Segunda entrega de la serie «Silencios urbanos: la invisibilidad del repartidor»
Por Lapatún
Ser entregador en Ifood implica, entre otras cosas, aprenderte de memoria, por supuesto, los nombres de las calles, sus números y sus edificios, etc. Eso es lo esperable en un trabajo de esta naturaleza.
Sin embargo, también aprendes algunas cosas que pudieran ingresar en esa lista de los «Diez datos más inútiles que guardas en tu cerebro».
Tomadas de corriente
Mantener con carga el celular durante toda la jornada laboral es básico para llegar al final de la misma. Por eso, no pocas veces, ves a tus colegas con más de un celular y/o con una batería extra. No obstante, eso no es para todos. Si, como yo, no tienes a mano tales artefactos aprendes a localizar cuáles son las tiendas, estaciones de Metro, botecos o cualquier pared en la que estén o puedan estar libres tomadas de corriente. Así sabes que en el Centro Comercial Frei Caneca hay un par de tomas en el nivel Térreo; que en CC Shopping Cidade el único libre está casi en la puerta que da a la Paulista; que en la estación Óscar Freire también hay uno solo, pero debes bajar con la bicicleta dos niveles por las escaleras eléctricas, y así…
Números pares e impares de los edificios en una calle
Un aprendizaje de mucho agradecer de la labor como entregador es que aprendes, como es lógico, la geografía de la ciudad y su callejero. Con el tiempo, aprendes también algo tan — en apariencia— poco importante como en qué acera están los edificios con números pares y en cuál los de números impares. Esto en una calle pequeña no parece tan significativo, pero si haces una entrega en la avenida Paulista y vienes desde, por ejemplo, República, es bueno saber que los números pares están en la acera norte y los impares en la acera sur y que, además, crecen de Paraíso a Consolação. O que en la propia Consolação los números pares están en la senda este hasta llegar a la Paulista y, de ahí en más, como deja de ser avenida y pasa a ser apenas una calle pequeña, se invierten las sendas.
Baños limpios, tranquilos y con bebederos
Cierto que Sao Paulo suele ser una ciudad con baños públicos limpios en casi toda su geografía. Sin embargo, los centros comerciales suelen tener sus horas pico y, a veces, lo único que buscas es un poco de tranquilidad. Después de varias semanas, localizas cuáles son esos baños estratégicos donde hay poca gente, aunque el centro comercial esté repleto y te sientes inteligente por saber ese dato.
El orden de las calles con nombres de Estados brasileros
Para quien va a pie o en bicicleta, puede ser de utilidad saber que en la zona de Higiénopolis, desde la avenida que le da nombre al barrio hacia la Dr. Arnaldo — que entronca con la Paulista—, los nombres de las calles que cortan Consolação siguen el orden de algunos de los Estados brasileiros de la región noroeste y central, de norte a sur: Maranhão, Pará, Ceará, Piauí, Alagoas, Bahía, Sergipe, Goiás, Mato Grosso y Minas Gerais. Las calles están ubicadas, también, de norte a sur.
Las rutas internas de los centros comerciales
Los shoppings paulistas — como en cualquier ciudad del mundo— son enormes, de varios pisos, decenas de tiendas más pequeñas o más grandes. En el horario pico de días entre semana o sábado o domingo puede ser una experiencia difícil el tratar de ubicarse o caminar en ellas.
Con el tiempo, una vez localizado mentalmente tu restaurante — es otro dato «inútil» que almacenas en tu cabeza: dónde queda el Burger King del Patio Paulista; dónde se ubica el Piadina Romagnola del Shopping Center 3; en qué piso está el Almanara en el Shopping Cidade; entre otros— trazas la ruta más corta entre la puerta por la que entras y el restaurante del pedido. No solo la más corta, sino la menos llena de personas, la de menos obstáculos, en fin, la que te dé más facilidad y te haga perder menos tiempo. De esa manera, sabes que, si agarras tal escalera, doblas en tal canto y evitas tal pasillo, llegas más rápido.
«La lucha continúa»
Una noche entré en la bicicleta, como otras veces, al Cidade de Sao Paulo. Por la parte de atrás, como es la petición a veces explícita, a veces tácita de los encargados de seguridad.
Tenía que cumplir el procedimiento de anotar mi nombre en el bicicletero. El guardia de seguridad, cuando escuchó mi acento y mi dificultad para decir los números del RNE, me preguntó de dónde era.
— De El Salvador— respondí, como es lo habitual, en la leyenda que tengo preparada de antemano — El Salvador, Centroamérica— apostillé.
— Sí, yo sé— me respondió, mientras me miraba con duda por lo que le dije.
Cumplido el ritual de bajar con la encomienda al retirarme, el hombre aquel, ya entrado en canas, me gritó en portugués y español, mientras levantaba el brazo izquierdo «Oye, serás salvadoreño, pero “La lucha continúa”».
Entregas comida caliente, comes en marmita fría
Uno de los dramas de los entregadores es que alteras mucho los horarios «normales» de la vida, en particular los de alimentación. Pero no es solo un problema de los ritmos circadianos.
En la lógica de que no gastes en el día más de lo que vas ganando en cada rodada, terminas alterando el momento en que almuerzas, comes o meriendas algo hasta que hayas «acumulado» lo suficiente para hacer ese gasto y que compense con algún nivel de ganancia diaria. No obstante, a veces ni te planteas ese asunto: llevas una marmita con alguna comida fría que antes compraste en algún boteco barato o tienes a mano algunas galleticas o pan que has guardado para cuando el hambre ya no te deja seguir.
Es ese el momento en que ves a más de un entregador en el parqueo de algún centro comercial, en la pequeña plaza delante de alguna tienda, en el paseo arbolado de la Faría Lima, tirado en el piso, acomodado como puede contra una pared comiendo con apuro la comida fría o las galleticas de turno.
Algunos te miran entre la vergüenza y la pequeña complicidad. Es un momento que, de pronto, se vuelve incómodo por razones que no logro entender del todo: ¿vergüenza por estar comiendo en condiciones tan precarias?, ¿por el contenido de la marmita?, ¿por hacerlo en medio de la jornada de trabajo?, ¿por todo a la vez y algo más?
En cualquier caso, un día escuché decir que lo peor de ese trabajo es ir sintiendo el cheirinho de la comida caliente mientras tú vas comiendo comida fría en una marmita.
La precariedad pone a la gente fea
Al echar una ojeada a la masa de entregadores de Sao Paulo, una primera observación es que 19 de cada 20 somos hombres y, en su mayoría, hombres jóvenes. Ese es el perfil, aunque te encuentras — por supuesto— gente menos joven.
La juventud suele asociarse a una etapa de lozanía y belleza física: la piel aún no se ha desgastado por la exposición prolongada al sol; los movimientos son más enérgicos; el cabello mantiene sus colores naturales — a menos que, claro, decidas teñirlo con algún color chillón, como he visto—; los ojos no denotan todavía el cansancio de los años; no ha aparecido la barriga de los años acumulados…
Entre los entregadores de Ifood — en particular entre los jóvenes— hay, por supuesto, gente lozana y bonita. Sin embargo, no deja de llamar la atención que a pesar de ello, quizás por la ropa, quizás por la desmadejada presencia — que no logra arreglar el abrigo o la camiseta «uniforme» de Ifood—, quizás porque el cabello se aplasta o se revuelve debajo del casco de bicicleta o moto, quizás por la expresión de los rostros, quizás por el cansancio acumulado; los entregadores comienzan a parecer «feos».
Cierto que la «fealdad» de una persona suele seguir criterios estéticos muy variables y no uniformes para todo el mundo. Pero sobre el rostro de muchos entregadores se percibe el cansancio que desgasta la piel y los ojos, el cabello que no se arregla con periodicidad y da la impresión de descuido, la suciedad en las manos, las chancletas o las ropas desgarradas.
Es como si la precariedad del trabajo hiciera comprobar la veracidad de aquello que dijo Bertolt Brecht: «los esfuerzos excesivos al llegar a una cierta edad hacen envejecer en seguida a los hombres inutilizándolos para la lucha por la vida».
Metrô: la hora del regreso a casa
En Sao Paulo puedes montar tu bicicleta en el Metro entre las diez de la mañana y las cuatro de la tarde, y luego, después de las nueve de la noche, todo eso de lunes a viernes. Los fines de semana y feriados es durante todo el día, hasta las doce de la noche que cierran las estaciones. Es poco común hacer alguna entrega en el Metro, porque, sencillamente, no dejaría ganancia. Lo que no es tan poco común es ver algún entregador ya tarde en la noche aguardando su momento de entrar al último vagón — el reservado a los ciclistas—.
Como norma, ese es el momento en que ya están regresando a casa, en que ha terminado la jornada de trabajo. Es un instante del día en que estás demasiado cansado como para regresar por tus propios medios, dando pedales. A esa hora, tu cara denota un cansancio superior a lo habitual, bajas hasta la plataforma de trenes arrastrando los pies y doblando con dolor las piernas: a lo mejor no has comido y estás tratando de moverte a un lugar donde la comida de un boteco sea más barata, aunque sea por uno o dos reales — en definitiva, no es lo mismo un boteco en Cerqueira César, que en República, que en Santa Cecilia—.
También es un momento en que, como pocas veces, se ponen en evidencia las diferencias en la ciudad, incluso entre la gente que está más abajo en la escala social. Siendo una ciudad que no duerme — al menos que no duerme temprano, mismo entre semana— Sao Paulo puede ser muy “movimentada” a las once de la noche, en particular en el Metro. En ese último vagón del tren, a esa hora, viaja esa clase media, cuasipopular, que lo mismo va o viene de fiesta que de alguna jornada laboral. Sin embargo, tú vas como si hubieras acabado de salir de la guerra y así te miran los que viajan contigo.
La de esa hora es una imagen triste y conmovedora al mismo tiempo. Ha terminado un día con quién sabe qué resultados. Tu cara denota preocupación ya por el día que se inicia: eres el conejillo de indias que corre en la rueda sinfín.
Continuará…




