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El legado de Thomas Sankara en la lucha antimperialista de Burkina Faso

Por Olivier Atemsing Ndenkop/ Traducido del francés por Alex Anfruns


Las revoluciones van y vienen, pero nunca son iguales. Cada revolución es única porque tiene lugar en un espacio-tiempo particular. La historia, la geografía, las fuerzas y relaciones de producción, la situación nacional y el contexto internacional determinan el estilo de la revolución. Desde esa perspectiva, la revolución liderada por el capitán Thomas Sankara el 4 de agosto de 1983 en el Alto Volta, un país pobre de África Occidental, fue una doble revolución. Aquel día, el joven soldado de treinta y tres años, que derrocó al presidente Jean-Baptiste Ouédraogo para hacerse con el poder, se comprometió de inmediato a cambiar de raíz la organización del Estado y la gestión de los recursos del país. En cuatro años, Thomas Sankara elevó considerablemente el nivel de vida de las clases populares, redujo el analfabetismo y venció el hambre… «Agua para todos en lugar de champán para unos pocos», prometió a sus compatriotas y lo consiguió.

En segundo lugar, con los bolsillos vacíos,

Thomas Sankara decidió dirigir su ataque al capitalismo liberal, aunque sus promotores machacasen con el orgullo de los nuevos ricos que «no hay alternativa».[1] Su cruzada contra el naciente «Consenso de Washington»,[2] en un momento en que ni siquiera en Occidente se atrevían a atacarlo con tanta audacia, constituye lo que puede llamarse el segundo frente revolucionario.

Thomas Sankara no era sólo un joven en uniforme militar que portaba un arma. Sus lecturas de Marx, Lenin y otros autores hicieron del soldado un revolucionario consciente y consecuente.[3] Llegó al poder el 4 de agosto de 1983 y el 15 de octubre de 1987 fue asesinado por «antiguos compañeros».[4] Al igual que Ernesto Che Guevara y Amílcar Cabral, Thomas Sankara se convirtió en una leyenda revolucionaria a pesar de la brevedad de su paso por este planeta. Este texto repasa la singular trayectoria de Sankara en el contexto de los años ochenta y la influencia de sus ideas en la joven guardia revolucionaria, que las utiliza cada vez más en la actual lucha antimperialista de Burkina Faso.

Los ochenta: un contexto internacional desfavorable para la revolución socialista

A escala mundial, la principal consecuencia política de la caída del Muro de Berlín en 1989 fue el triunfo de los regímenes capitalistas encabezados por los Estados Unidos. Aprovechando ese bulevar abierto, los Estados Unidos se dedicaron a desplegar el capitalismo liberal por todo el mundo, y celebrar, de paso, el fin del socialismo. Estaban tan orgullosos de su victoria que la percibían como total e irreversible.

Francis Fukuyama proclamó así el fin de la Historia.[5] No es que la marcha del mundo debiera detenerse, sino que esa marcha debía seguir en lo adelante el camino trazado por los Estados Unidos: el capitalismo liberal de mercado y la democracia electoral como único camino a seguir por todos los pueblos. Celebrando aquella victoria ideológica de Occidente sobre Oriente, Richard N. Haass dijo: «Hemos ganado, y el otro bando no sólo ha perdido, sino que ha desaparecido».[6] Aquel otro bando era el socialista.

Después de cualquier guerra, los vencedores tienen dos necesidades urgentes: primero, hacer tabula rasa, es decir, borrar la historia, que ha quedado obsoleta, de la conciencia de los vencidos; y luego imponer una nueva narrativa.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la mayor urgencia era borrar el «peligro rojo». El socialismo fue presentado como el peor enemigo del hombre porque, decían los capitalistas, sólo conocía el lenguaje de la violencia. A quienes se declaraban marxistas-leninistas se les consideraba — y se sigue haciéndolo— como diablillos a eliminar en nombre de la libertad y de la paz mundial. Dirigiéndose a la Organización de Estados Americanos (OEA) el 24 de febrero de 1982, el presidente Ronald Reagan declaró:

La Unión Soviética practica una especie de colonialismo brutal y totalitario… Comparen el futuro positivo de dos tercios de los países de la región que tienen gobiernos democráticos con el futuro sombrío de la pobreza y la represión en Cuba, el peso cada vez más abrumador de la izquierda totalitaria en Granada y Nicaragua, y la propagación de la violencia revolucionaria apoyada por Moscú y organizada por Cuba en América Central.[7]

Este fragmento resume el método de la guerra ideológica, que consiste en denigrar al otro bando. Merece la pena hacer aquí dos observaciones. Reagan planteó dos ecuaciones que, al oponerse, se traducen de la siguiente manera: Derecha=Prosperidad e Izquierda=Pobreza. Eso significa que quienes sigan el camino de la democracia liberal capitalista trazado por los Estados Unidos llegarán a la prosperidad, mientras que quienes sigan el camino de la izquierda se toparán con la pobreza y el totalitarismo.

El objetivo de esa retórica de criminalización de la izquierda es desacreditar el marxismo y, en particular, el materialismo histórico y dialéctico que permite a quienes lo siguen cuestionar las desigualdades del mundo, cuestionar las relaciones de producción, preguntarse quién se beneficia del proceso económico; en resumen, formarse una idea clara y precisa de la lucha de clases. Eso no interesa a personas como Richard N. Haass, citado anteriormente, quien sugiere que los Estados Unidos de América se conviertan en un sheriff planetario cuya misión sea vigilar y castigar a los Estados que no acepten el orden impuesto por ellos.[8]

Para que esa misión de sheriff mundial fuera aceptada por los demás habitantes del planeta era urgente construir una narrativa de legitimación, que se cimentó en torno a las supuestas virtudes del libre mercado, que permitirían al hombre satisfacer sus necesidades sin restricciones y alcanzar así la felicidad.[9] Para sus defensores, el capitalismo liberal no se presenta como uno de los varios caminos posibles, es el Camino. La legitimidad de esa nueva narrativa depende de la batalla por la opinión. Hay que ganarse los corazones convenciendo o persuadiendo a los que aún no se han convertido a la religión del Capital.

Se está librando una especie de guerra de vectores, con los medios de comunicación como parte de la artillería. Pero incluso en este aspecto, Estados Unidos sigue teniendo una «ventaja decisiva»,[10] como se jactaban Joseph S. Nye y William A. Owens: «La supremacía nuclear era la condición sine qua non para liderar las coaliciones de antaño. En la era de la información, es la supremacía de la información la que desempeñará ese papel».[11]

¿Pero debe la izquierda bajar los brazos en nombre de la superioridad de medios del adversario?

La explotación del hombre por el hombre que es el capitalismo, el agravamiento de las injusticias sociales y el aumento de la pobreza en todos los continentes en el siglo XXI, ¿no son acaso la prueba de la necesidad de reapropiarse del marxismo, de reiterar la consigna: ¡Proletarios del mundo, uníos!, para luchar contra el capitalismo que acecha a todo el planeta? En 1983 un joven y audaz soldado decidió aceptar ese reto desde el Sahel.

Thomas Sankara: líder de la revolución

La Prytanée del Kadiogo es un establecimiento militar situado en las afueras de Uagadugú. Cuando Sankara llegó al PMK en 1966, su director de estudios era Adama Abdoulaye Touré. También militaba en la sección del Volta del Partido de la Independencia Africana. Adama Touré dirigía un círculo clandestino antimperialista que Sankara frecuentaba asiduamente. Adama Touré «les hablaba del neocolonialismo que oprimía a su país, de los movimientos de liberación en otras partes de África y del mundo, de las revoluciones china y soviética, del imperialismo que había que destruir, de los pueblos en marcha hacia la liberación, el socialismo y luego el comunismo».[12] Cuando aprobó el bachillerato en 1969, Thomas Sankara ya había adquirido las armas teóricas necesarias para la revolución. Con el bachillerato en el bolsillo, voló a Madagascar, donde ingresó en la Academia Militar de Antsirabé. Regresó como subteniente. Su pasión por la lectura había aumentado. Pero tuvo que poner en práctica su juramento de suboficial. En el frente, pudo defender a su país en 1974, durante la guerra entre Burkina Faso y Malí por la Franja de Agacher. Aquella fue la primera experiencia de praxis del revolucionario en ciernes.

La victoria del joven soldado le valió inmediatamente el reconocimiento tanto del ejército como de la población. En 1976 Thomas Sankara fue nombrado jefe del nuevo Centro Nacional de Entrenamiento de Comandos de Pô. Orgullosos de él, los altos mandos le enviaron a cursos de especialización por todo el mundo. Aprovechó para ampliar su red de contactos. Para aprovechar su popularidad, los regímenes de Saye Zerbo y Jean-Baptiste Ouédraogo confiaron puestos de responsabilidad a Thomas Sankara. El primero le nombró Secretario de Estado de Información y el segundo, Primer Ministro.

Sin embargo, los dos nombramientos tuvieron el mismo resultado: arresto y detención del líder derrocado. En los círculos de poder, la detención de Thomas Sankara el 17 de mayo de 1983 tenía que ser la última. Había que impedir que volviera a perturbar el sueño del presidente. La mejor manera de silenciarlo era hacerlo callar para siempre. Se barajó la posibilidad de asesinarlo. Las multitudes que le apoyaron durante años se preocuparon. Respondieron en masa al llamamiento de las organizaciones progresistas y de otros sindicatos a salir a la calle para conseguir la liberación del carismático dirigente detenido. En los cuarteles, los compañeros de armas del capitán Sankara decidieron lanzar un asalto. El 4 de agosto de 1983, su amigo, el capitán Blaise Compaoré, que mandaba la guarnición de Pô, decidió marchar sobre Uagadugú. La multitud se les unió. El presidente Jean-Baptiste Ouédraogo fue derrocado. Un Comité Nacional Revolucionario (CNR) tomó el poder, su presidente era Thomas Sankara. El revolucionario podía ahora desarrollar su filosofía de la revolución.

Cuando el 4 de agosto de 1983 anunció por la radio nacional la destitución del presidente Jean-Baptiste Ouédraogo, Thomas Sankara ya gozaba de la estima de la población del Volta y del ejército. El nuevo hombre fuerte del país pudo por fin poner en práctica su ambicioso proyecto para el Alto Volta. En realidad, el país que heredó Sankara se encontraba en una situación económica y social catastrófica. El Alto Volta era uno de los países más pobres del mundo: la tasa de mortalidad infantil se estimaba en 180 por cada 1000 nacimientos, la esperanza de vida era de 40 años y la tasa de analfabetismo alcanzaba el 98 %. Eso significaba que el nuevo presidente tenía que gobernar a un pueblo que no sabía leer ni escribir. La pobreza estaba muy extendida en el Alto Volta, con un producto interior bruto per cápita de 53.356 francos CFA (72 euros).

Pero

el joven oficial revolucionario tenía una idea clara de su misión histórica. Empezó redefiniendo las prioridades del nuevo Estado. A diferencia de los regímenes anteriores, que se contentaban con nombrar a nuevas personas para dirigir el Estado neocolonial, poniendo los recursos públicos al servicio del imperialismo y de la burguesía local, el gobierno del Consejo Nacional Revolucionario se comprometió a redistribuir la riqueza, liberar a las mujeres de la servidumbre familiar y social, implicar a las clases trabajadoras en el sistema de producción, luchar contra la corrupción, reducir las tasas de analfabetismo y de mortalidad infantil, etcétera. En resumen, el presidente Sankara tenía que fundar un nuevo país. Por eso el 2 de agosto de 1984 Alto Volta pasó a llamarse Burkina Faso, que significa «país de los hombres íntegros».

En cuanto a la gestión de la ciudad, Thomas Sankara creó los CDR (Comités de Defensa de la Revolución), encargados de ejercer el poder a escala local. Los CDR gestionaban la seguridad, la formación política, el saneamiento de los barrios, la producción y el consumo de productos locales, y el control presupuestario de los ministerios. Les quitó a los jefes tradicionales los poderes feudales que seguían ejerciendo. Se redujeron los salarios y prestaciones de los ministros y funcionarios similares entre un 5 % y un 12 %. Ahmed Sekou Touré ya había prescrito que «los responsables deben imponerse una cierta disciplina en el trabajo para que su comportamiento no permita a los demás violar los principios».[13] Thomas Sankara respetó al pie de la letra la prescripción del revolucionario guineano: renunció al costoso estilo de vida de los príncipes, prohibió los grandes automóviles, puso fin a los viajes en primera clase de los miembros del gobierno y limitó los suyos.

El tiempo, la energía y los recursos así ahorrados se destinaron a invertir en el desarrollo del país para mejorar la vida cotidiana de sus compatriotas. Con ese fin, se pusieron en marcha vastos programas para mejorar las condiciones sociales y económicas de la población. Con la participación activa de las masas populares, los resultados de la revolución sankarista no tardaron en hacerse sentir. Gracias a los programas de «comandos de vacunación», millones de niños fueron vacunados en poco tiempo. Los mismos resultados se obtuvieron en la educación. Gracias a las «operaciones Alfa», el analfabetismo entre los hombres se redujo del 95 % al 80 %. En la misma línea, los CDR también apoyaron proyectos de desarrollo, como el acondicionamiento del valle del Sourou para regar 41.000 hectáreas. Al mismo tiempo, se plantaron millones de árboles para reducir la extensión del desierto y luchar contra el calentamiento climático. Thomas Sankara fue el primer estadista africano que hizo de ese tema una preocupación política de primer orden. En 1986, Burkina Faso alcanzó el objetivo de dos comidas y diez litros de agua por persona al día.

Para Thomas Sankara, la soberanía significaba desmantelar todos los vestigios de la colonización. Así es como llegó a la guerra contra el franco CFA, la deuda, el sistema financiero internacional y el dominio de las potencias capitalistas sobre la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Desde la tribuna de la ONU, el 4 de octubre de 1984, el presidente de Faso acusó a la institución de estar al servicio de los Estados occidentales y de no preocuparse por la suerte de los pueblos del mundo que sufren. Sankara resumió la injusticia y el vasallaje de la ONU en estos términos: «Muchos me han precedido en esta tribuna y otros me seguirán. Pero sólo unos pocos tomarán decisiones. Sin embargo, se nos presenta oficialmente como iguales».[14]

El discurso más resonante y popular de Sankara data de julio de 1987. Dirigiéndose a la Conferencia de Jefes de Estado de la Unión Africana en Addis Abeba, Thomas Sankara instó a sus homólogos a negarse a pagar la deuda que ya ponía en peligro el desarrollo del continente. Las palabras eran tan rotundas como ciertas:

Quienes nos endeudaron jugaron como en un casino. Cuando ganaron, no hubo debate. Ahora que pierden, exigen el reembolso. Y se habla de crisis. No, señor Presidente: apostaron, perdieron, son las reglas del juego, ¡la vida sigue! No podemos devolver la deuda porque no tenemos dinero para pagarla. No podemos pagar la deuda porque no somos responsables de ella. No podemos pagar la deuda porque, al contrario, otros nos deben lo que la mayor riqueza nunca podrá pagar: la deuda de sangre. ¡Fue nuestra sangre la que se derramó [durante la Segunda Guerra Mundial]![15]

Consciente de haber puesto el dedo en la llaga y de que las represalias de las potencias colonizadoras no tardarían en llegar, Thomas Sankara dejó claro que el éxito de su planteamiento dependía de una dinámica global. «Si sólo es Burkina Faso la que se niega a pagar [su deuda], no estaré en la próxima asamblea». Ningún dirigente tuvo el valor de seguir a Thomas Sankara. No estuvo en la siguiente Asamblea. Fue asesinado tres meses después de aquel discurso.

Se le ame o se le odie, una cosa es cierta: Thomas Sankara no dejó indiferente a nadie. Incluso sus peores adversarios se vieron obligados a reconocer su carisma superior a la media, la justicia de su lucha en favor de los desfavorecidos del mundo, su enciclopédica cultura general y, sobre todo, su valentía. En un ardid de la historia, las cualidades que llevaron al asesinato de Thomas Sankara, el 15 de octubre de 1987, sirven ahora de trampolín para la nueva revolución africana desatada en el Sahel a principios del siglo XXI.

El legado revolucionario de Thomas Sankara

Casi cuatro décadas después de su asesinato, Thomas Sankara se ha convertido en fuente de inspiración para un número creciente de personas en todo el mundo. Su legado es mantenido por líderes políticos que no dudan en derrocar gobiernos neocoloniales para continuar la revolución.

El capitán Ibrahim Traoré, que también se convirtió en jefe de Burkina Faso tras un golpe de Estado, puede considerarse con razón un digno heredero de Sankara. De hecho, no oculta su fascinación por ese líder excepcional, cuyos pasos sigue para mantener viva su memoria. Tras más de veinte años de silencio mantenido por el expresidente Blaise Compaoré — desalojado del poder en 2014 por una revuelta popular—, el nombre, las ideas y la lucha de Thomas Sankara vuelven a estar a la orden del día. Con una fuerte carga simbólica, el capitán Ibrahim Traoré ha transformado el bulevar Charles de Gaulle en el bulevar Thomas Sankara. También elevó a su ilustre predecesor al rango de «Héroe de la Nación».

Conmemorando el 36º aniversario del asesinato de Sankara, el presidente de transición de Burkina Faso declaró: «Hoy, 4 de agosto de 2024, nuestro país recuerda la lucha emprendida por el pueblo de Burkina Faso, bajo el liderazgo del capitán Thomas Sankara, para liberarse del yugo del imperialismo y afirmarse como una nación orgullosa y decididamente centrada en el desarrollo endógeno».

Sobre el terreno, Traoré prosigue la labor iniciada por Sankara. Como sabemos, Thomas Sankara identificó claramente al principal enemigo de África: el imperialismo y sus representantes locales. Como digno heredero, Ibrahim Traoré añade, hablando de su inspiración: «al rendir homenaje a este Héroe de nuestra Nación, cuya memoria inspira nuestros pasos y cataliza nuestras acciones, reafirmo mi firme determinación y mi compromiso de todo corazón, junto con el pueblo, para liberar a nuestro país de las fuerzas del mal y de sus partidarios, para hacer de este país una tierra de esperanza para todos los burkinabés».[16]

Hace exactamente cuarenta años Thomas Sankara dijo desde la tribuna de las Naciones Unidas: «Juramos, proclamamos que a partir de ahora nada en Burkina Faso podrá hacerse sin la participación del pueblo de Burkina Faso. Nada que no hayamos decidido y elaborado primero nosotros mismos».[17]

En el plano económico, Ibrahim Traoré ha decidido romper con el monopolio occidental. La diversificación de los socios se ha convertido en la nueva opción estratégica. Los occidentales, que reinaban en las minas del Sahel, deben ahora ofrecer al Estado mejores ofertas, a riesgo de ver cómo se ceden las minas a los rusos, los chinos, los turcos, etcétera. El objetivo es aumentar los ingresos públicos para satisfacer mejor las necesidades de la población. Con esa perspectiva, Burkina Faso revisó su código minero en julio de 2024. Aprobada por unanimidad por la asamblea legislativa de transición, la nueva ley permite al Estado participar en un 15 % en todos los proyectos mineros de Burkina, frente al 10 % anterior.

Si hay otro frente abierto por Thomas Sankara que ahora persiguen los dirigentes de la Alianza de Estados del Sahel, es el de la soberanía monetaria, condición sine qua non de todo desarrollo.

Tres años después de la llegada al poder del capitán Sankara, el economista camerunés Joseph Tchundjang Pouémi ya había identificado la moneda como el primer atributo de la soberanía. El autor de Monnaie, servitude et liberté. La répression monétaire de l’Afrique demostró con precisión quirúrgica cómo Occidente utilizaba las instituciones financieras internacionales para acabar con cualquier atisbo de desarrollo económico en África. La conclusión de los trabajos de Tchundjang Pouémi, compartida por numerosos economistas,[18] es que ningún país puede desarrollarse con una moneda que no controle. Y Thomas Sankara no perdía ocasión de criticar la represión monetaria[19] y el franco CFA. El presidente de Faso también consideraba que las instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, se comportaban como «asesinos técnicos»[20] cuyo papel inconfesable no era otro que acabar con las economías africanas mediante programas viciados.

Los presidentes de la AES están decididos a dar a sus países una verdadera independencia económica y monetaria. Por ello, la cuestión de abandonar el franco CFA ya no es tabú en el seno de la Alianza de Estados del Sahel, que se convirtió en Confederación en julio de 2024. Entretanto, Burkina Faso ha creado un nuevo instrumento financiero denominado Banco de Depósitos del Tesoro (Banque des dépôts du Trésor, BDT). El banco es un instrumento endógeno para optimizar la gestión de los recursos financieros públicos. Se ha invitado a los particulares a realizar depósitos a cambio de intereses. El objetivo del gobierno de Burkina Faso es movilizar recursos internos para financiar sus proyectos. De ese modo, de no abandonarse, al menos se reduce el recurso a los empréstitos externos, signo y fuente de dependencia. El objetivo estratégico asignado a la BDT por el presidente Ibrahim Traoré es «liberar a nuestro país de los mecanismos y métodos retrógrados que nos confinan al subdesarrollo y a la asistencia financiera».[21]

«África debe unirse»: desde Krumah hasta la AES, pasando por Sankara

Partidario de «África debe unirse», la visión panafricanista teorizada por Kwamé Nkrumah,[22] Thomas Sankara trabajó toda su vida por la integración africana. Siempre fue crítico con los presidentes africanos que ocupaban altos cargos en reuniones fuera de África y brillaban por su ausencia en las reuniones de la Organización para la Unidad Africana. Siguiendo el principio africano del Ubuntu, creía firmemente que la unión hace la fuerza. ¿Tenía algo que ver en la psicología del capitán Sankara la profesión militar, caracterizada por el espíritu de equipo y una estrategia común para la victoria o el fracaso?

Lo cierto es que la llegada sucesiva de militares a la cabeza de Malí, Burkina Faso y Níger dio un impulso a la integración africana que buscaban los padres fundadores del panafricanismo.

Los jefes de Estado de Malí, Burkina Faso y Níger decidieron unir sus fuerzas para crear una organización llamada Alianza de Estados del Sahel (AES). También conocida como Liptako-Gourma, la AES es un pacto de defensa mutua firmado por los tres Estados el 16 de septiembre de 2023.

La AES se creó para ayudar a contrarrestar posibles amenazas de rebelión armada o agresión exterior desde el compromiso mutuo: «cualquier ataque contra la soberanía y la integridad territorial de una o más partes contratantes se considerará una agresión contra las demás partes». La Alianza de Estados del Sahel ya cuenta con varios éxitos en su haber. Ha permitido a Níger evitar una operación militar de los países miembros de la CEDEAO, que amenazaban con intervenir para restituir al expresidente Mohamed Bazoum, derrocado por Abderahamane Tiani. Los tres países intercambian información y llevan a cabo operaciones militares coordinadas contra los terroristas. Irónicamente, los países de la CEDEAO piden ahora a Malí, Burkina Faso y Níger que regresen a la organización. El presidente senegalés, Diomaye Faye, ha recibido el mandato de dirigir las negociaciones para su regreso. Sea como fuere, ese giro es la prueba de que, uniéndose, los Estados africanos constituirán una potencia respetable. Por extensión, una convergencia de luchas entre los revolucionarios del mundo permitiría derrotar al enemigo común que es el capitalismo imperial.


Olivier Atemsing Ndenkop. Periodista e investigador (Yaundé, Camerún). Licenciado en Filosofía y Comunicación y máster en Filosofía. Es el autor de la tesis doctoral: Globalización-Altermundialismo. De la dialéctica centro-periferia a la afrocentricidad (2024). También ha dirigido varios periódicos con distintas publicaciones de libros y artículos científicos.

Imagen de portada: Utopix

Notas:

[1] Las ideas neoliberales sistematizadas por Milton Friedman y Frédéric Hayek, entre otros, empezaron a aplicarse cuando Ronald Reagan llegó al poder en los Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido. Es a la Thatcher a quien se le debe la frase: «there is no alternative»; es decir, no hay alternativa al neoliberalismo.

[2] El Consenso de Washington fue un conjunto de acuerdos informales celebrados, entre 1980 y 1990, entre las grandes sociedades transcontinentales, los bancos de Wall Street, el FMI, el Banco Mundial, la Reserva Federal de los Estados Unidos, etc., para permitir a los propietarios de capitales invertir su dinero con toda tranquilidad allí donde vean una oportunidad, sin ser molestados por las autoridades políticas locales ni enfrentarse a la competencia. Véase Jean Ziegler, Retournez les fusils. Choisir son camp, París, Seuil, 2014, pp. 73–75.

[3] Thomas Sankara parle. La révolution au Burkina Faso 1983–1987, New York, Pathfinder Press, 1988, p. 204.

[4] Valère D. Some, Thomas Sankara, L’espoir assassiné, Paris, L’Harmattan, 1990, p. 10.

[5] Francis Fukuyama, La fin de l’histoire ou le dernier homme, Paris, Flammarion, 1992.

[6] Richard N. Haass, The Reluctant Sheriff, Council on Foreign Relations, New York, 1997.

[7] Extracto del discurso de Ronald Reagan, publicado en Le Monde el 26 de febrero de 1982.

[8] Herbert I. Schiller, «L’information, atout maître de l’empire américain», en Les convulsions du monde, Manière de voir, núm. 43, enero-febrero de 1999.

[9] Véase Séneca, De la vie heureuse, Paris, Gallimard, 2023, p. 3.

[10] Joseph S. Nye, William A. Owens, «America’s Information Edge», Foreign Affairs, New York, marzo-abril, 1996.

[11] Joseph S. Nye, William A. Owens, Ibidem.

[12] Bruno Jaffré, Biographie de Thomas Sankara. La patrie ou la mort, Paris, L’Harmattan, 2007, p. 47. Retomado por Saïd Bouamama, op. cit., p. 276.

[13] Ahmed Sekou Touré, Technique de la révolution. Tomo XVIII, Conakry, Bureau de presse de la présidence de la République, 1980, p. 20.

[14] Discurso de Thomas Sankara en la 39ª sesión de la Asamblea General de la ONU. Discurso reproducido en «Thomas Sankara parle…», p. 142.

[15] Discurso de Thomas Sankara, citado en Amzat Boukari-Yabara, op. cit., p. 286.

[16] Mensaje del presidente Ibrahim Traoré en el 41 aniversario de la revolución sankarista, publicado en su cuenta X el 4 de agosto de 2024.

[17] Discurso ante la ONU el 4 de octubre de 1984, reimpreso en «Thomas Sankara parle», p. 138.

[18] «Ningún país africano puede desarrollarse con el franco CFA», nos dijo el economista marfileño Nicolas Agbohou en una entrevista en Yaundé en 2012.

[19] Véase Joseph Tchundjang Pouémi, Monnaie, servitude et liberté. La répression monétaire de l’Afrique, Editions J. A., 1980.

[20] En su discurso en la tribuna de la Organización de la Unidad Africana en Addis Abeba, en julio de 1987, Thomas Sankara fustigó a sus «asesinos técnicos» antes de invitar a sus pares a tomar la decisión colectiva de no pagar la deuda contraída con los financiadores extranjeros, culpables de una deuda de sangre con los africanos cuyos antepasados fueron convertidos en esclavos y desarrollaron Europa y América sin compensación.

[21] Declaración del presidente Ibrahim Traoré en la inauguración del Banco de Depósitos del Tersoro el 2 de agosto de 2024.

[22] En «Africa must unite», Kwamé Nkrumah supeditó la soberanía y el desarrollo de África a la unión de las microentidades llamadas Estados por los colonos.

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