Por Fernando Luis Rojas López

Una mirada a México, ahora que está en boca de todos la victoria de su equipo sobre Alemania en el Mundial de fútbol
Me cedió la ventanilla mientras hojeaba La Jornada. «Nada muchacho, que me gusta ponerme en contexto antes. Cuando viajo a España me leo El País y El Mundo». Desde el aire las luces de la ciudad te abrazan, a izquierda y derecha parece que cobran vida y te envuelven y te tragan, aunque aun no estés en tierra. Creo que es lo más cerca que he estado de entender la inmensidad. No es deslumbramiento, es más bien reminiscencia. «Disfruta eso, es cosa de principiantes. Yo no miro por las ventanas. Yo quisiera inflar condones y hacer un globo a lo Esteban Cárdenas para mirar en todas las direcciones». Y yo no entendía ni jota.
«Si quieres dejamos las maletas en mi hotel y te enseño algo de la ciudad, sin compromisos». Ya en pavimento, los nombres de las calles y avenidas se suceden, como si por fuerza quisieran rescatar la mística de un siglo de revoluciones, o como dijera Alain Badiou, un siglo de culminaciones y no de promesas. Revolución, Patriotismo, José Martí… una tras otra reivindican un imaginario que va más allá de lo estrictamente mexicano. Una taquería, a media cuadra, que debe su nombre a la calle pero que permite el misticismo de decir “he comido un taco en Revolución”.
«Para el extranjero, los taxistas y las crónicas tienen su conexión. Tampoco es que las historias y los diálogos lleguen de primera: puedes toparte con uno que devore la hora de camino entre la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la colonia Escandón sin abrir la boca; y otro que no tenga la más remota idea de dónde queda la casa-museo León Trotsky, y sin conexión de datos, te pida el google maps en tu celular».
Para confirmar lo habitual, a la tercera fue la vencida. El taxista estaba leyendo La Jornada, aparenta casi setenta años y ya eso fue una garantía para mi nuevo amigo. «Con este tendremos suerte». Maneja y responde el celular al mismo tiempo. Habla del terremoto y la destrucción, de los edificios que cayeron sin que fueran poblados aún, como para confirmar el negocio y la corrupción inmobiliaria; del terremoto de 1985 y la falta de datos veraces: “fueron muchos más muertos. Es que no hay estadística oficial”; de Tlatelolco y la represión aquel octubre de 1968.
“Yo voy con AMLO y MORENA a pesar de todo, nunca con el Partido Revolucionario Institucional (PRI)”. Para él, sobreviviente de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas, no debía ser de otra manera. Mi amigo me habla entonces del atrás y adelante que sostuvieron a inicios de los noventa Vargas Llosa y Octavio Paz sobre el término dictadura perfecta para calificar al sistema político del PRI. Vuelvo a sentir los retortijones de estómago que me provocara ver a Peña Nieto como orador en la Plaza de la Revolución tras la muerte de Fidel y al diario Granma reseñando la presentación en La Habana de un libro de Salinas de Gortari. «Ayyyy parvulito, las relaciones con México son una razón de Estado». Puede ser cierto, pero ello viene a confirmar la necesidad de nuestro Estado de contar con una sociedad civil que critique y actúe, en ocasiones, contra esa “razón de Estado”. Quizás así no hubiéramos sido tan tímidos con hechos como el de Ayotzinapa. Pero no digo nada al cronista.
El taxista nos dejó en Los Danzantes, tierra que otrora fuera de coyotes. La fuente se llenaba de niños y padres en esfuerzo de contención, para evitar que se convirtiera en piscina. Desde la escultura se divisa, en lo alto de la vieja iglesia que ha resistido los terremotos, la bandera de los Estados Unidos Mexicanos. El parque parece un resguardo a la vida, ardillas y palomas revolotean entre la gente; y en las calles que lo rodean suenan varios órganos. Hay un chico del órgano, con su sombrero para el dinero, que se fija como una postal cuando tras él se detiene un bus de esos city tour con un gigantesco retrato de Frida: una postal en que Frida se posa, impoluta, sobre el negro pelo del niño músico.
Una vendedora ambulante carga un crío a la espalda. Desanda la acera a la derecha del parque y parece, como otra postal, una mujer coronada por los toldos de los negocios. En el mercado artesanal nos recibe un cartel en lo alto en el que reza “¡Nos faltan 43! ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”; muchos no levantan los ojos, parten directo a los pasillos de gangas. «Coyoacán parece un lugar en disputa eterna con la ciudad que lo tragó».
Cerca de allí está la casa azul, el museo de Frida Khalo. Hay fila para entrar y tiene una infraestructura tremenda. Cinco veces más barato, sin colas y en un lugar más alejado “del circuito” está el museo de Trotsky, el mismo que algunos taxistas no conocen. Las ventanas tapiadas después del intento fallido de Siqueiros de asesinar al líder bolchevique logran un ambiente de encierro a pesar del patio. Mi amigo me detalla la habitación del crimen, sin piolet ni Ramón Mercader me hace entender de otra manera El hombre que amaba los perros de Padura. Es una nueva lectura, que ahora parece de otra vida.
Y allí, en el patio de la casa del crimen, sobre un monolito de cemento con la hoz y el martillo grabados, ondea desafiante una bandera roja. «Sí, te tomo una foto allí. Ya no estoy para eso, con el tiempo me he hecho más incrédulo y prefiero tomar fotos a otros, y si son jóvenes mejor». Allí, podría decir también, que Coyoacán parece un lugar en disputa eterna con el mundo que la tragó.
Han pasado siete horas. El amigo parece cansado y me convida al hotel. «Has tenido un recorrido gratis de primera mano. Como te dije, sin compromisos. Si quieres puedes quedarte en mi habitación esta noche, le avisamos a tu familia». Yo seguía en fase muda, solo era ojos y orejas, hice un acopio de fuerzas y le dije “ha sido maravilloso, gracias, pero mi novio me espera… con compromisos”.
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