Written by: Coyuntura Memoria News

La casa a cuestas o cómo renacer del desalojo (I)

Por Mario Ernesto Almeida


«Está bueno sentir otro dolor», dice la Vicho tocándose la herida sobre el labio y palpando el golpe de la frente, ambos en el costado derecho del semblante. «Está bueno que duela, sí, para compensar otros dolores», y medio que se sonríe, pero con cansancio. Es jueves 22 de enero. Ya van más de diez días en esto.

El lunes de la semana anterior, cuando comenzó el desalojo, la gente se organizó e hizo resistencia. Tanta, cuenta Hans, que se llegó a pensar que lograrían frenar el embate y conservar sus casas. Pero el martes, acota, nos entraron con el Grupo de Operaciones Policiales Especiales, el GOPE, y no pudimos hacer mucho.

Después llegó la retroexcavadora, que desde entonces anda como si fuera la mismísima parca, yendo a una casa y a otra y derribándolo todo.

Es la megatoma de San Antonio, región de Valparaíso, Chile. El desalojo fue noticia la semana anterior, pero ahora el foco está en los fuegos del sur y después estará en las inundaciones de Santiago o en algo distinto, más o menos relevante, más o menos dramático. Pero la crudeza y la tensión vitaldel minuto a minuto continúa también en este trozo de tierra.

Acá en la ladera poniente del cerro Centinela, cerca del mar, entre los pinos, pareciera que pasó un tornado. Y no fue el viento: fue la máquina. Donde había una casa, donde vivía gente, la retroexcavadora pasó, quebró, dejó el destrozo a nivel del suelo y se fue a la próxima como si nada.

Fue la retroexcavadora, pero no solo ella. Más arriba sigue estacionada, en la boca del camino, una patrulla del GOPE. Uno de los guardias lleva un fusil para balas de goma y el otro una ametralladora. Están parados fuera del carro. Las armas largas les cuelgan sobre el abdomen.

Según su sitio web oficial, el GOPE lleva «44 años de entrega y sacrificio al límite. Se trata de un grupo de élite de Carabineros altamente entrenado, con presencia nacional, prestos a ser desplegados para el desarrollo de operaciones en los más diversos escenarios y ambientes donde sean requeridos». Luego se especifica, entre otras cosas, que «surgió con la finalidad de hacerse cargo del combate al terrorismo».

También al lado de la carretera de tierra, mal escondidos, en espera de algo que ya a estas alturas no va a ocurrir, aguardan los guanacos, unos furgones blancos inmensos que lanzan agua a presión. Están para hacer lo que haga falta hacer, pero no tendrán que hacer nada, porque ya esa parte de la guerra pasó.

El combate de ahora es distinto, es más bien contra el tiempo y la paciencia de la retroexcavadora; intentar desmantelar la casa antes de que llegue el monstruo y buscar un sitio, cerro arriba, donde levantarla de nuevo. Es un combate sin estruendos, más allá del crujido de algún clavo cuando una pared completa se desprende de la otra, se levanta y se lleva para el camión.

Ahora la operación fundamental es seguir vivo, seguir teniendo techo propio, y no volver a como se vivía seis años atrás, en la condena del arriendo.

La hija del Hans y de la Vicho tiene cuatro años y nació, como quien dice, en esta casa que ya no es. Parece no enterarse de mucho de lo que está pasando por cómo se ríe, aunque lo que está pasando es tan concreto para ella que es imposible no advertirlo. De un día para otro, ha dejado de correr sobre el suelo de madera de su mundo y ahora juega con los pies descalzos en la tierra, entre pilotes prietos, que es lo único que va quedando.

—¿De quién es esta botella de agua? —grita levantando el pomo— ¿De quién es esta botellaaaa? ¿De quiéééén?

—¡Del pueblo! —le responde Juan— ¡Del pueblo!

Y ella se sonríe. La abre. Toma.


Juan vino a ayudar al Hans y a la Vicho. También vino el Pato, el Juanra, la Fernanda, el Nico, el Yuri y otros tantos y tantas que ya se fueron o que vendrán más tarde.

Está incómodo hacer preguntas a esta hora, cuando se va tirando abajo y montando sobre un camión una casa, que es un mundo, cuando se está cargando con ella a la espalda hacia otra parte, para levantarla otra vez.

Juan es profesor de música, mientras que el Pato vende libros por el día en un parque y por las noches da conciertos con su guitarra. El Juanra vive en otra toma, la de Placilla, con fecha de desalojo para junio. A la Fernanda le gusta meterse en este mar gélido que está cerro abajo, porque dice que es como si el cuerpo renaciera. El Nico vino a apoyar en la resistencia. El Yuri es abogado.

Está difícil hablar con el Hans, que tiene los ojos como de quien ha llorado mucho, que luce imbuido en una suerte de nebulosa, con la autoimposición de no pensar de más en lo que pasó, en lo que está pasando, solo en el tiempo y en rescatar todo lo de la casa, lo de su vida, antes de que llegue el buldócer.

La Vicho tampoco se detiene a levantar la mirada. Levanta, eso sí, trastos pesadísimos una y otra vez, y vuelve a buscar otros y hay que sacar y sacar, porque mañana en la mañana llega el monstruo, uno de tantos, pero concreto, real, implacable, y si no llega en la mañana llegará en la tarde, y hoy tiene que quedar fuera de peligro todo. Mañana es viernes y la Vicho tiene que ir al trabajo a resolver algún que otro imperfecto que quedó pendiente, porque el fin de semana no se puede, el fin de semana aterrizan los helicópteros de los ricos y a los ricos no les gusta ver electricistas dando vueltas; a los ricos no les gusta tampoco que los vean.

—¿Y las plantitas? —pregunta alguien mirando la línea de macetas improvisadas que demarcan los límites de lo que hasta hace unas horas fue un jardín.

—No, las plantas no —dice la Fernanda—. Hay que cruzar los dedos pa’ que sobrevivan, pero ahora mismo hay otras cosas…

Todo se ha ido sacando: la cama de la niña; placas de yeso que fueron y tendrán que volver a ser paredes; un cuadro del Che en blanco y negro; los pedazos de cerca, de techo; tablas y láminas de madera; horcones, estructuras de la vivienda ensambladas como una pieza toda; el refrigerador; las gavetas donde se está colectando humus para que las plantas, las que sobrevivan y las nuevas, crezcan con fuerza; y hasta un mural con la fotografía de compañeros que perdieron la vida en la revuelta del 2019.

Dice Juan que el desalojo de la megatoma es la cereza del pastel, el tiro de gracia a lo que queda del estallido, porque la toma fue en su momento un resultado fundamental del estallido. Acá se desarrolló, en medio de la revuelta, la toma de terreno más grande del país hasta la fecha. Los números más parcos hablan de más de 4 000 familias en más de 200 hectáreas. El actual gobierno ha decidido expropiar poco menos de la mitad del terreno, pagándole al propietario. Los de la otra parte de la tierra, la que no va a expropiarse, unas mil familias, se tienen que ir.

En los medios conservadores se habla del narcotráfico metido en las tomas, de la violencia, de que son gente que se saltó la verja, la real y la legal. Acá, Juanra dice que pagó por vivir en una casa que no era suya durante más de veinte años, que cuando saca la cuenta, ya se hubiera comprado cinco con ese dinero.

Por acá también sugieren que se registren los barrios altos de la capital, a ver si no se encuentra por allá marihuana y cocaína, a ver si allí no hay también violencias, incluso de las que no se ven de este lado, a ver si no hay gente que se ha saltado verjas más grandes de las que había aquí.

De cualquier modo, la toma de tierra no es un asunto exclusivo de San Antonio. De acuerdo con el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, en su último catastro (2024), la cifra registrada es de al menos 1 432 campamentos en todo Chile, la mayor parte (el 26%) en la región de Valparaíso, y luego vienen las regiones del Bío Bío (16%) y la Metropolitana (12%).

De cualquier manera, las ciudades y los pueblos crecen, por una esquina al ritmo de la necesidad más inmediata y por la otra al golpe de la especulación y el negocio. Las ciudades crecen.


Ya se encontró un espacio cerro arriba para levantar la casa de la Vicho y el Hans. La señora con la que hablaron les dijo que trataran de no cortar los árboles. La Vicho le respondió que no se preocupara, que por cada árbol que tuvieran que tirar abajo para levantar la casa, ella iba luego a sembrar cinco, pero que tampoco se le puede guardar duelo a los pinos, porque los pinos fueron metidos a la fuerza por el negocio forestal y casi que exigen más derecho a la tierra que nosotros; es una especie invasora y además se prende en llamas con una facilidad tenebrosa, sobre todo cuando hay gente viviendo donde supuestamente no debe.

El camión ahora trata de subir el empinado camino de tierra con parte de la casa a cuestas. Es peligroso; está difícil. El chofer pide que bajen todos porque tendrá que hacer maniobra. Hacer maniobra es descender más por la cuesta, tomar impulso y entrarle a la subida como un huracán, un huracán dando brincos. Y los ojos de todos muy abiertos, porque parece que va subiendo en tres ruedas en lugar de cuatro y parece también que se va a virar y, si se vira, quién sabe lo que ocurra con el chofer, con el camión, con los pedazos de la casa. Pero el camión sube.

Dice el chofer que tenía otros compromisos de trabajo hoy y los canceló, porque sabía que era más útil aquí y no le podía decir que no a esta gente; porque él también vive en una toma y conoce lo que es esto. También asegura que les está cobrando más caro de lo normal, porque en los caminos está arriesgando de más los huesos del camión.  

Ya con el camión libre de la pendiente, surge otra tensión. Cerca de la patrulla hay otros autos parqueados, a uno y otro lado del camino, y uno de los maderos que sobresalen del camión se tranca contra los vidrios de una camioneta. Y ni para atrás ni para adelante el camión. Hay que mover el vehículo para que el camión siga y para que no se destroce el cristal de la camioneta, ya bajo presión.

—¿Pero dónde está el dueño? ¿Ayudando a quién? Levantemos la camioneta nosotros mismos.

—Qué pesada, no se mueve. Y vienen los «pacos» y mencionan utilizar el winche de su patrulla para mover hacia un lado la camioneta, pero ya llega el dueño, ya viene.

El carabinero detiene sus ofertas al viento, recupera la paciencia de la autoridad y pregunta:

—¿Quién es el dueño?

—Yo

—¿Quieres que te ayudemos o no?

El muchacho mueve un tanto la cabeza en círculos, se sonríe, para en seco el cuello y pone frío el rostro, y dice no.

Los «pacos» vuelven a su patrulla. Los brazos logran levantar y mover la camioneta. El camión continúa camino. La patrulla lo sigue. ¿Adónde va? ¿Tras quién? El camión se bifurca más hacia la entraña del cerro y la patrulla sigue de largo. No es una mudanza, esto es un desalojo y a nadie se le olvida.

En el espacio de la vieja casa se sigue evacuando lo que queda: la mesa, las herramientas, algo de comida, aquel mueble, unas cajas…

Hans compuso la tienda de campaña donde dormirán hoy. Adentro reubica unos bidones de agua. La noche está cayendo. Por primera vez en horas el ritmo de trabajo disminuye. Se toma agua con tranquilidad. Se prenden dos o tres cigarros. Se acaricia a los perros. Llegan nuevos compañeros. Hay abrazos, algo de risa.

Entonces, Hans se sitúa entre todos con la certeza de haber sobrevivido en la batalla al tiempo y a las máquinas monstruosas. Con sus ojos de casi dos semanas en guerra y su primera sonrisa de horas luz, el Hans pone las manos sobre un pilote a la altura de su cadera y dice la frase más telúrica de la jornada:

—Bueno, muchachos, ganamos…

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