Los chilenos solo saben que se trata de un documentalista — no entienden bien por qué de Cuba y Bolivia al mismo tiempo—, y que viene con un material sobre cinco palestinos que viven, estudian o estudiaron en Cuba.
Por Mario Ernesto Almeida
Mariana Rojas va a enamorarse de Sergio Eguino, que tiene la edad del mayor de sus hijos. No será un amor de sábanas ni tragedias, sino un arranque de territorialidad maternal, como cuando se encuentra algo, así, porque se encuentra y ya, y luego no quiere soltarse.
Ella tiene 54 años. Es chilena y abogada penal. Madre de tres hijos. Lleva una vida que encaja en cualquier largometraje latinoamericano que probablemente a Sergio le gustaría dirigir.
Siendo niña, cuenta, a su casa entraron los pacos y se llevaron hasta el perro. Hasta el perro no, se ríe, es un decir, pero solo dejaron a mi hermano pequeño y a mí, que tenía 13 años. El hermano mayor estaba metido en cosas de la resistencia antipinochetista. El padre, por su lado, decía no involucrarse en política. Su esposa le contaba en lo que andaba el hijo y preguntaba qué iba a hacer cuando llamaran a la puerta, armados hasta los dientes, para buscarlo. Él siempre contestaba que sin una orden judicial no podían hacer eso. Cuando al fin pasó, en efecto, se detuvo en la puerta a exigir la orden. Fue entonces cuando le entraron a golpes y se lo llevaron hasta con el perro, que en la jerga de Mariana significa a todos, menos a los niños.
Así pasó la infancia tardía y juventud primera, con madre, padre y hermano mayor presos y ella escondiéndose bajo la mesa cuando algún vecino llegaba a traer algo de comida; con el padre yendo de escéptico político a luchador social, y ella enamorada de un amigo medio terrorista del hermano, que estuvo preso también y que una vez le dedicara una canción de Pablo.

Después fue la vida. Casarse con alguien, tener tres hijos, vivir en provincia, estudiar cosas de economía para mantener andando un negocio familiar; estudiar Derecho, dice, para que el exmarido no la jodiera en la separación, que una psicóloga le recetase un cacho de marihuana para relajar un poco, separarse par de veces más en la vida y quedarse dando vueltas entre la cárcel de Santiago y los juzgados, defendiendo a los huevones, que siempre tienen a bien meter la pata, como cualquiera, pero casi nunca una abogada que los salve un poco de la mierda o que al menos los ayude a no cargar encima con más mierda de la que les toca.
Mientras tanto, Sergio es documentalista, tiene 33 y ha pasado los años repartido entre Cuba y Bolivia, de donde son, respectivamente, madre y padre. El ser, el soy… parece un asunto bastante complicado para él. En rigor, comenzó su vida en Cruces, un pueblecito de Cienfuegos; después Cruces y La Paz, luego La Paz, La Habana, Cruces. Media vida aquí y media allá cuando se va sacando la cuenta con los trozos.
En el ir y venir, nunca logró ser bueno en ningún deporte y habla de una forma rara que en Bolivia pasa por acento neutro y en Cuba por extranjero guanajo.
Se complica el ser cuando ni acento se tiene, por eso Sergio se aferra a otras cosas no menos profundas. Quién le va a decir que no es de Bolivia, si su primer apellido, Eguino, viene de una abuela, a saber con cuántos tátaras por el medio, mujer más libre que la mayor parte de las mujeres y los hombres de su tiempo. Cómo no ser de Bolivia si en la casa de aquella Vicenta se fabricaron las armas de la independencia y ella misma le entregó la llave de La Paz al hombre que, con el suyo, le diera nombre a ese país. A sus hijos ella les dio el apellido para que 200 años más tarde a Sergio no se la vaya a olvidar que es de Bolivia, un país que antes de su tátara, tátara, tátara, tátara abuela no existía, o al menos no de esa forma.
Y cómo no ser de Cuba si en Cuba nace, si sus primeras imágenes son de los campos de Cruces, si sus padres se enamoraron en la Universidad de Matanzas, si hoy vive y sueña de las cosas que aprendió en las universidades de la Isla.

Sergio no tiene la suerte de poder decir yo soy de aquí o de allá de forma estricta, como hace, orgullosa, la gente que nunca se ha cambiado de casa ni de barrio. Sergio es de muchos lugares al mismo tiempo y eso no es delito, pero lo condena a vagar por el mundo como una especie de bicho raro.
Ahora van apretados en un auto rumbo a Concepción, una ciudad medio millar de kilómetros al sur de Santiago de Chile. Son entre sí un misterio mutuo. Sergio lleva algo de susto y prudencia en el rostro. Está por primera vez en este país. No conoce a ninguno de quienes lo llevan a un sitio que conoce menos aún, lleno de gentes más desconocidas todavía.
Los chilenos solo saben que se trata de un documentalista — no entienden bien por qué de Cuba y Bolivia al mismo tiempo—, y que viene con un material sobre cinco palestinos que viven, estudian o estudiaron en Cuba.
Lo que sabe Sergio es que estos chilenos se agrupan en una fundación que lleva por nombre un acrónimo, Varsot, que alude a los apellidos, Vargas Sotomayor, de otro chileno que más de un siglo atrás pelease en Cuba contra la corona española, bajo las órdenes de Antonio Maceo, y que encontraría la muerte de una forma muy extraña que más de uno adjudicaría al mal de amores. Sergio sabe también que estas personas han llevado en los últimos años casi dos toneladas de insumos médicos a la Isla, además de otras cosas que no van diciendo mucho; gente rara y buena que tiene el mundo y que hace eso.

Sergio los irá conociendo con los días, no le quedará otro remedio. Así sabrá, por ejemplo, que Toño cuenta las historias más extraordinarias del mundo sin permitir que alguna que otra verdad inoportuna las arruine, y que en una sola mañana un carro de caja mecánica se le puede apagar hasta 74 veces. Que a Rodrigo el grande lo sacaron del trabajo de toda su vida por izquierdoso y, como venganza, comenzó a hablar más de Cuba que nunca y a hacer más por ella. Que Yuri juega al fútbol todas las semanas, defiende luchas de pescadores en juzgados y de vez en cuando se peina. Que María Isabel tiene la manía de hacer mucho sin decir tanto, arregla bocas, tiene sonrisa suave y sencilla, casi ruborosa, y guarda una metáfora lúdica con el cañonazo de La Habana. Que Roberto lleva aún la nariz algo torcida por uno de tantos culatazos de fusil, que no piensa en víctimas sino en compañeros y combatientes, y que no se traga el discurso ni la ideología de los derechos humanos. Que Rodrigo el joven tiene alma de conspirador, mota a la francesa y tono taimado de poema; que Camila lleva la energía de mil revoluciones pendientes y la capacidad, sin ser madre, de calmar a un bebé. Que Mariana es la única que nunca ha visitado Cuba y que probablemente no lo haga pronto, porque siendo la prensa de por acá como es, lo menos que saldrá en cuatro o cinco medios empresariales, los que más alcance tienen, es que la abogada problemática que se complica la vida defendiendo huevones es agente del castrocomunismo y, antes de que eso ocurra, hay al menos un par de asesinos con licencia que ella quiere dejar metidos tras las rejas, sin que la culpa sea exactamente de Fidel.
La palabra comunismo aquí se ha utilizado para tantas cosas, se le ha arrojado tantas culpas y se han dicho y hecho otras tantas en su nombre, que Mariana prefiere no perder energías con ella y se llamará a sí misma — y a todo lo que le parezca en la línea de lo justo, como el propio Vargas Sotomayor— luchadora social.
Por ahora, en el carro, algunos chistes extraños van rompiendo la sequedad de rostros desconfiados y van también, poco a poco, hilvanando cierta cofradía, apuntalada por preguntas ocasionales que corren de lo humano a lo humano, de esta tierra a las otras, de lo humano a lo humano.
El documental lleva por nombre La Raíz del Olivo y fue producido por dos medios de la izquierda informativa como Resumen Latinoamericano y Al Mayadeen.
Que lo muestre al menos 16 veces a lo largo de Chile no es casual ni menor. Acá se encuentra la segunda mayor diáspora palestina del mundo, apenas superada en tamaño por la de Jordania. No se trata de una migración reciente o no solo reciente. Basta decir que el club de fútbol — primera división, liga nacional— que lleva por santo y seña la palabra Palestino, se creó en Santiago 105 años atrás.
Entre los nietos e hijos de los que llegan desde hace más de un siglo y los que arriban hoy directo de las tierras del Levante mediterráneo, suman casi medio millón de personas. No es difícil encontrar en cualquier calle de cualquier barrio locales de comida palestina y menos difícil aún ver las banderas, que cuelgan o se estampan en paredes, postes de electricidad, balcones, ventanas, pulóveres, automóviles, estadios…. Si se quiere encontrar un lugar en el mundo donde reine la indiferencia ante los asesinatos del sionismo, que no se empiece por Chile, por su pueblo; que no se busque aquí.
Tampoco resulta una diáspora exenta de complejidades. Para bien o para mal, como dicen algunos, es una presencia que transversaliza todas las clases sociales y tonos políticos, con grandes empresarios de derecha, obreros y hasta líderes comunistas que sufren persecución política y judicial. Sin embargo, al menos por estos días, ciertas diferencias se difuminan un poco cada vez que cae una bomba a más de 12 mil kilómetros de distancia.
Lo que será Palestina después, quién gobernará y bajo qué símbolos no se discute hoy entre weones que se sientan a conspirar en una mesa para la próxima manifestación o toma de universidad. Casi todos y todas entienden que lo primero y lo urgente es tener patria.

Sergio será testigo de muchas cosas en poco más de dos semanas: verá a la embajadora de la Autoridad Palestina con la voz cortada; en alguna que otra universidad tendrán a bien empezar diciendo que la institución no está de acuerdo con todo lo que se dice en la película; en una población humilde una mujer con overol y rostro de novela convocará a sembrar un olivo en medio de la plaza; habrá quien aproveche y se levante tras la proyección a leer una declaración local; escuchará a una muchacha hablar de cómo la cultura palestina ya es también patrimonio de Chile y, días más tarde, Sergio leerá en un estado de WhatsApp que fue violentada sexualmente en un cine; comerá junto a mapuches en el sur; respirará el aroma de las salitreras del norte; oirá charlas comunitarias de derecho laboral; dormirá y comerá, aquí y allá, cerca de al menos cinco gatos; escuchará el mismo recital de loros que escucharon en su momento los detenidos en lo que fuera un centro de desaparición y tortura; se estremecerá con el rugido de los buques cargueros en más de un puerto; lo llamarán compañero; lo obligarán a comer asado un domingo y a ver por televisión un encuentro de clásicos del fútbol local; verá atropellados en la carretera; tomará vino y ron.
A su vez, Sergio también irá diciendo mucho:
que es fácil desmarcarse de los «terroristas», decir no estoy de acuerdo y punto, cuando no se tienen 300 familiares asesinados en un mismo día; Basel, Basel, Basel, Basel, Basel; que desde nuestros espacios se puede presionar a nuestros gobiernos, empresas, universidades, ejércitos — dice nuestros y dice América— para romper relaciones con el ente sionista; que el enemigo, aquí y allá, existe, que es muy líquido y concreto a la vez, que regala bombas por un lado, trata de quitar y poner gobiernos en otro, asfixiar y someter economías y pueblos; Watan, Watan, Watan, Watan, Watan; que en Alemania lo llamaron antisemita; que los números impactan un día y despersonalizan al siguiente; que la memoria existe; que la historia vuela; que el mar conecta; Omaima, Omaima, Omaima, Omaima, Omaima; que su trabajo no va en busca de la lástima, sino de la rabia; que hace falta cierta dosis de rabia para despertar y hacer; que no se puede perder tampoco la cierta dosis de ternura que acompañe a la furia; Murid, Murid, Murid, Murid, Murid; boicot; esperanza; kufiya; raíz; marcha; olivo; resistencia; Baylasan, Baylasan, Baylasan, Baylasan, Baylasan…
La primera vez que Mariana estuvo no vio bien. Cuidaba unos cuantos libros y otras cosas que podrían pasar por mercadeo revolucionario de subsistencia. Andaba por una esquina de la sala y la sala no era muy grande o más o menos, pero estaba llena de gente, gente incluso de pie, y ella sentada.
No es un material que pueda solo escucharse desde una esquina oscura, menos en esta parte del fin del mundo donde el español rige. Durante la cinta, los protagonistas hablan en su lengua, porque hay cosas que solo en la lengua madre pueden ser dichas.
Quizás por eso, porque estaba en árabe y ella en una esquina preocupada por otras cosas, Mariana apenas vio lo que ocurría unos metros adelante.
Pero al día siguiente, más de 400 kilómetros al norte y en una sala más amplia y vacía, Mariana estuvo también y esta vez sin nada o mucho que atender entre las manos y, cuando acabó la cinta y se prendió la luz, Mariana andaba lagrimeando y dijo con los ojos hacia Sergio: este cabro del demonio me está haciendo llorar.

Así, a golpe de un llanto bajo, inició su enamoramiento, que fue pasando a la vez por una idealización de los hombres jóvenes cubanos, «ustedes parecen distintos, ustedes se enamoran…».
El ecosistema de la solidaridad con Cuba en Chile, del que Varsot forma parte, resulta también heterogéneo. Hay líneas que vienen desde partidos políticos, los cuales al mismo tiempo han caminado por años con algún tipo de relación con la Revolución cubana.
Hubo un tiempo no muy lejano — quedan testigos— en que la deriva revolucionaria de Cuba olía a destino compartido en América Latina más que a excepción histórica.
Incluso antes de la llegada de la Unidad Popular al gobierno, había en Chile gente organizada como parte de grupos de apoyo desde este territorio a la guerrilla del Che en Bolivia. Con Allende como presidente se cimentó un vínculo institucional, cultural y militante entre los dos países. Con la llegada de Pinochet, Cuba fue un lugar de arribo, cobijo y patria para exiliados. En Cuba también se prepararon, provenientes de varios partidos y movimientos, chilenos para enfrentar militarmente a la dictadura. Tras la concertación, Silvio Rodríguez fue de los primeros artistas en aterrizar en Santiago y llenar, con su concierto, un inmenso y conmocionado Estadio Nacional.
La solidaridad con Cuba hoy, que sin dudas brota de esos antecedentes, desborda los márgenes de los partidos políticos y engloba militancias, formales o no, de toda índole.
Mientras en los altos debates televisados se pugna por la presidencia del país y posicionarse contra Cuba aparece como elemento mínimo de supervivencia electoral, en los espacios de la solidaridad personas con toda clase de diferencias entre sí se juntan sin preguntar mucho y dicen Cuba, y se sientan y se abrazan, y no parecen tan distintos y hasta se enamoran. A espacios con estas sensibilidades y acumulados, y amparado por ellos, ha llegado Sergio en Chile.
En la Universidad de Santiago de Chile, ya acabada la proyección, Sergio recuerda a un documentalista chileno que hablaba de un progresivo alejamiento del país con el mar y de la importancia del mar y de estar cerca de él — el mar que conecta a Chile con Cuba, a Cuba con Gaza y a Gaza con Chile—.
Es eso, dice, Chile necesita acercarse más al mar.
«No tanto como Bolivia», susurra entrecortada por risas Mariana, que luego, sin parar de reírse, se lo espeta en el rostro. Y Sergio se sorprende, se ríe, se insulta, abre los ojos y le responde, desarmado: eres una hija de puta.
Mariana a veces sueña con su madre, que está muerta. Casi siempre es preludio de noticias buenas que llegarán al día siguiente. Pero los sueños muchas veces se olvidan cuando se abren los ojos o cuando ha pasado algo de tiempo. Ahora Mariana, que entre una cosa y otra ha compartido más de tres mil kilómetros con Sergio, revisa su amor medio inconfeso y mal guardado y se pregunta si habrá soñado con su madre la madrugada anterior a conocerlo.
Están en el aeropuerto tomando un café. Sergio tiene el pelo algo largo y desarreglado con unas cuantas canas que, recuerda, le salieron cuando el golpe de Estado a Evo Morales. Tiene un arete raro y grueso que no sirve para abrir teléfonos y está a punto de volar a Iquique, en el norte, donde serán las últimas presentaciones de su documental en Chile. En estas semanas ha escuchado mucho sobre la dictadura, sobre las secuelas que dejó, de heridas más o menos abiertas.
Mariana, por su parte, le advierte que a ella no le gusta que la vean con lástima, que este es un país muy distinto en muchos sentidos, que ella se sabe defender, que ha hecho su vida y se ha hecho a sí misma y que se sabe una mujer feliz.
Entonces él le recuerda la canción de Pablo que un amante terrorista le dedicara cuando ella era poco más que una adolescente; y le agrega al «feliz»: violenta y tierna.
Mariana lo ve perderse por una puerta y luego reaparecer con sus pasos tímidos de rockero encubierto a lo lejos en la fila. Le hace un gesto exagerado con los brazos, Sergio voltea el rostro y la ve, ella toma la última foto.
Luego camina a la salida del aeropuerto, retiene un tanto la emoción y dice sonriendo: ese cabro del demonio me dijo hija de puta.





