Hay seres humanos que se definen no solo por la obra construida, que en el caso de Eduardo Torres Cuevas es vasta e imprescindible, sino por la huella que dejan en quienes tienen el privilegio de caminar a su lado
Por Frank Josué Solar Cabrales
El 31 de agosto del 2025, a sus 83 años, falleció en La Habana el historiador Eduardo Torres Cuevas. Uno de los miembros de nuestro equipo editorial, el profesor de la Universidad de Oriente Frank Josué Solar, le dedica este texto. En sus propias palabras: «tuvo que dejar reposar la noticia, tuvo que asimilarla. Leer y reescribir; reescribir y leer»; por eso, llega este recuerdo un mes después de la partida física de Eduardo. En abril del 2021, en plena pandemia de la Covid-19, La Tizza publicó una entrevista especial con el título «Nación, república, revolución y socialismo: bricolaje de historia de Cuba», que también compartimos en esta mañana de domingo.
Nación, república, revolución y socialismo: bricolaje de historia de Cuba
En el principio Eduardo Torres Cuevas fue para mí el autor de varios de los libros por los que estudié, el profesor que desde la televisión y otros espacios sentaba cátedra sobre distintos temas de la historia de Cuba, una de las cumbres de la historiografía cubana que al frente de diversas instituciones impulsaba la investigación y promoción del devenir nacional. Todo eso era ya cuando lo conocí, a finales de la primera década de este milenio, un tiempo que va pareciendo lejano. Formaba parte yo de un pequeño grupo de jóvenes historiadores de todo el país, acabado de ingresar en un programa doctoral curricular convocado por la Universidad de La Habana, cuyo Comité Académico él presidía. Su guía, junto a la de otros muchos profesores del claustro, como las doctoras Leonor Amaro y María del Carmen Barcia, resultó vital para transformar en sueños cumplidos los esfuerzos de superación de aquellos muchachos y muchachas. La formación recibida allí bajo su conducción, durante una semana, mes tras mes, por más de dos años, contribuyó de modo decisivo a hacer avanzar y llevar a buen puerto nuestros proyectos de investigación.
Hay seres humanos que se definen no solo por la obra construida, que en el caso de Eduardo Torres Cuevas es vasta e imprescindible, sino por la huella que dejan en quienes tienen el privilegio de caminar a su lado. Para muchos de mi generación, su verdadera grandeza residió en una cualidad que iba más allá de títulos y distinciones: su disposición permanente, generosa y auténtica a estimular, apoyar y abrir caminos para los jóvenes que nos asomábamos, con más dudas que certezas, al complejo mundo de la investigación histórica.
No nos alentaba a repetir consignas o a transitar por caminos trillados y seguros. Al contrario, nos incitaba a buscar, a dudar, a contrastar las fuentes, a escuchar el susurro de la historia en los intersticios de los documentos.
Nos enseñaba que los silencios de la historiografía tradicional eran, en realidad, invitaciones a investigar. Que las omisiones escondían, con frecuencia, las verdades más incómodas y necesarias. Y que las tergiversaciones exigían de nosotros un rigor aún mayor. Nos insistía en la importancia de dominar el método, de construir un aparato crítico sólido, de argumentar con contundencia.
Promovió coloquios, debates y presentaciones de libros donde las nuevas generaciones tenían un espacio privilegiado para exponer sus ideas y someterlas a escrutinio. En las sesiones de nuestro grupo de estudio, donde nos reuníamos para discutir avances de investigación, venía a escuchar, a hacer preguntas incisivas, a sugerir bibliografía, a abrir nuevas líneas de pensamiento.
Nos trataba como colegas en el noble oficio de develar el pasado, sin un ápice de condescendencia. Nos hacía sentir que nuestras voces importaban, que nuestras investigaciones, por incipientes que fueran, contribuían a un proyecto colectivo de comprensión de la nación cubana.
De a poco, ante mis ojos, se fue convirtiendo en Eduardo. En sucesivas conversaciones, ya fuera en eventos científicos o en casas de amistades comunes, en La Habana o en Santiago, fue dejando de ser solo el ilustre y respetado académico para convertirse también en el amigo con el cual debatía largamente sobre temas de la historia de Cuba cuya pasión por investigar compartíamos.
Esa cercanía cristalizó en un momento crucial de mi trayectoria. Inmerso todavía en la investigación de un asunto aún escabroso: las relaciones entre el Directorio Revolucionario y el Movimiento 26 de Julio, mi trabajo era una voz en medio de un debate digital sobre las circunstancias del 13 de marzo de 1957, lleno de ruido, manipulaciones y agendas políticas. Había publicado una serie de artículos sobre la cuestión en la revista La Tizza, nacidos de la urgencia de hacer participar a la historia en la batalla por la defensa del proyecto revolucionario cubano. Eran textos que buscaban iluminar zonas de sombra sobre un periodo clave de la lucha antibatistiana.
La unidad no es hija única (I)
Fue entonces, en esa circunstancia desafiante, cuando Eduardo, con la mirada aguda del historiador experimentado, consideró que esos artículos debían trascender la coyuntura que les dio origen y convertirse en un libro. Me impulsó a reunirlos, a ampliarlos, a darles la forma de un volumen que pudiera ser útil, que pudiera ser «nutriente para explicar, comprender y pensar mejor la historia de la Revolución cubana», como él mismo escribió en su prólogo.
Su gesto, que hoy me llena de un profundo orgullo, fue un acto de fe. En un mundo editorial cubano asfixiado por la falta de papel y otros insumos, donde mi tesis doctoral premiada en 2017 aún esperaba su turno para ver la luz impresa, su empeño en hacer realidad Entre la carta y el asalto fue un milagro de voluntad y de amor por la historia. Ver ese libro físico, con su nombre en el prólogo, fue la realización de un sueño largamente acariciado, un sueño que él, con su autoridad y tenacidad, hizo posible.
Pero su apoyo no se detuvo ahí. Cuando, tiempo después, tuve la suerte de que mi tesis doctoral fuera finalmente publicada en el libro Directorio Revolucionario y Movimiento 26 de Julio. Los laberintos de la unidad en la Cuba insurrecta (1956–1959), fue de nuevo Eduardo quien, con su pluma lúcida y generosa, se convirtió en su más entusiasta promotor intelectual.
Le dedicó una reseña elogiosa en el número especial de La Gaceta de Cuba del año 2023, y varias veces disfruté del extraordinario privilegio de su compañía como presentador del texto. Su respaldo a mi trabajo y sus palabras de aliento constituyen un honor que atesoro como el regalo más preciado. Pero más valioso aún es el ejemplo que nos legó, el de un intelectual revolucionario que nunca se cansó de aprender, de enseñar, de guiar, de poner su erudición al servicio de los demás, especialmente de las nuevas generaciones.
Sabía que la historia es un campo de batalla, donde todas las posturas políticas buscan relatos de legitimidad. Y que para los revolucionarios, la única arma invencible es el rigor. Nos enseñó que la historia no es un museo de reliquias, sino una herramienta viva para entender el presente y forjar el futuro, a partir de una profunda lealtad a la verdad, entendida no en una dimensión absoluta e inmutable, sino como un proceso constante de búsqueda y reconstrucción.
El homenaje a Eduardo es una obra de justicia y gratitud. Una nueva generación de historiadores cubanos, que su estímulo y su ejemplo contribuyó a formar, tiene una deuda enorme con su lucidez y su incansable compromiso con Cuba. El mejor modo de ser fiel a esa herencia es continuar por su senda, con la brújula ética que él nos ayudó a calibrar, dispuestos a explicarlo y a estudiarlo todo, a reconstruir nuestra epopeya, compleja y hermosa, con todos sus colores, sus luces y sus sombras.
Solo una historia contada con sus matices y claroscuros, con toda su humanidad, podrá ser realmente útil.
Eduardo Torres-Cuevas creía profundamente en el futuro de Cuba, y por eso creía en los jóvenes. Entendía que el porvenir de la patria se construye, también, desde una relectura crítica y comprometida, honesta y desprejuiciada, de su pasado. Su voz quedará por siempre resonando en las páginas que escribimos y en el compromiso que asumimos de seguir interrogando a la historia, con la misma pasión y rigor que él nos enseñó.




