Written by: Pensamiento

La comunidad autoorganizada

Notas para un manifiesto comunero

Por Miguel Mazzeo, Llanisca Lugo González, Wilder Pérez Varona y Josué Veloz Serrade

La Tizza da continuidad a su proyecto de colaboración con la editorial argentina El Colectivo.

#LibrosColectivos es el título que reunirá una serie de discusiones virtuales en las que varios colaboradores de ambos proyectos intercambiarán sus reflexiones, comentarios y propuestas a partir del análisis de los libros publicados por El Colectivo.

En esta oportunidad se dedica el espacio al volumen La comunidad autoorganizada. Notas para un manifiesto comunero, de Miguel Mazzeo, y que cuenta, además, con una ilustración de Martín Malamud.


Presentación del libro y encuadre político-editorial

Wilder Pérez Varona (Editorial El Colectivo): Bueno, comenzamos este segundo encuentro que venimos desarrollando entre la editorial El Colectivo, de Argentina, y la revista digital La Tizza, de Cuba. A este espacio lo hemos denominado «Libros colectivos» porque busca propiciar una reflexión política en torno a publicaciones recientes de la editorial, textos que interpelan — o buscan interpelar— no solo a quienes estudian los problemas de nuestra región, sino también a quienes los padecen.

Tanto desde El Colectivo como desde La Tizza, compartimos el propósito de divulgar el pensamiento crítico latinoamericano y de establecer un diálogo desde y hacia los movimientos sociales populares de la América Latina y el Caribe. En el primer encuentro conversamos sobre el libro Sociedad civil y hegemonía, del profesor cubano Jorge Luis Acanda.

Hoy nos convoca este hermoso libro: La comunidad autoorganizada. Notas para un manifiesto comunero, que cuenta, además, con una ilustración de Martín Malamud — amigo del autor, Miguel Mazzeo—, quien ya había colaborado con nosotros en la publicación de Marx Populi en 2018. La comunidad… fue publicado el año pasado, en coedición con otro proyecto editorial independiente, Tiempo Robado, de Chile.

En esta ocasión nos acompañan Josué Veloz, cubano, integrante de la revista La Tizza y becario doctoral del Conicet; Llanisca Lugo, por muchos años coordinadora de Solidaridad del Centro Martin Luther King Jr. y hoy investigadora del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello; y, por supuesto, el propio Miguel Mazzeo, cuya obra nos convoca.

A modo de introducción para quienes no conozcan a Miguel ni su obra, conviene decir que es probablemente — o sin duda— el autor más publicado por nuestra editorial. Nos acompaña desde los inicios como editorial independiente, allá por 2006, cuando publicó con nosotros El sueño de una cosa. Introducción al poder popular. Luego vinieron otras obras fundamentales: Invitación al descubrimiento (sobre el socialismo de José Carlos Mariátegui), Marx Populi, El hereje (sobre John William Cooke), entre muchas otras. Además, ha coordinado compilaciones dedicadas a la economía popular, ha sido prologuista de varios títulos y es profesor en la Universidad Nacional de Lanús y en el Observatorio de Economía Popular.

El pensamiento de Miguel ha abordado de manera persistente los vínculos entre poder popular y emancipación, una línea que atraviesa toda su obra. La comunidad autoorganizada… no solo continúa ese camino, sino que se inserta también en debates más amplios, tanto regionales como globales, dentro del pensamiento crítico.

Este libro propone pensar al poder popular no como una mera ruptura con el Estado o el capital, sino desde las experiencias concretas de autogobierno, de organización desde abajo, de vida en común. No se reduce a la dimensión institucional de la política, sino que apuesta por una dimensión comunitaria, entendida como espacio concreto de resistencia activa y de creación de nuevas subjetividades.

Además, es un libro que propone una matriz estratégica de largo plazo para la subversión del orden capitalista, a partir de lo que Miguel denomina una «trama ancestral, tácita y conjetural»: saberes, prácticas y culturas políticas populares que, lejos de ser residuos del pasado, constituyen fuentes vivas de una posible emancipación.

Por último,

quisiera destacar que el libro, como su subtítulo indica, se propone como un manifiesto. No es solo un ensayo teórico o una reflexión histórica, sino una intervención política situada en una coyuntura marcada por el reflujo de los movimientos populares y por la dificultad de articular horizontes comunes. Frente a ese contexto, este libro busca ofrecer una apuesta clara y esperanzadora, que se sustenta en la heterogeneidad de formas de vida comunitarias, pero insistiendo en la necesidad de converger en un principio universal de emancipación.

Sin más, doy la palabra a nuestros comentaristas. Comenzamos con Josué, quien va a desarrollar una reflexión en torno al concepto y la experiencia de la transición política. Luego intervendrá Llanisca, con una mirada anclada en las luchas comunitarias en la América Latina y el Caribe. Finalmente, Miguel comentará y precisará lo que considere necesario, en función de las intervenciones previas. Adelante, Josué.

Crisis del campo popular argentino y claves para una alternativa emancipatoria

Josué Veloz (La Tizza): Muchas gracias. Pensar este libro, La comunidad autoorganizada…, es enfrentarse a una obra singular y original, tanto en el campo de la militancia como en el del trabajo intelectual. Es un texto que dialoga con la coyuntura, pero también, a mi juicio, con líneas históricas profundas del movimiento popular argentino. Discute con debates que son, al mismo tiempo, antiguos y actuales. Esa dialéctica entre lo coyuntural y lo histórico, entre el pasado y el presente, atraviesa toda la obra.

La coyuntura actual en Argentina, como todos sabemos, está marcada por un gobierno de ultraderecha, cuya configuración resulta de una compleja combinación de elementos muy heterogéneos. Hay incluso intelectuales que buscan enmarcar esta experiencia reaccionaria en un contexto más amplio, que va más allá de lo nacional, inscribiéndola en una crisis del proceso civilizatorio contemporáneo.

Para dialogar con el libro de Miguel, me parece importante situarnos primero en la coyuntura, en particular en relación con el movimiento popular argentino. Propongo pensar esa coyuntura como una crisis estructural del campo popular, que se puede analizar a partir de lo que denominaría un «cuadrilátero de contradicciones». Son cuatro dimensiones interrelacionadas que explican, en parte, la emergencia del actual momento político, y que encuentran eco y análisis profundo en la obra de Miguel.

La primera dimensión es la crisis de proyecto. Se ha producido un agotamiento, una pérdida de claridad sobre el horizonte político. Esto se vincula con una segunda dimensión: la crisis de programa. La política institucional dominante dejó un vacío en esta discusión, y ese vacío se volvió hegemónico. En tercer lugar, hay una crisis del sujeto colectivo: se ha desdibujado la figura del sujeto a movilizar, a organizar políticamente. Ya no está claro quién es ese sujeto político del cambio. Por último, está la crisis de conducción política. La fragmentación de las fuerzas populares y la incapacidad para articular liderazgos efectivos han marcado la experiencia reciente del llamado campo nacional y popular.

Esta crisis de conducción no se reduce a una disputa por el poder. En realidad, lo que está en juego es la metodología de la construcción política: cómo se construye poder y cómo se conduce un proceso transformador. El libro de Miguel dialoga, de manera directa o lateral, con esta problemática histórica de la conducción política del movimiento popular argentino. Y ese, me parece,

es uno de los grandes aportes del texto: su capacidad de responder a interrogantes históricos con una propuesta de lectura y de acción situada.

Hay un punto que siempre me ha parecido sugestivo: el título mismo del libro. La comunidad autoorganizada… remite inevitablemente al texto de Perón La comunidad organizada, presentado en 1949 en el Primer Congreso Nacional de Filosofía, aquí mismo en Mendoza. Aquel fue un evento de enorme significación, que reunió a destacadas figuras de la filosofía de la época. En ese congreso, Perón intentó exponer la filosofía que ordenaba la doctrina justicialista. Su intervención comienza con una pregunta: «¿La felicidad que el hombre anhela pertenece al reino de lo material o a las aspiraciones anímicas del hombre, a su perfección?». Esa pregunta lo lleva a discutir críticamente el paradigma de la modernidad, del progreso técnico y material.

Desde su perspectiva — que puede recibir muchas críticas—, Perón intentaba interrogar hacia dónde nos lleva ese paradigma y si es posible pensar un proyecto ético diferente, una vida en común que no esté basada exclusivamente en el desarrollo material. Miguel retoma, en cierto modo, esa preocupación, pero desde una perspectiva revolucionaria mucho más radical, como ya lo ha hecho en su libro El hereje, dedicado a John William Cooke.

En el peronismo, como hecho maldito del país burgués, habita una tensión constitutiva: anuncia un «más allá» del orden capitalista, pero no encuentra en su interior el modo de vehiculizarlo plenamente. Con Cooke y su acercamiento a la Revolución cubana se expresa, quizás, esa posibilidad latente. Miguel rescata estas potencialidades inscriptas en la historia del peronismo, pero también es consciente de sus límites. En su escritura hay una tensión persistente, una búsqueda, a veces angustiante, por resolver ese callejón sin salida que enfrenta el campo popular argentino.

Hoy por hoy, resulta difícil incluso hablar de «izquierda» en Argentina, ya que ese significante quedó circunscrito a expresiones muy específicas, como el trotskismo. El peronismo, en cambio, ha quebrado muchas formas tradicionales de nombrar la política. Miguel, en su obra, logra articular una transversalidad molecular que no se ata a un autor, una corriente o una tradición única. Su discurso está constantemente atravesado por múltiples lenguajes políticos, culturales e intelectuales. Esa transversalidad, de hecho, es algo que muchas veces le ha faltado al propio peronismo como forma política.

Este es un libro que abre muchas preguntas, y que ofrece claves para pensar esta coyuntura, pero no desde la resignación o el diagnóstico, sino como una invitación a encontrar respuestas posibles. Respuestas al cuadrilátero de contradicciones que mencioné: proyecto, programa, sujeto y conducción política.

Una cuestión que quisiera destacar es que el libro aparece en un momento donde predomina la sensación de clausura de alternativas. Vivimos un tiempo en el que parece que ya no es posible hacer nada, donde se impone una normalización del orden vigente. Frente a ese clima, Miguel recupera la posibilidad de soñar, pero no de manera ingenua o idealista, sino a partir de experiencias reales, de prácticas concretas que escapan a la lógica totalizadora del capital.

En ese punto,

el libro propone una crítica muy clara al marxismo ortodoxo y dogmático, al etapismo, a la idea de que solo se puede actuar cuando se dan ciertas condiciones objetivas. Miguel trasciende ese paradigma: no niega las condiciones, pero insiste en que la transformación se construye. Las alternativas existen, y las llama «alteridades utópicas»: zonas que escapan a la totalización capitalista, márgenes donde aún se gestan prácticas disidentes, subjetividades otras. Nos convoca a desentrañar esas zonas, a reconocerlas y a potenciarlas políticamente.

Una segunda cuestión clave es su concepción del sujeto. Frente a la visión tradicional que postulaba un sujeto dado, definido de antemano — y que tendía a invisibilizar o despreciar todo lo que quedaba fuera de él—, Miguel plantea al sujeto como una praxis, como una construcción histórica. Se mueve entre el sujeto unitario, autosuficiente de la modernidad, y el no-sujeto de la posmodernidad. Pero lo hace desde una clave revolucionaria: no para negar al sujeto, sino para pensarlo de otra manera, a partir de su heterogeneidad y de su potencia transformadora.

Esto nos lleva a una tercera cuestión: cómo se produce una subjetividad revolucionaria en tiempos de estabilidad o de reflujo. Porque este es un libro fundamental para pensar esos momentos en los que, aparentemente, no pasa nada. Miguel nos ayuda a pensar cómo construir condiciones de posibilidad incluso cuando las correlaciones de fuerza parecen desfavorables. Recuerdo una anécdota con Jorge Ricardo Masetti en Cuba, durante un encuentro en el que estaba también el Che Guevara. Allí, el Che discutía las famosas condiciones «objetivas y subjetivas» y decía que las condiciones subjetivas no son solo conciencia de la necesidad, sino también conciencia de la posibilidad. Miguel recoge esa idea: no basta con saber que algo es necesario; también hay que creer que es posible y trabajar activamente para hacerlo realidad.

La cuarta cuestión que quiero señalar tiene que ver con el «ser en común», una noción que Miguel toma de Marx y que aquí adquiere una gran centralidad. Muchos proyectos políticos, incluso aquellos que se reclaman emancipatorios, han perdido esa sustancia vital. Se ha olvidado que en Marx habita un proyecto ético radicalmente antagónico al orden dominante. Muchas veces nos hemos quedado con los nombres — con las etiquetas ideológicas— y hemos perdido de vista las experiencias concretas de vida diferente, de comunidad real. Y eso ha tenido consecuencias: hemos dejado de pensar en una economía otra, en una sociedad otra, verdaderamente alternativa.

Una quinta línea de reflexión es la relación entre comunidad y clase. Miguel se adentra en esta discusión con una enorme lucidez. Está advertido de los cambios en el mundo del trabajo, de la emergencia de nuevos sujetos: el sujeto precarizado, excluido, informal, desconectado de la política tradicional. Esos sectores que, paradójicamente, han sido interpelados por la ultraderecha y que muchas veces habitan los márgenes de la economía formal. Miguel se pregunta cómo representar y cómo organizar políticamente a ese sujeto transformado, que ya no responde a la figura clásica del obrero de fábrica, pero que sigue siendo portador de una experiencia social y de una potencialidad política.

Sexto punto: su diálogo con la noción de «universalidad conflictiva», en particular a partir de la lectura de Enrique Dussel. Miguel se pregunta si no es posible pensar una nueva totalidad, no desde el centro, sino desde la alteridad, desde los excluidos, los invisibles, los no registrados por la historia oficial. ¿Puede esa forma de localización construir comunidades afectivas, protectoras, políticas? Él cree que sí. Y en esa apuesta se juega toda una estrategia: la de construir poder desde abajo, desde lo común.

En ese marco aparece también su reflexión sobre la relación entre «toparquía» y «utopía concreta». Retomando a Cornelius Castoriadis, Miguel insiste en que los proyectos políticos tienen que cristalizar en formas de poder local, de autogobierno, de poder radicalmente nuevo. Hay, en ese sentido, una discusión constante entre lo local y lo nacional, entre la institucionalidad estatal y la posibilidad de un poder comunal. Y también una crítica a los proyectos que terminan atrapados en la burocracia del Estado, incapaces de realizar aspiraciones verdaderamente populares.

Y aquí viene una advertencia clave del libro:

hay que liberar a las comunidades del fetiche de las comunidades. Es decir, no podemos idealizar automáticamente toda experiencia de autogestión o de lo nuevo. Miguel se mete en la complejidad de esas experiencias y llama a evitar que lo nuevo se convierta en un nuevo dogma. No se trata de sustituir un fetiche por otro. Por eso insiste: la revolución del poder desde abajo es una tarea enormemente compleja. No basta con denunciar las formas de gobierno actuales ni con condenar al Estado burgués. Necesitamos construir alternativas concretas, viables, afirmativas. Si no, de nada servirán los desmantelamientos.

Finalmente, me gustaría cerrar con una idea que me parece central: este libro es una invitación a soñar, pero no a soñar con las fuerzas del cielo, sino con las fuerzas del suelo. Es un llamado a construir desde lo que hay, desde lo que se gesta en los márgenes, desde lo que resiste y persiste. Nos invita a imaginar lo nuevo sin abandonar lo imprescindible, a preservar lo que debe ser preservado y a crear, con espíritu crítico, lo que aún no existe.

La comunidad como potencia política en contextos de crisis

Llanisca Lugo (ICIC Juan Marinello): Muchas gracias, Wilder, y también a Josué por esa intervención tan rica, que ya abre muchísimas líneas para pensar. Me alegra compartir este espacio. También quiero agradecer a Miguel, porque su libro ha sido, para mí, una provocación muy potente, en el mejor sentido del término. Me permitió encontrar muchas resonancias con procesos de los que formo parte, pero también muchas preguntas nuevas, algunas de las cuales aún no he podido resolver del todo, y que me han hecho pensar desde otros lugares.

Quisiera comenzar por señalar algo que, para mí, es uno de los méritos más importantes del texto: su capacidad de nombrar. En un momento donde muchas veces se nos dice que no se puede nombrar, o que no se debe, Miguel apuesta por nombrar lo que hay, lo que existe y lo que puede llegar a ser.

Ese gesto de nombrar lo común, la comunidad, la trama ancestral, la autoorganización, las alteridades utópicas, no es solo un acto teórico, sino profundamente político.

En un tiempo donde la política parece estar secuestrada por la gestión tecnocrática, por los discursos vaciados de contenido, La comunidad autoorganizada… nos propone pensar de nuevo la política como invención, como praxis creadora, como espacio de posibilidad. Y lo hace desde una mirada que no es académica en el sentido convencional, sino que está atravesada por la militancia, por la experiencia concreta, por el compromiso con los procesos populares.

Eso me resuena profundamente desde el contexto cubano, donde muchas veces la palabra «comunidad» ha sido utilizada desde el Estado para designar zonas, territorios, espacios administrativos. Pero no siempre se ha pensado a la comunidad como sujeto político, como forma de vida, como potencia organizativa desde abajo. En cambio, en los últimos años — sobre todo a partir del 11 de julio de 2021— han empezado a emerger, en Cuba, formas de organización comunitaria que no responden a lógicas institucionales, sino que nacen de necesidades reales, de vínculos de solidaridad, de prácticas autogestionarias.

En ese sentido,

el libro de Miguel no solo nos sirve para pensar «desde afuera» lo que ocurre en Argentina o en América Latina. También nos sirve para pensar Cuba, para pensar lo que no se nombra, lo que queda por fuera del discurso hegemónico. En la Isla estamos atravesando un momento muy complejo, marcado por la crisis económica, por el endurecimiento del bloqueo, pero también por el desgaste de un modelo político que no ha logrado reinventarse con la fuerza necesaria. En ese contexto, hablar de comunidad, de autogobierno, de poder desde abajo, adquiere una relevancia vital.

Y hay algo más que quisiera señalar. Miguel no idealiza a la comunidad. No cae en la tentación de romantizarla como si fuera un espacio puro, incontaminado. Al contrario, la comunidad aparece en su complejidad: con sus tensiones, sus conflictos, sus contradicciones. Es una apuesta, sí, pero no una garantía. Eso me parece clave, porque muchas veces, en los discursos sobre la autogestión o el poder popular, se omite esa dimensión conflictiva, y se corre el riesgo de construir nuevos dogmas, como decía Josué.

En la práctica comunitaria, esa tensión es permanente. Lo veo en experiencias concretas en las que participo: redes de apoyo mutuo, procesos de soberanía alimentaria, proyectos culturales barriales. Ahí hay una riqueza enorme, pero también desafíos: cómo sostener esas experiencias sin que sean cooptadas por la lógica institucional; cómo evitar que se vuelvan cerradas sobre sí mismas; cómo construir redes más amplias, articuladas, capaces de disputar sentido y poder en otros planos.

El libro también me interpela en otro aspecto: la relación entre comunidad y subjetividad. Miguel insiste en que no se trata solo de organizar espacios físicos, sino también de producir nuevas subjetividades. Y eso es profundamente revolucionario. Porque

si algo ha hecho el capitalismo — y, en muchos sentidos, también las formas burocráticas de socialismo— ha sido erosionar la subjetividad, reducirla a su mínima expresión. La comunidad, en tanto espacio de producción de sentido, de afecto, de memoria, puede ser un lugar de reapropiación de lo humano.

En Cuba, hemos vivido una experiencia muy particular de Estado y revolución. Y muchas veces, esa experiencia ha colocado al Estado como el único actor legítimo del cambio. Pero hoy eso está en disputa. Hay una juventud que no se siente interpelada por las formas tradicionales de hacer política, pero que está buscando otras maneras de participar, de implicarse, de transformar su entorno. En ese marco, hablar de autogestión, de poder comunal, de tramas de vida en común, puede ser una vía para reencontrarnos con lo mejor de nuestra tradición revolucionaria, sin quedarnos atrapados en sus formas agotadas.

Termino con una imagen que me quedó resonando del libro: la de la comunidad como espacio de vida en común, como trama que resiste, que cuida, que crea. En estos tiempos de dispersión, de fragmentación, de incertidumbre, esa imagen no es solo una idea: es un horizonte. Y también una tarea.

Notas de autor: escritura como intervención política y búsqueda colectiva

Miguel Mazzeo: Gracias, compañeras, compañeros. Primero quiero agradecer profundamente a Wilder, a Josué y a Llanisca por sus intervenciones tan generosas, tan lúcidas, tan conmovedoras también. Me emociona que lean el libro no solo con atención, sino también con compromiso político, afectivo, militante.

Este libro no fue pensado como un texto académico, aunque sin duda dialoga con ciertas tradiciones del pensamiento crítico, con ciertas referencias teóricas. Pero en su forma y en su intención, como se ha dicho acá, pretende ser un manifiesto. Una toma de posición. Una intervención. Y eso implica también asumir el riesgo del presente, de lo que está en juego hoy, con sus complejidades, sus límites, sus tensiones.

La comunidad autoorganizada… nace de muchas experiencias. Algunas propias, otras cercanas. Nace de procesos concretos de organización popular, de prácticas de resistencia, de búsquedas colectivas. Pero también de un malestar profundo con respecto a las formas institucionalizadas de la política, que muchas veces han dejado de ser espacios de emancipación para convertirse en formas de administración del orden. Es un libro que surge, también, del agotamiento. Pero un agotamiento que no paraliza, sino que impulsa a buscar lo otro, a formular hipótesis, a imaginar futuros posibles.

Como bien decía Josué, es cierto que el título del libro dialoga — críticamente, por supuesto— con la noción de «comunidad organizada» que aparece en el texto clásico de Perón. Pero no es una mera parodia ni una recuperación irónica. Es una operación política. Intento resignificar esa noción, ponerla en tensión, abrirla a otras posibilidades. Hay algo ahí que me interesaba: la idea de comunidad como organización, no solo como afecto o pertenencia. Pero también me interesaba desplazarla, sacarla de la matriz estatal, corporativa, organicista, en la que muchas veces fue inscrita. De ahí la apuesta por la autoorganización.

Y también, como bien dijo Llanisca,

intento no fetichizar a la comunidad. No convertirla en una especie de paraíso perdido o promesa idílica. La comunidad también puede ser lugar de encierro, de exclusión, de reproducción de opresiones. Por eso insisto en que la comunidad que propongo es una construcción política, no una esencia preexistente. Una apuesta, como ella dijo, no una garantía.

En ese sentido, la comunidad autoorganizada no es necesariamente una forma territorial cerrada. Puede ser también una práctica, una actitud, una forma de vincularse, de hacer política. Puede ser una red, una trama, un proceso. Y eso la convierte en una herramienta versátil, adaptable, capaz de operar en múltiples niveles: en lo territorial, sí, pero también en lo simbólico, en lo subjetivo, en lo cultural.

Sobre esto último, quisiera detenerme un momento. Porque uno de los ejes del libro es la recuperación de lo que llamo una «trama ancestral, tácita y conjetural». Son saberes que no siempre se presentan como teoría política, pero que contienen una potencia subversiva enorme. Son formas de organización popular, de economía comunitaria, de cultura política barrial, de espiritualidad insurgente. Muchas veces las encontramos en los márgenes, en los intersticios, fuera del radar de la política tradicional o del pensamiento académico. Pero ahí hay una riqueza que necesitamos volver legible, no para capturarla o domesticarla, sino para ponerla en circulación, para activarla.

Eso implica también pensar en otro tipo de sujeto político. No el sujeto abstracto, homogéneo, autosuficiente que imaginó la modernidad. Ni el sujeto negado, disuelto, fragmentado de la posmodernidad. Sino un sujeto múltiple, contradictorio, en construcción. Un sujeto que se hace en la praxis. Que no es un dato, sino una tarea. Que se forma en la acción colectiva, en la elaboración común, en la construcción de horizontes compartidos.

De ahí que el libro también intente aportar a una ontología de lo común, como decía Josué. Pensar lo común no solo como lo que se comparte, sino como lo que se construye. No como propiedad, sino como relación. No como estado, sino como proceso. En ese punto, retomo algunas intuiciones de Marx, de Mariátegui, de Dussel, pero también de muchos compañeros y compañeras de la militancia popular, que quizás no hayan escrito libros, pero que han producido pensamiento desde la acción.

Y sí, el libro se sitúa en una coyuntura difícil. Una coyuntura de reflujo, de fragmentación, de ofensiva reaccionaria. Pero no es un libro pesimista. Es un libro esperanzado. Y no por ingenuidad, sino porque

creo que todavía hay zonas de la vida social que no han sido completamente capturadas por la lógica del capital. Lugares, prácticas, vínculos, afectos que siguen resistiendo, que siguen creando. A eso me refiero cuando hablo de «alteridades utópicas». No como fantasía irrealizable, sino como posibilidad encarnada, como hipótesis en acto.

Por eso, como decía Llanisca, no alcanza con denunciar el Estado, con invocar su desaparición. Necesitamos construir reemplazos. No para replicar la lógica estatal, sino para afirmar otras formas de organización, de decisión, de producción, de reproducción de la vida. Reemplazos que no sean regresivos — como los cuasi-Estados narcoparamilitares que vemos en algunos territorios—, sino verdaderamente emancipatorios.

Y para eso, hace falta teoría, sí, pero también afecto, deseo, memoria, imaginación. Este libro es una contribución en ese sentido. No pretende agotar nada. Pretende abrir. Abrir preguntas, abrir caminos, abrir encuentros. Como este que estamos teniendo hoy.

Gracias de nuevo por la lectura atenta, crítica y generosa. Y gracias también por la comunidad que, de algún modo, estamos construyendo con este diálogo.


Wilder Pérez Varona: Bueno, muchas gracias a Josué, a Llanisca y, especialmente, a Miguel, quien ha sido el motivo por el cual estamos acá hoy. Creo que hemos cumplido con creces el objetivo de este espacio: invitar a la lectura de un texto que consideramos fundamental para imaginar alternativas en esta coyuntura difícil.

El libro está disponible en la página web de Editorial El Colectivo. Ojalá que esta conversación sirva para que se expanda, se comparta, se disfrute y se problematice aún más.

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