa cubana han obviado la importancia de ello. De ahí que Julio García Luis tomara de lleno el núcleo de esa relación. El título de su antológico libro “Revolución Socialismo Periodismo” resume un triada categorial básica para pensar el problema de la prensa. La Revolución como proyecto, el socialismo como orden y el periodismo como actividad representan un triángulo básico para situar la cuestión. Eludir este debate e insertarse directamente en el dogma según el cual el problema de la prensa cubana es que no es una prensa liberal, es un error teórico y una perspectiva empobrecedora.

Julio García Luis señala la doble función del periodismo en Revolución que era origen de su contradicción primigenia: a) ser prensa revolucionaria, es decir, defender la Revolución de ataques externos, de desviaciones internas, etc.; b) informar y cumplir su función social ante el pueblo: criticar los problemas, denunciar lo mal hecho, elevar el espíritu crítico.[20]

La primera función — fundamental según los Estatutos y el Código de Ética de la Unión de Periodistas de Cuba — es una función colectiva, compartida por todo el campo revolucionario. Cuando Julio García Luis se refiere a las reformas necesarias para el periodismo, lo hace «a fin de reagrupar el ideario de la sociedad en torno a la Revolución».[21] La pregunta de García Luis sigue siendo: ¿cómo debe ser la prensa cubana para contribuir a la hegemonía revolucionaria? Propone una apertura informativa mayor y le otorga un rol predominante a la autorregulación mediática. La concientización revolucionaria de los periodistas le permitirá una labor de crítica social favorable al perfeccionamiento del orden socialista. Primero la concientización, luego la crítica.

Volviendo a los tres planos de la palabra pública en Revolución, se da una articulación, una sucesión. El líder habla desde la totalidad, la asamblea luego produce dos espacios de conexión: el encuentro con el líder en el espacio total y el encuentro con lo cotidiano en el espacio molecular; lo asambleario responde la pregunta del día después: luego de la gran concentración venía la vida cotidiana en las organizaciones y espacios estatales. Entonces, ¿qué rasgos van a caracterizar el espacio periodístico dentro de la totalidad social verbalizada? ¿Cuándo sabemos que ha cambiado el sujeto discursivo hacia la prensa? ¿Qué lo singulariza con respecto a los otros hablantes?

Abordemos la reflexión de Mijail Bajtin sobre los géneros discursivos: «Donde existe un estilo, existe un género. La transición de un estilo de un género a otro no solo cambia la entonación del estilo en las condiciones de un género que no le es propio, sino que destruye o renueva el género mismo».[22]

¿Qué quiere decir esto? Reportar sobre un discurso de Fidel o informar sobre el debate de una asamblea son géneros discursivos diferentes, aunque el lenguaje que se emplee en enunciarlo esté muy relacionado. El enunciado es siempre una respuesta diferenciada a otros enunciados, sean anteriores, simultáneos o futuros, por tanto, la prensa produce una voz de enunciación que responde a la realidad de otros enunciados.[23] En el caso que analizamos, su campo de producción tiene como voces dialógicas al líder y a la expresión asamblearia.

Para señalar estos puntos de diferenciación del periodismo como discurso podemos identificar en su interior dos estilos periodísticos desarrollados en la Revolución que son puntos de encuentro con los otros espacios de expresión pública: el reporterismo de discursos y el de reuniones. En un libro publicado en 1983, el periodista santiaguero Ángel Luis Beltrán expone una técnica para reportar adecuadamente los discursos y estudia su tratamiento en el periódico Sierra Maestra de la oriental provincia.

El segundo caso es descrito y criticado por Julio García Luis en un discurso pronunciado en 1987 en el II Pleno de la UPEC, titulado «La tónica triunfalista irreflexiva se resiste a abandonar el campo».[24] En el texto se describe la situación subsidiaria de la prensa con respecto a las instituciones estatales, el uso instrumentalizado del periodismo como un mero canal de información de los organismos y empresas del Estado para informar sobre cumplimientos, programas, etc. Para revertir eso Julio García Luis propone que la prensa tenga mayores posibilidades de investigación en lo social y de denuncia en lo económico.

En ambos casos, la posición discursiva predominante parece ser la repetición. La prensa socialista tiene una función replicativa en el gobierno total de la lengua. La pugna de Julio García Luis luego del V Congreso de la UPEC, en 1986, consistió en adelantar una política informativa que sacara a la prensa de su letargo burocrático.

Sin embargo, si analizamos esa cuestión en la línea de la verbalización total y de la expresión pública revolucionaria, los puntos de tensión que la prensa socialista debe sortear para realizar sus propios imaginarios son múltiples. Un primer punto se encuentra en los límites a la posibilidad de la crítica. La crítica es una función insoslayable de cualquier sistema para el sostenimiento de su credibilidad, la veracidad de sus discursos y su legitimidad como orden verdaderamente participativo. Como hemos planteado antes, en la historia de la palabra pública revolucionaria la crítica ha quedado reservada no a una función institucional, sino a una figura moral, por lo que su ejercicio no se encuentra regulado por un cuerpo legal, sino por la ética del orden revolucionario y solo ejercida por quien tenía la autoridad moral suficiente para realizarla.

La naturaleza ética de la política revolucionaria cubana plantea que la crítica circule por lo social y lo político, y no solo lo institucional. Por ello, la crítica de la Revolución y su ordenamiento quedaba reservada en primer orden a los fundadores de la Revolución, y entre ellos, sobre todo al líder.

Si el líder es un sujeto ético-político constituido en la trayectoria de sacrificios y luchas del proceso revolucionario, que logra expresar la crítica dentro de la Revolución y es, además «el nombre de la gran política, el lugar de donde brotan las iniciativas, las grandes ideas»,[25] ¿qué tipo de ajuste debe ocurrir en la expresión pública revolucionaria cuando el líder no se encuentra permanentemente marcando la política, delimitando el campo, creando las nuevas condiciones y capacidades discursivas y materiales? Ese punto hace crisis en la actualidad cuando permanece la relación de la prensa pública con la máquina líder, pero la operatividad de esa máquina líder no ha sido continuidad en las actuales circunstancias.

¿A qué nos referimos con esto? La crítica, por la práctica del líder, se hace inaccesible a otros espacios de la expresión pública revolucionaria.

Las funciones del nuevo liderazgo del Estado no han producido altos estándares de legitimidad al interior de la Revolución, sin embargo, la forma de relacionarse la prensa con los actuales dirigentes del Estado reproduce las formas con las que se relacionaba con el liderazgo histórico.

Ello provoca un cuestionamiento fundamental: ¿la función estatal es idéntica al liderazgo ético-político? Y sobre todo produce una crisis significativa porque la dirigencia estatal no ejerce la función de crítica en el discurso público con la radicalidad y profundidad que la ejercía el liderazgo histórico; esta diferencia sustantiva habla de la no identidad entre el liderazgo de la Revolución y la dirección del Estado y el Partido. Entonces, ¿quién cubre esa diferencia hegemónica?

Por el momento, el vacío existente se traduce en desgaste de la hegemonía revolucionaria.

El sistema produce, en su época actual, una contradicción que es falsa en tanto no tiene los efectos que la deberían hacer verdadera: la subordinación de la prensa o de los espacios asamblearios al liderazgo de la Revolución no es un hecho instituido por la ley estatal, sino que es un tipo de relación forjado al calor de las luchas que condujeron al triunfo de enero de 1959.

La parcial incontestabilidad de los héroes y heroínas de la Revolución no se encuentra dada por los cargos asumidos en el Estado, sino por la autoridad moral de haber sido protagonistas del imposible. Ese espacio de legitimidad histórica que constituye el poder revolucionario no es idéntico al espacio de legitimidad institucional que se realiza en el poder estatal.

El líder parece más una conquista ético-política que una elección institucional reglamentada, por ello, la relación con él se plantea de forma diferente.

Sin embargo, el espacio de crisis actual del periodismo revolucionario y el líder se encuentra en la cosificación[26] de su relación con la dirección del Estado y el Partido, planteada como idéntica a la relación históricamente establecida con el liderazgo ético-político de la Revolución.

Necesitamos entonces una red de clasificación más precisa para filtrar la relación de la prensa con los actores estatales y con los sujetos ético-políticos de la Revolución.

La palabra pública del líder y los fundadores no puede homologarse ni tratarse en el mismo sentido que la palabra pública del dirigente, el empresario o el cuadro partidista.

Como la dirección histórica asumió también esas funciones alguna vez, genera un precedente del modo específico de relación que debe darse entre los actores de la expresión pública revolucionaria, pero hay un desajuste porque el ejercicio de la crítica en profundidad y radicalidad no se ha ejercido por los dirigentes actuales.

Un segundo punto de tensión de la prensa se encuentra en su relación con los espacios asamblearios y organizativos históricos de la Revolución. El impulso fundador de la Revolución produjo una estructura de sociedad civil socialista organizada en un conglomerado amplio de organizaciones. Sin embargo, ¿en qué estado de representatividad se encuentra esa prensa que debe ser voz de las organizaciones con las que se identifica?

Cuba vive un momento donde el plano organizativo socialista intenta pervivir en algunas dimensiones de la realidad — sindicatos, Partido, UJC, FEU, Poder Popular, FMC, etc. — , pero se han desatado fuerzas de organización de lo social que trascienden esos espacios y hasta los ponen en riesgo — el mercado como mecanismo de asignación de recursos, las iglesias evangélicas o las formas que han incidido en lo comunitario — y sin embargo el poder revolucionario no ha repensado el modo en que esa relación organizativa de la realidad social debe darse.

Entonces, ¿cómo circula la prensa de organizaciones en el espacio molecular? Hacer el análisis global como si los medios cubanos fueran todos generalistas, no situados en colectividades reales, forma parte también de la crisis a la que nos enfrentamos en el modo de producción de la palabra pública en Revolución. La crisis de las organizaciones es también la crisis de la expresión pública en los espacios asamblearios, la disonancia entre lo que se expresa en la asamblea, lo que se convierte en acto político de la organización y lo que se expresa públicamente en la forma de declaración ha sido cooptado por el discurso burocrático, empeñado en producir una realidad que deviene desgaste del sistema en su conjunto.

Burocracia y expresión pública. Estructura y voz

Como describe Max Weber, uno de los rasgos constitutivos de la burocracia moderna es la racionalización de su actividad bajo formas especializadas de administración, técnicas de gobierno y una rigurosa ideología de la impersonalidad de su oficio.[27]

La superioridad técnica en gestión y organización de diferentes esferas de la vida social es señalada como la razón fundamental de su progreso con respecto a toda otra forma de organización. Weber señala que su funcionamiento, en sus formas más desarrolladas, se rige por el principio de sine ira ac studio, «sin ira ni parcialidad».[28]

En su propia construcción la burocracia se presenta como un instrumento, como una estructura sobre la que transita el funcionamiento del cuerpo social. La reproducción maquínica, la impersonalidad de su funcionariado y la imparcialidad de su técnica de gobierno la convierten en apariencia en una mera máquina a ser empleada, pero sin agencia propia. No obstante, esta presentación del fenómeno burocrático es incompleta si se toma tal cual, el propio Weber advierte que:

«El único punto decisivo, para nosotros, es que, en principio, en el reverso de todo acto de administración burocrática, es decir, ordenamiento según normas o bien evaluación de medios y fines, se halla un conjunto de ‘motivos’ racionalmente discutibles».[29]

No es propósito de este apartado discutir las sutilezas conceptuales de la burocracia como fenómeno en la historia, sin embargo, sí nos interesa la forma en que interactúa con la expresión pública. Si la burocracia se presenta como estructura imparcial de funcionamiento maquínico, ¿cómo produce material público? La primera idea a discutir es si la burocracia es un sujeto discursivo que existe públicamente y si su actividad es pública.

Si tomamos en cuenta el carácter administrativo de sus funciones, la verticalidad de su estructura y las férreas relaciones de poder al interior de sus aparatos, no podemos decir que su forma de cohesión sea la discusión pública, sino que produce un entorno gobernado por la disciplina y la jerarquía, pero sobre todo por la preservación de su saber-hacer como algo propio, como un conocimiento solo reservado a aquellos que forman parte de la estructura burocrática.

«La administración burocrática siempre propende a ser una administración de ‘sesiones secretas’; tanto como sea posible, hurtan a toda crítica sus conocimientos y sus actividades. Los funcionarios del tesoro del Shah de Persia han transformado su técnica presupuestaria en una doctrina secreta, e incluso utilizan una escritura secreta».[30]

El ejemplo citado es ilustrativo del carácter «secreto» de la actividad burocrática y de la preservación de su saber como parte del misterio de su poder. ¿Una prensa que no articula palabra públicamente puede seguir siendo prensa? No. Sin embargo, una burocracia que no articula palabra públicamente puede seguir siéndolo. Por tanto, la burocracia no es un sujeto discursivo que realice la palabra pública revolucionaria, su función es mantener el funcionamiento del aparato estatal, empresarial, partidista, etc.

Si bien no interviene directamente como espacio de producción de lo que hemos llamado palabra pública revolucionaria, la burocracia sostiene un vínculo muy estrecho con ese campo. Pueden verse sus núcleos de interacción como fuente de información para que el líder construya sus discursos, en tanto aparato de recolección y procesamiento de datos, pero también de ejecución de políticas; el espacio asambleario se encuentra atravesado por la burocracia desde la organización de las asambleas, la gestión del debate interno, el registro de la información resultante, los acuerdos, etc., lo asambleario molecular tiene un correlato en la estructura burocrática de las organizaciones y sus cuadros profesionales.

¿Qué ocurre entonces entre la burocracia y la prensa?

La primera aparente contradicción que queremos abordar es la imaginería entre periodismo-burocracia. Muchas veces se plantea que el periodismo se encuentra coartado por un control burocrático externo a él. Sin embargo, esta es una falsa contradicción porque el periodismo es un dispositivo moderno que consiste básicamente en decirle a la sociedad que existen unas formas correctas de comunicarse públicamente mediante la tecnificación del habla.

El periodismo, en tanto profesionalización, tecnificación, industrialización y expropiación de la expresión pública — la restringe a la vez que la produce — tiene un carácter maquínico también, por lo que su funcionamiento se puede ver permeado por un alto componente de burocratización. Aunque su enfrentamiento con otras zonas de la burocracia — para recabar información y cumplir sus imaginarios ideales de profesión moderna — lo puedan producir como una externalidad aparente al aparato estatal-burocrático forma parte también, como señala Julio García Luis en su tesis de doctorado,[31] del sistema político y activa el moderno engranaje de administración de la palabra pública. Entonces lo que nos interesa de esta relación prensa-burocracia es cómo se produce en una sociedad verbalizada la administración de la palabra pública.

En primera instancia, el resultado de ese régimen de administración se encuentra en el periodismo burocrático. Como hemos visto, la burocracia se instituye como instancia imparcial, secreta, distante de lo público; sin embargo, tiene agencia, sus intereses son «susceptibles de crítica racional», dice Weber, por lo que no son actos de autómatas, sino con motivaciones concretas. En este sentido, la prensa puede en ocasiones publicar trabajos para complacer al aparato burocrático y no por intereses propios.[32] En efecto, puede inferirse este como el rasgo fundamental del periodismo burocrático, es decir, una prensa cuyo estilo, fines y agenda está subordinada a una burocracia externa a la actividad periodística. Sin embargo, dicha burocracia no actúa directamente sobre la prensa, sino que conforma un aparato concreto en el entramado mediático que le permite la administración de la palabra pública, por ello,

no puede existir periodismo burocrático como estilo y práctica profesional sin una burocracia periodística que sea su estructura administrativa.

¿Qué implicaciones tiene entonces la configuración de unas estructuras de administración de la palabra pública en la sociedad verbalizada? La burocracia periodística tiene alcances limitados. La posición de pivote que detenta ese tipo de instrumento le da una operatividad singular: al ser parte del aparato burocrático debe garantizar que «el mecanismo siga funcionando y se mantenga la autoridad ejercida ‘societariamente’»,[33] pero también detenta un conjunto de valores gremiales — la autonomía editorial, compromiso social, etc. — , quizás la expresión más clara de esto sea el director del medio. A pesar del deseo del gremio periodístico desde los años ochenta del siglo pasado de que este sujeto sea el responsable de lo que se publica en él, el director del medio es el punto de condensación de la burocracia periodística en tanto lugar de encuentro de la burocracia estatal-partidista y los valores tradicionales del periodismo.

Sin embargo, ese dispositivo –el director del medio– se encuentra en crisis también. Como Lenin señalaba, la burocracia suele producir un desapego a la realidad.[34] El mejor ejemplo es el triunfalismo como discurso predominante de la tradición de prensa socialista. En su modo de operatoria el periodismo burocrático no puede resolver el problema al que se enfrenta en la crisis de credibilidad por la pulsión que ejerce la burocracia y sus intereses como instancia productora de discursos.

Lenin enfatizará esa pulsión: «No debemos engañarnos con mentiras. Eso es perjudicial. Es la principal fuente de nuestra burocracia… no estudiar la experiencia práctica».[35] El tecnicismo, comprender las cuestiones desde su perspectiva puramente procedimental y administrativa, conduce al dispositivo burocrático construido alrededor de la prensa a ampliar sucesivamente su distancia de la experiencia práctica.

¿Qué periodismo está en crisis? Claves de su lectura

Por tanto, quien plantea la crisis de la prensa en Cuba de forma general y abstracta, sin situarla en su devenir, sin comprenderla inserta en un orden revolucionario, sin calibrar su contribución a la contrahegemonía de la Revolución, obvia el sustrato real del periodismo que se encuentra en crisis.

Desde su sobrevida, Julio García Luis nos ha hablado de la necesidad de la refundación de la prensa, pero no del periodismo cubano en abstracto — periodismo que va a existir de una forma u otra en cualquier Cuba — , sino de un periodismo en concreto: el periodismo revolucionario.

Por tanto, la crisis de la prensa cubana no es la crisis de un grupo de periodistas y trabajadores de la prensa que sienten el peso de la regulación externa que coarta sus posibilidades creativas y sus formas de expresión, sino la crisis de la producción de la palabra pública revolucionaria como creación compleja de un modo de producción de la política que encontraba punto de condensación en las interacciones entre el discurso del líder, la expresión pública asamblearia y el periodismo de la Revolución.

La crisis se evidencia en un líder ausente, asambleas que no producen potencia de transformación social y convicción colectiva, y una prensa que no puede conectar con el discurso revolucionario para expandirlo porque su propia producción se encuentra en retraimiento.

Lo que se encuentra en juego son las posibilidades de la política cubana actual para trabajar de forma articulada y producir una «opinión pública revolucionaria».

Ya en unas notas escritas a finales de los ochenta, Julio García Luis nos advertía de no caer en la trampa de convertir el extremismo crítico en medida de la verdad, como si la verdad y lo verdadero fueran las condiciones donde se puede decir lo extremo, lo grotesco, lo más crudo, porque esas críticas pueden ser falsas, pueden ser inciertas.

En 1968, la pintora Antonia Eiriz presentó en el Salón Nacional de las Artes Plásticas del Museo Nacional la obra «Una tribuna para la paz democrática», la que sería la primera instalación realizada por un artista cubano en el país. Tres filas de tres sillas se encuentran emplazadas frente a un cuadro (óleo y collage sobre tela; 220 x 250.5 cm) en el que se representa una tribuna vacía, separada del resto por dos cordones rojos que se extienden a derecha e izquierda sosteniendo pequeños carteles con la inscripción: «P. C. V. Por una paz democrática». El fondo se llena de blanco, negro y marrón con las figuraciones goyescas que caracterizaban la estética de Antonia. Intentos de rostros fantasmagóricos y espectrales que increpan al espectador y producen esa sensación de grito ahogado que atraviesa toda su plástica.

Es ocioso hacer referencia a las polémicas que desató el cuadro y a la crítica de rigor ideológico a la que fueron sometidos un conjunto importante de artistas a partir de ese año. Tiempo de complejas tensiones que enrumbaron hacia el llamado «quinquenio gris», la censura de intelectuales y a la decisión personal de Antonia de abrazar «el silencio pictórico», al decir de Teresa Toranzo. Lo que nos interesa es la forma de representación del acto expresivo que condensa el cuadro. ¿Es una advertencia, una crítica, una denuncia? Los fines pueden ser múltiples, lo indudable es el signo que se acuña para representar el acto discursivo multitudinario, para representar la asamblea general.

En tanto signo, el contrapunteo con el documental de Titón es evidente. Como planteábamos al inicio, en Titón hay una búsqueda al interior de la asamblea: anteponer la voz del líder y los rostros individuales de la inmensa multitud. Hay una exploración de la vibración entre la voz y los rostros, la voz y los cuerpos, la voz y el espacio, la voz y otras voces indistinguibles que emergen como consignas y coros de la masa.

La asamblea es un monstruo descomunal, engulle al individuo y lo ahoga, sella su aparente destrucción mediante el dominio de un único hombre y su voz sobre el conjunto del millón de almas fusionadas. Sin embargo, Titón no quiere retratar al monstruo como absoluto, sino la novedad — que es otra forma de llamar a lo monstruoso — en su relatividad, en su dinamismo, en su movimiento y vitalidad.

En contrapunto, Antonia Eiriz produce otra imagen de lo nuevo. La poética de la tribuna vacía, las sillas de la instalación dispuestas para observar, el fondo de colores apagados que figuran los rostros de una masa informe y la externalidad del espectador que completa la interpretación de la obra plantean una mirada sobre la asamblea general que rompe con la perspectiva de Titón al proponer otra lectura.

La obra de Antonia refleja, a priori, la unidireccionalidad del acto expresivo revolucionario. En su momento se entendió como una crítica al líder, a la tribuna, a la masa concentrada; una demanda al espectador a que hable, a que articule la palabra y evada la tentación de sentarse meramente a observar. Antonia se adscribe a la representación unívoca del poder, no observa la masa vibrar en su propia tesitura a la que el líder también se tiene que ajustar y afinar, sino que se coloca una masa expectante que procura recibir el discurso. Más allá de si es o no una crítica, una advertencia antitotalitaria o una alerta ética desde el interior profundo del discurso revolucionario, la representación es un rasguño que señala un camino, una forma nueva, diferente, la obra se convierte en una señal para significar que algo distinto ha ocurrido, y es monstruoso.

«Asamblea general» y «Una tribuna para la paz democrática» instituyen dos miradas de la expresión en Revolución, de posicionamiento ante la explosión expresiva del acto de masas y de la posición del individuo frente a la inmensa densidad de una realidad que se ha verbalizado cabalmente.

Lezama Lima también planteó la simetría entre la novedad y la monstruosidad. En Universalidad del roce detalla con su antológico pan-erotismo la espesura de las imaginerías profanas que constituyen nuestro mundo. La realidad misma como un (des)ordenamiento total, constituido por la posibilidad de entablar asociaciones inverosímiles, inimaginables, imposibles: lo nuevo es necesariamente monstruoso.

Lo nuevo siempre espanta, aterra, paraliza incluso. Lo revolucionario es caminar hacia ello — como hicieron Titón y Antonia — y tratar de reclamarlo para sí, rasgándolo.

Las revoluciones son monstruosas porque vienen cargadas de lo nuevo en la danza grotesca de la “universalidad del roce, del tocamiento”. La Revolución Cubana produjo formas expresivas nunca vistas sobre esta tierra, llevó la palabra a penetrar el conjunto de la vida social con una capilaridad insospechada. Buscar la renovación sin reconocer la goyesca virtud de esas formas de expresión es una derrota imaginativa.

Es necesario crear nuevas formas para expresarnos en Revolución y hacer, así, que la Revolución se exprese. Solo sabremos si son realmente nuevas cuando nos aterren increpándonos con el grito mudo de lo desconocido, de esta forma podremos escuchar nuevamente la vibrante palabra de la historia en medio de este absurdo letargo.

Notas:

[1] Groys, B. (2015) La posdata comunista. Cruce Casa Editora. Argentina: Buenos Aires. p.10

[2] Groys, B. (2015) La posdata comunista. Cruce Casa Editora. Argentina: Buenos Aires. p.9

[3] Groys, B. (2015) La posdata comunista. Cruce Casa Editora. Argentina: Buenos Aires. p.11

[4] Groys, B. (2015) La posdata comunista. Cruce Casa Editora. Argentina: Buenos Aires. p.13

[5] Vitier, C. (2021) Ese sol del mundo moral. Ediciones Bachiller. BNJM. Cuba: La Habana. P.50

[6] «el carácter relacional del poder: éste no es una propiedad, no es una potencia; el poder nunca es otra cosa que una relación que sólo puede y debe estudiarse en función de los términos entre los cuales actúa.» Foucault, M. (2002) Defender la sociedad. Fondo de Cultura Económica. México. p.158

[7] García Luis, J. (2012) Revolución Socialismo Periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI. Editorial Pablo de la Torriente. Cuba: La Habana.

[8] «El caso Sandra» fue un trabajo periodístico de Luis Manuel García publicado en la revista Somos Jóvenes en 1987 que abordaba el problema de la prostitución en la Cuba de ese momento. Pero Fidel en fecha cercana había declarado oficialmente al país libre del flagelo de la prostitución, cosa que el reportaje ponía en cuestión. Por eso el número de la revista fue censurado. «El caso Sandra» se convirtió en un texto emblemático que habla sobre los límites de del ejercicio del periodismo y el instrumento de la censura en la Cuba de los ochenta.

[9] https://medium.com/la-tiza/cuatro-m%C3%A1quinas-hegem%C3%B3nicas-cubanas-y-una-fuga-de-utop%C3%ADa-b47105b13a33

[10] https://medium.com/la-tiza/cuatro-m%C3%A1quinas-hegem%C3%B3nicas-cubanas-y-una-fuga-de-utop%C3%ADa-b47105b13a33

[11] Groys, B. (2015) La posdata comunista. Cruce Casa Editora. Argentina: Buenos Aires. p.29

[12] Butler, J. (2017) Cuerpos aliados y lucha política. Paidós. España: Barcelona. p.164

[13] Butler, J. (2017) Cuerpos aliados y lucha política. Paidós. España: Barcelona. p.159

[14] Butler, J. (2017) Cuerpos aliados y lucha política. Paidós. España: Barcelona. p.173

[15] Butler, J. (2017) Cuerpos aliados y lucha política. Paidós. España: Barcelona. p.159

[16] Schlachter, A. y Rodríguez L. (1985) Hablar en público es un arte: ¡apréndalo! Editorial Oriente. Cuba: Santiago de Cuba. p.26

[17] https://boletindelatizza.substack.com/p/feu-matcom-los-estudiantes-tienen

[18] https://www.youtube.com/watch?v=uTb1h9t5Wuk

[19] http://www.cubadebate.cu/noticias/2025/07/15/el-buro-politico-acepta-solicitud-de-liberacion-de-la-ministra-de-trabajo-y-seguridad-social/

[20] García Luis, J. (2012) Revolución Socialismo Periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI. Editorial Pablo de la Torriente. Cuba: La Habana.

[21] García Luis, J. (2012), Revolución Socialismo Periodismo …, p. 199.

[22] Bajtin, M. (1992) Estética de la creación verbal. España: Barcelona. p.254

[23] «Las fronteras de cada enunciado como unidad de la comunicación discursiva se determinan por el cambio de los sujetos discursivos, es decir, por la alternación de los hablantes. Todo enunciado, desde una breve réplica del diálogo cotidiano hasta una novela grande o un tratado científico, posee, por decirlo así, un principio absoluto y un final absoluto; antes del comienzo están los enunciados de otros, después del final están los enunciados respuestas de otros (o siquiera una comprensión silenciosa y activa del otro. o, finalmente, una acción respuesta basada en tal tipo de comprensión).» p.260. Bajtin, M. (1992) Estética de la creación verbal. España: Barcelona.

[24] García Luis, J. (2018) ¿Qué periodismo queremos? Editorial Pablo de la Torriente. Cuba: La Habana. pp.13–22

[25] https://medium.com/la-tiza/cuatro-m%C3%A1quinas-hegem%C3%B3nicas-cubanas-y-una-fuga-de-utop%C3%ADa-b47105b13a33

[26] Lukacs, G. (1970) Historia y conciencia de clase. Editorial de Ciencias Sociales. Cuba: La Habana.

El uso que le damos a este término tiene que ver con las prácticas que se cosifican más allá de su relación concreta con el entorno histórico-político en que se desarrollan. El fetichismo de la mercancía hace creer que esta tiene propiedades independientes del trabajo histórico que la produce, y de objeto se convierte en ente independiente de la relación social en la que surge. De cierta forma podemos identificar un intento de fetichismo del liderazgo en la sociedad cubana actual, ocultando los orígenes del liderazgo histórico y la fuerza popular de su legitimación y estableciéndolo como legitimación no popular. Véase el epígrafe La cosificación y la conciencia de clase del proletariado.

[27] Weber, M. (2000) ¿Qué es la burocracia? Ediciones elaleph.com. p.110

[28] Weber, M. (2000) ¿Qué es la burocracia? Ediciones elaleph.com. p.51

[29] Weber, M. (2000) ¿Qué es la burocracia? Ediciones elaleph.com. pp.63–64

[30] Weber, M. (2000) ¿Qué es la burocracia? Ediciones elaleph.com. p.94

[31] García Luis, J. (2004) La regulación de la prensa en cuba: referentes morales y deontológicos. Tesis en opción al grado de Doctor en Ciencias de la Comunicación. Facultad de Comunicación. Universidad de La Habana.

[32] Julio García señala un conjunto de deficiencias de los medios entre las que destacan con respecto a este tema: “El lugar de la acción responsable y lógica de la prensa ante la realidad puede ser sustituido, al menos en parte, por los mecanismos burocráticos de los organismos. La iniciativa personal del periodista queda en muchos casos también anulada o desestimulada. La prensa, consciente o inconscientemente, puede publicar para complacer a los reguladores y no para cumplir su función social.” p.92

García Luis, J. (2004) La regulación de la prensa en cuba: referentes morales y deontológicos. Tesis en opción al grado de Doctor en Ciencias de la Comunicación. Facultad de Comunicación. Universidad de La Habana.

[33] Weber, M. (2000) ¿Qué es la burocracia? Ediciones elaleph.com. p.84

[34] Lenin, V. “El carácter de nuestros periódicos”, Obras Completas, T.37, Publicado originalmente en el número 202 de “Pravda”.

[35] Lenin, V. “Al camarada Molotov para los miembros del Buró Político, 16 de marzo de 1922”, Obras Completas, T. 33, páginas 237–242.

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